¿La campaña más intrascendente de la historia?

Daniela Sanchez-. La intrascendencia de Entre Ríos se ve reflejada en una campaña anodina, sin contenidos, sin  propuestas, sin debates, sin causar ningún interés en la ciudadanía.



Es, ésta, ¿la campaña más intrascendente de la historia desde el retorno de la democracia? Algunas personas mayores consultadas, sugieren que sí. Aunque también recuerdan las elecciones del 2001.

 Aunque en aquellas elecciones primaba un enojo activo por los bonos federales, el crecimiento de la pobreza y la desigualdad social y la bronca contra los políticos.
En estas elecciones hay más de apatía que de enojo. Como si los entrerrianos fueran conscientes de que no hay nada importante en juego.
Y lo peor de todo es que tienen razón: no hay nada importante en juego.



La intrascendencia de la provincia de Entre Ríos en el contexto nacional y ni qué hablar del internacional, es en esta campaña electoral buscada por todos los protagonistas. El gobierno provincial, con su proclama de "Somos Entre Ríos", que no quiere decir nada. La principal oposición, Cambiemos, enfrascada en su interna que discute cómo es y cómo debería ser la relación con el PRO, partido inexistente en la provincia de Entre Ríos.
O sea que en el fondo se discute la relación con Buenos Aires.
Pero se discute de manera subrepticia, dado que los candidatos no polemizan sobre nada de alguna importancia. Se discuten matices, tonos y colores, pero no los grandes trazos ni las pinceladas.


Esta paradoja lleva a que no se esté discutiendo de política entre los políticos. Por eso el marketing toma el primer lugar de la campaña, incluso por encima de la palabra de los candidatos.
¿O acaso la mayoría de la gente escuchó hablar alguna vez a Juan José Bahilo o a los desconocidos candidatos que van detrás de Atilio Benedetti?
Este acuerdo no escrito para despolitizar la política, deja a los candidatos como actores menores. Haciendo lo que en el cine se llama "bolos".
Tienen entonces que tomar la posta los titiriteros que están detrás del escenario manejando los hilos.
Por un lado, Mauricio Macri, que no se destaca por su oratoria.
Por el otro, Gustavo Bordet, cuya capacidad para hablar sin decir nada es verdaderamente notable. Parece un alumno de Martínez Garbino en el afán de hablar sin hablar y pasearse por todos los lugares comunes como si fuera un turista o un extraterreste.

Así las cosas, la campaña está naturalmente teñida de un insoportable aburrimiento. Apenas matizado por los rumores que brotan de las internas pequeñas que siempre existen en un ambiente tan lleno de egos y desesperación por el poder como es la política. No dejan de ser rumores pequeños, incomprobables e irrelevantes.
El periodismo especializado se aferra a esos rumores porque no hay otra cosa de la que hablar.

Es justamente por la intrascendencia de Entre Ríos y el rol de Bordet, casi de decorado, que los gobernadores peronistas de todas las tendencias se juntaron para defender que la provincia de Buenos Aires no reciba los fondos que merecen, porque eso los obligaría al resto de los gobernadores a cobrar impuestos a las oligarquías locales. Un acto que se excusa en el federalismo pero que es profundamente unitario.
La apuesta por conservar las cosas como están dadas, les sale natural a un conjunto de conservadores que en nombre del peronismo hace mucho dejaron de representar a los trabajadores.
Como Bordet en Entre Ríos, cada uno de esos mandatarios enfrentan fuertes reclamos de los trabajadores, públicos y privados.
Como en la cumbre de conservadores, hecha en la Casa de Entre Ríos, los temas que le importan a la gente no se discutieron (para no hacer enojar a Rogelio Frigerio, el capataz de las provincias), es poco probable que los delfines de esos conservadores luego tengan algún planteo que proponga algún tipo de cambio. El conservadurismo es el horizonte político. Lo demás es marketing.