Los Kennedy (14)


Yamandú Rodríguez-. “Entréguense, porque el que tire muere”







Con este grito los atacantes se lanzan sobre el grueso del enemigo.
Roberto y Mario Kennedy toman hacia la izquierda. Eduardo Kennedy, Molinari y Franco adelantan por la derecha. Así desembocan en un pasillo.
Crece el fuego de fusilería. Parece respirarles en la cara un vaho de muerte.
Los cinco pelean a pié firma, en descubierto a toda talla, frente a veintidós gendarmes parapetados. Se calientan los revólveres. Las armas de precisión envuelven al grupo en un zumbido constante. Se cuela el viento en aquel corredor del infierno. Hieren los muros. Arrojan una lluvia de argamasa y ladrillo picado que castiga los rostros y hace espeso el aire.
Caen dos gendarmes.

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Al sentirse herido el “imaginaria” de los calabozos abandona la pelea. En ese momento se apagan las luces. Continúa a obscuras el combate. Ahora los Kennedy hacen puntería en el fogonazo de los fusiles. En el arco del fondo aparece un gendarme. Es valiente: el alma de la resistencia. Es preciso apagar esa vida para el bien de muchos. Molinari le enfoca con una linterna. A esa luz, Mario Kennedy hace fuego y mata.
Su caída señala el final del combate. Los gendarmes del fondo, huyen. Los del flanco, que tiraban al amparo de las recovas, arrojan las armas, se rinden.
La Jefatura de “La Paz” está en poder de la revolución. Entonces un gendarme se adelanta con la mano herida en lo alto. Roberto Kennedy enfunda su revólver y en aquel pasillo, lleno de pólvora, abraza al soldado.
-“Pobre indio” – le dice – “qué herida tan fea tenés! Y sos valiente! Debías ser de los nuestros”...
Y Mario Kennedy exclama:
- “Qué ocurrencia resistir tan bravamente para defender la tiranía!”
El herido responde:
- “La culpa es del comisario de guardia por haber hecho esto conociéndolos a ustedes”.
Sobre el campo quedan cinco muertos y tres heridos. Se manda a buscar un médico inmediatamente.
Los prisioneros son puestos en libertad. Las manos que empuñaron las armas con tanta fiereza se abren para acariciar a los heridos. Palabras de justicia recíproca, recuerdan los usos de la caballería andante.
He referido esta acción al desnudo, con toda su casta y sencilla grandeza. Mi estilo es breve y entrecortado, como la respiración del mensajero que acaba de llegar con la nueva de una victoria.
Cinco contra veinticinco. Revólveres frente a máusers. El asalto en la noche. El pecho, contra el muro de piedra. La entrada con los goznes enrojecidos; llameantes. Abren plaza. Pechan. Porfían con el viento. Pueden más: entran.
En vano se cierran los caminos. De todas partes le sueltan avispas, tenaces, de tormenta. A cada paso la empresa se hace más noble, más difícil, más como los Kennedy ansían.
Vencen a uno y arremeten contra dos, caen esos dos y se lanzan contra veinte. Están en un noble ejercicio de armas. Serenos. Tranquilos. Las facultades en el máximun de calma. No pierden ni un segundo ni un disparo; asoma el blanco. Apuntan. El enemigo cae, a otro. Es algo matemático, maravilloso.
Victoria de estos domadores de sus leones. Hombres de paz. Cabañeros improvisados héroes. Están en aquel corredor hirviente, haciendo “centros” en actitud reglamentaria. Inmóviles. Sin alardes. En silencio de duelistas, por el honor de la nación.
Sienten que en el otro campo hay un caudillo. Le olfatean. En ese gendarme hacen estribo los demás. Esperan que asome. Llueve hierro. Por fin el enemigo se muestra. Lo ven borroso en el humo. No hay luz. Molinari hace jugar su linterna. Mario Kennedy apunta entonces y el hombre rueda muerto. Puede llevarse más lejos la serenidad?
Los hermanos Kennedy y sus dos compañero han salido ilesos. Es milagroso y es justo.

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