La Patria sublevada

Gonzalo García Garro-. Breves apuntes para una historia del peronismo. Segunda parte.





 Lealtad de los humildes 


Todos los años, el 17 de octubre, el Justicialismo festeja no sólo el Día de la Lealtad Peronista, (reencuentro del Líder con su pueblo), sino, además, el momento histórico que marcó un punto de inflexión en la historia política, social y cultural de toda una Nación.

Aquella recordada fecha de 1945 nos traslada a los momentos en que la gente común, el "populacho", los "cabecitas negras",” los descamisados”, se hicieron oír por primera vez en la historia argentina.

Marca, por primera vez la presencia del Pueblo de la Nación en la Historia Argentina del Siglo XX.

El 17 de octubre no es una fecha cualquiera.
Significa el hecho más importante de nuestra Argentina democrática contemporánea.

A partir del 17, se inicia una historia distinta en Argentina, una historia que ya no podrá nunca más evitar la participación del Pueblo en la construcción política de la Nación.
No sólo se festeja el nacimiento de un movimiento, inclusivo, abarcativo, universal, no dogmático, ni sectario ni excluyente; se festeja también el arribo del Pueblo a la Plaza de Mayo, para hacerse escuchar, clamar por su líder y expresar su repudio a un sistema político-económico-social. Es el día donde se construye un lazo político y emocional inquebrantable entre el peronismo y los más humildes, una lealtad que ha soportado más de 70 años y que hoy lo sigue convirtiendo en la única fuerza política y social con potencial revolucionario en nuestra patria.



Relatos de aquel día: La Patria sublevada 

Se han escrito miles y miles de páginas sobre esta gesta del Pueblo, hemos elegido dos textos para este cuaderno. El primero de ellos es un escrito de Raúl Scalabrini Ortiz, que considero como el más representativo de los testimonios históricos escritos al respecto. Este documento que presentamos aquí al lector, además de tener un intrínseco valor histórico posee además un alto valor literario e incluso poético y consideramos que, su lectura reflexiva es realmente ineludible:

“Es increíble y hasta admirable el poder de persuasión y de ejecución de nuestra oligarquía. En el mes de octubre de 1945, el coronel Perón fue destituido y encarcelado. El país azorado se enteraba de que el asesor de la formación del nuevo gabinete era el doctor Federico Pinedo, personaje a quien no puede calificarse sino con la ignominia de su propio nombre. El Ministerio de Obras Públicas había sido ofrecido al ingeniero Atanasio Iturbe, director de los Ferrocarriles británicos, que optó por esconderse detrás de un personero. El Ministerio de Hacienda sería ocupado por el doctor Alberto Hueyo, gestor del Banco Central y presidente de la Cade, entidad financiera que tiene una capacidad de corrupción de muchos kilovatios. 
La oligarquía vitalizada reflorecía en todos los resquicios de la vida argentina. 
Los judas disfrazados de caballeros asomaban sus fisonomías blanduzcas de hongos de antesala y extendían sus manos pringadas de avaricia y de falsía. Todo parecía perdido y terminado. 
Los hombres adictos al coronel Perón estaban presos o fugitivos. 
El pueblo permanecía quieto en una resignación sin brío, muy semejante a una agonía. 
Con la resonancia de un anatema sacudía mi memoria el recurso de las frases con que hace muchos años nos estigmatizó al escritor Kasimir Edschmidt. "Nada es durable en este continente, había escrito. Cuando tienen dictaduras, quieren democracias. Cuando tienen democracia, buscan dictaduras. Los pueblos trabajan para imponerse un orden, articularse, organizarse y configurarse, pero, en definitiva, vuelven a combatir. No pueden soportar a nadie sobre ellos. Si hubieran tenido un Cristo o un Napoleón, lo hubieran aniquilado".
 "Pasaban los días y la inacción aletargada y sin sobresaltos parecía justificar a los escépticos de siempre. El desaliento húmedo y rastrero caía sobre nosotros como un ahogo de pesadilla. Los incrédulos se jactaban de su acierto. Ellos habían dicho que la política de apoyo al humilde estaba destinada al fracaso, porque nuestro pueblo era de suyo cicatero, desagradecido y rutinario. 
La inconmovible confianza en las fuerzas espirituales del pueblo de mi tierra que me había sostenido en todo el transcurso de mi vida, se disgregaba ante el rudo empellón de la realidad. 
Pensaba con honda tristeza en esas cosas en esa tarde del 17 de octubre de 1945. 
El sol caía a plomo cuando las primeras columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábito de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pingües, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en la impetración de un solo nombre: Perón. 

Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. 
Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. 
El descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y el trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún. 
El río cuando crece bajo el empuje del sudeste disgrega su enorme masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajios y cilancos con meandros improvisados sobre la arena en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que es el anticipo de la inundación. 
Así avanzaba aquella muchedumbre en hilos de entusiasmos que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la Diagonal. 
Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. 
Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón. Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el substrato de nueva idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad sin reatos y sin disimulos. Era el de nadie y el sin nada en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón." 


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