La falacia del clientelismo

Osvaldo Quinteros-. La falacia de que la vigencia de los candidatos peronistas se sostienen gracias al clientelismo, es algo que esta elección mostrará.


Amplios sectores de la Argentina acomodada están convencidos de que la vigencia de los dirigentes populares, especialmente los provenientes del peronismo, se explicaba en una trama de intercambios materiales concretos: bolsones con comida, pagos en efectivo, dádivas, amenazas de cortar la ayuda estatal, etcétera.
Sin el control del gobierno nacional ni el bonaerense, la vigencia de Cristina Kirchner, independientemente del resultado que arrojen las urnas, muestra que este pensamiento está sostenido sobre una falacia. Se puede ver, empíricamente, que esta afirmación tan extendida es un prejuicio irracional. Una manifestación subconsciente de racismo y clasismo, de desprecio hacia la racionalidad de los que menos tienen. Una agresión simbólica, que se une a la agresión social cotidiana que significa la falta de condiciones materiales mínimas de supervivencia cotidiana. La paradoja reside en que quienes sostienen este prejuicio de considerar el voto de los pobres como irracional, son los verdaderos irracionales.


Se podrá aventurar, con ánimo insistente, que Cristina Kirchner no tiene el gobierno nacional y el bonaerense pero tiene plata de su propio bolsillo para hacer clientelismo.
Es fácil refutar esta afirmación. En primer lugar, su dinero está inmovilizado por la Justicia por la múltiples causas de corrupción que tiene. No se ha comprobado que haya tenido o tenga cuentas bancarias secretas. Aún de tenerlas, sacar dinero de ahí para gastarlo públicamente en una maniobra clientelar, sería lo mismo que entregarse esposada a una comisaría. Se detectaría de manera inmediata.

Otro argumento podría ser que el clientelismo lo hacen los intendentes K de la provincia de Buenos Aires.
Por cierto, ese clientelismo lo hacen los intendentes K, los antiK, los de la UCR, los del PRO y los socialistas acá en Rosario. Pero eso no alcanza para explicar por qué los pobres votan a tal o cual.
El principal ejemplo es que Cambiemos ganó intendencias del conurbano claves en 2015.

El otro argumento, para nada menor, es que los intendentes K hoy en día miden menos, dentro de sus distritos, que Cristina. Lo cual explica por qué la campaña de Cristina no incluye mostrar a los intendentes que la apoyan.
Por lo tanto, si las candidaturas del peronismo se explican por el clientelismo, hoy el candidato no sería Cristina, sino uno surgido de la liga de intendentes como efectivamente intentaron durante un año y medio, sin suerte. Debiendo resignarse a la candidatura de Cristina con más o menos entusiasmo, según el caso.



Los prejuicios sobre los sectores populares son una forma solapada de discriminación. Que persisten, a pesar de las evidencias empíricas, al alcance de la comprensión de cualquiera.
Por ejemplo: si la Tupac Amarú, la agrupación de Milagros Sala, era la meca del clientelismo en Jujuy, ¿por qué la actual presa política salió tercera en las elecciones para gobernador, por qué ganó el candidato radical?

O pongamos un caso más cercano: ¿por qué en Paraná ganó Varisco contra el aparato clientelar de la Nación, a través de las agrupaciones K, de la provincia, con sus miles de subsidios y recursos aceitados, de la municipalidad, tras 12 años de triunfos peronistas?
Ganó contra el clietelismo, lo que quiere decir que el clientelismo no tiene la eficacia que se le adjudicaba cuando el mismo Sergio Varisco fue candidato a intendente en 2011 y perdió contra Blanca Osuna, a quien doblegó con facilidad cuatro años más tarde. O por qué Sergio Varisco, siendo intendente (y por lo tanto, al mando de las palancas del clietelismo municipal) perdió en Paraná en 2003 siendo candidato a gobernador y su hermano, Humberto, a intendente. Idéntica situación vivida por los hermanos Julio y Raúl Solanas, por parte del peronismo.

Los prejuicios se caracterizan por sobrevivir a pesar de las evidencias en contra, que pueden ser abrumadoras. Éste es uno de esos casos.
Lo peor, es que ocultan el imprescindible debate sobre la pobreza, donde es necesario, primero, sacarse de encima prejuicios inconducentes y perniciosos socialmente. Como hacen los no peronistas que ganan elecciones. No se lamentan echándole la culpa al pueblo, sino que revisan sus tácticas, sus métodos, sus oportunidades y vuelven a intentarlo. Sin caer en bajezas ni tonterías, por más que exista un público ávido de que alguien diga en voz alta esta serie de prejuicios.