¿La democracia es aburrida?

O. Rivarola Salduna-. La apatía ante estas elecciones es un dato positivo, aunque cueste creerlo.



Los distintos analistas políticos, los candidatos mismos (por lo bajo), incluso en Noticias Entre Ríos se leen notas bastante frecuentes y desde distintas miradas sugiriendo que en estas elecciones hay un clima de apatía.
¿Es tan así?
No estoy en condiciones de asegurarlo. Dado que para hacer tal aseveración es necesario contar con información encuestológica o formación en Ciencias Sociales como la Sociología. Lo que sí puedo aportar es desde los muchos años vividos, la importancia de que las elecciones se vuelvan algo rutinario, "natural", incluso aburrido.


La rutina democrática es aburrida. Lo saben en los países con democracias "viejas".
Los países con democracias adolescentes, como la nuestra, cambian constantemente las leyes electorales, y ésta es una de las pocas veces en que se volverá a votar con las mismas leyes electorales que durante la elección anterior.



El gobierno nacional quiso cambiar las reglas del juego electoral pero no pudo por carecer de mayorías en las Cámaras Legislativas. Algunas de las reformas propuestas sonaban sensatas y tenían amplio consenso, otras no tanto. Quedarán para otra oportunidad.
Hay cuestionamientos puntuales en los grandes distritos a las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) pero a la vez se ponen todas las energías disponibles en sacar un buen resultado y los mismos análisis que cuestionan las PASO luego las dan en sus análisis como determinantes para analizar las elecciones "verdaderas", las de octubre, considerando las de agosto como una especie de primera vuelta. Por cierto, algo muy común, aún para elegir parlamentarios, en las democracias viejas de Europa. Aún cuando en Argentina no se le eligen parlamentarios, sino legisladores que no es lo mismo, el punto en cuestión, la periodicidad de las elecciones, es una costumbre en los países desarrollados, donde, dependiendo del país, tienen hasta múltiples elecciones todos los años.
Hay localidades de Estados Unidos donde va más gente a votar para elegir el Comisario que para Presidente, aún cuando para elegir Comisario o Alcalde es necesario tener los impuestos locales al día, que suelen ser impuestos mayores que los federales. Claro que hablamos de un país donde los evasores van presos, algo que en Argentina, salvo escasas excepciones y casi siempre vinculadas a causas políticas, no sucede.


Es natural que ya no exista el fervor de los primeros años de la democracia recuperada, cuando muchos adultos votaban por primera vez. Hoy en día, alguien de 30 o 35 años ya votó varias veces. Muchas personas de esa edad recién votaron por primera vez en 1983.
Pero también hay que notar que el paulatino crecimiento de la desilusión y cierta apatía, bien reflejada en una nota en estas páginas sobre el crecimiento del ausentismo y el voto en blanco, no es una apatía que pueda derivar necesariamente en candidatos antisistema. Sino que es la deriva natural de un fenómeno positivo: la continuidad democrática.



Jamás en nuestra historia hemos tenido un período tan largo de democracia. Incluso, la principal crisis económica de la historia argentina, que fue la del 2001, se resolvió a través del Congreso, sin los tanques militares en la calle.
Esa anomalía -la positiva ausencia del "Partido Militar"- hay que celebrarla, aunque suene difícil celebrar algo que en sí mismo es aburrido, algo que en sí mismo no debería constituir una anomalía.

Luego del 2001, la Argentina pudo procesar en el seno de su sistema político y jurídico, graves saqueos, motines policiales, represiones con muertos, hasta desaparecidos, como el caso de Julio López y el de estos días, el activista mapuche Santiago Maldonado.



De manera que la rutina democrática debe ser valorada. Debe ser naturalizada. Incorporada a los habitantes de la Argentina desde pequeños en la escuela y ser parte de la vida cotidiana de los ciudadanos.
Cierto grado de desencanto es inevitable. Incluso saludable.
Pero las personas conscientes de nuestra historia de golpes militares y proscripciones, debemos valorar doblemente esta rutina institucional de expresarnos a través del voto.
Por lo tanto, debemos tratar de contagiar el entusiasmo por los comicios, más allá de que cada cual vote a quien sea de su preferencia, es una tarea militante en sí misma contagiar entusiasmo por el funcionamiento de la República y la Democracia, que tanto nos ha costado conseguir a los argentinos y argentinas.