El laberinto y la ventana

Ramiro Pereira-. El laberinto y la ventana

La amante de Sarmiento

Pacho O'Donnell-.Aurelia Vélez pasó a la historia por razones de su vida privada pero lo cierto es que poseía una  inteligencia y  conocimientos poco comunes en las mujeres de la época, lo que le permitió intervenir en asuntos públicos de su patria a la par de los hombres más notables.





Tuvo como padre al doctor Dalmacio Vélez Sarsfield y como amante a Domingo Faustino Sarmiento. Con el primero ofició de secretaria y en cuanto al segundo tuvo activa participación en su ascenso a la presidencia de la Nación, actuando como su informante y consejera durante la campaña electoral mientras él estaba fuera del país. Fue una transgresora de las costumbres pacatas de su época lo que le valió sufrir hasta el final de sus días el castigo de la calumnia y de la soledad.

Nació Aurelia Vélez el 8 de junio de 1836 en Buenos Aires, hija del segundo matrimonio de Dalmacio Vélez Sarsfield con Manuela Velásquez. Tuvo dos hermanos, Constantino y Rosario y un hermanastro,  Vicente –hijo del primer matrimonio de Vélez Sarsfield con María Piñero.

Se casó de apuro a los 22 años con su primo hermano, el doctor Pedro Ortiz Vélez, hijo de Inés Vélez –hermana de Dalmacio- y del doctor José Santos Ortiz, ex gobernador de San Luis asesinado en 1835 en Barranca Yaco junto a Facundo Quiroga.  A los ocho meses se separaron abruptamente y se rumoreó que Pedro había matado a un supuesto festejante de Aurelia. Nadie pudo precisar qué ocurrió con la criatura que se gestaba. Ella pasó a vivir con su padre a quien cuidó hasta la muerte y no usó nunca más su apellido de casada.

Díaz Vélez había sido rosista pero luego de la caída del Restaurador colaboró con  Urquiza en Paraná para zanjar diferencias entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires. Su gestión culminó con éxito: se firmó un convenio complementario al Pacto de San José de Flores y, posteriormente, se reunió la Convención en Santa Fe donde se revisó la Constitución Nacional, se la reformó, y luego fue jurada por todas las provincias, incluídos los díscolos porteños .



El general Urquiza, proclamado presidente de la Confederación Argentina, se enfrentó a su adversario Bartolomé Mitre. La puja entre Buenos Aires y el interior se acentuaba hasta el punto de las hostilidades, y de hecho convivían dos gobiernos: el de Paraná y el de Buenos Aires. En medio de ese clima se sucedían las tertulias en la casa de Vélez Sarsfield a las que asistían los hombres más notables de la época. Aurelia también participaba, y no sólo en calidad de anfitriona como era la costumbre en las mujeres de ese tiempo, sino que se familiarizaba con los sucesos políticos y los movimientos que se venían operando en el país.

En esas reuniones, en las que intervenía con su opinión sobre temas que luego se discutirían en la Legislatura o serían difundidos por la prensa, es donde conoció, en 1855, a Sarmiento. En Buenos Aires se comentó que la separación del sanjuanino de su esposa, Benita Martínez Pastoriza, tuvo como causa principal la publicidad de ciertos amores con “tal señora de alcurnia, a quien Sarmiento consagraba por lo menos, su simpatía intelectual”.

A fines de 1859 o principios de 1860, Sarmiento, preocupado, envió una carta a Aurelia que confirma estos rumores. En ella le dice que ha “debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tenerme el corazón a dos manos para no ceder a sus impulsos”. Señala que era mejor “decir adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que sólo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo. Acepto de todo corazón su amistad que será más feliz que no pudo serlo nunca un amor contra el cual han pugnado las más inexplicables contrariedades”.

Y si quedan dudas sobre la índole del sentimiento que los unía, que provocaba perturbación en ambos, agrega: “Me acojo a la amistad que me ofrece, y que la creo tan sincera como fue puro su amor. En pos de pasiones que nos han agitado hasta desconocernos el uno al otro, es una felicidad que el cielo nos depara salvar del naufragio, y, en lugar de aborrecernos cuando ya no nos amaremos, podemos estimarnos siempre. Sólo así gozaremos de la felicidad que hemos buscado en vano” .




A pesar de esta despedida, un año después Sarmiento responde a una carta que Aurelia le había enviado cuestionándole no haberle escrito en quince días: “Tus reproches inmotivados me han consolado, sin embargo, como tú padezco por la ausencia, y el olvido posible, la tibieza de las afecciones me alarman. Sé pues justa y tranquilízate. No te olvidaré porque eres parte de mi existencia porque cuento contigo ahora y siempre. Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme, y pertenecerme a despecho de todo, y yo te agrego a pesar de mi ausencia, aunque se prolongue; a pesar de la falta de cartas cuando no las recibas” .

Aurelia respondió: "Te amo con todas las timideces de una niña, y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor, porque estoy segura de merecerlo. Solo tengo en mi vida una falta y es mi amor por ti. ¿Serás tú el encargado de castigarla? Te he dicho la verdad en todo.  ¿Me perdonarás mi tonta timidez?.  Perdóname, encanto mío, no puedo vivir sin tu amor.

Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere. ¿Me escribirás, no es cierto?".

Aurelia y Sarmiento se comunicaban por medio de una amiga que oficiaba de intermediaria para evitar que Benita se enterase de la relación. En una de las cartas  él le dice: “Tu amiga me alarmó con prevenciones que me hicieron temer un accidente, pues ella anda muy cerca de las personas en cuyas manos una carta a ti, o tuya, sería prenda tomada”. Y se pregunta: “¿Y si esas cartas no se han recibido todas? ¿No temes que alguna tuya se perdiese?”. Las sospechas de Sarmiento no fueron infundadas. Ya siendo gobernador de San Juan, en mayo de 1862, su esposa descubrió a través de su hijo Dominguito esta relación. El joven, quien junto a Benita vivía en Buenos Aires, fue al correo a buscar cartas de su padre y se enteró que llegaba correspondencia de Sarmiento desde San Juan pero la destinataria era Aurelia. Desde ese momento el matrimonio Sarmiento se separó con bastante escándalo, como lo demuestra la intervención de Mitre y de Rawson para tratar de calmar los ánimos de los cónyuges, sobre todo el de Benita. Además la relación entre padre e hijo se deterioró gravemente y éste le reprochaba haber malgastado la fortuna de su madre y condenarlos a la miseria.

Durante 1866, en Buenos Aires, comenzó a agitarse el ambiente político en vistas a las candidaturas para reemplazar al presidente Mitre. Aparecen los nombres de Urquiza, Elizalde, Alsina. Sarmiento estaba en los Estados Unidos como embajador.

En la casa de Vélez Sarsfield se sucedían las reuniones, y es aquí donde apareció la palabra de Aurelia. “Comienzan a surgir nombres en los distintos sectores –dice César Guerrero en “Las mujeres de Sarmiento”- con más o menos probabilidades de éxito, hasta que una voz de mujer con visión profética insinúa un nombre, el que polariza la atención de los intelectuales de todo el país: Sarmiento. Esa voz que resonara en los círculos allegados a la casa de su padre, con eco broncíneo, fue la de Aurelia Vélez”.

Si bien la candidatura de Sarmiento contó con el apoyo del Ejército y fue el coronel Lucio V. Mansilla el encargado de escribirle a Nueva York anunciándole esta decisión, fue Aurelia la que le enviaba desde Buenos Aires informaciones sobre la marcha de la campaña y del movimiento político del país. En una carta del 26 de marzo de 1868 le informa: “Urquiza salió ya de su crisálida a trabajar por Elizalde según los elizaldistas, a trabajar por él, según los más. La República, diario de los libre pensadores aquí, ha exhibido un candidato que le doy a adivinar, pero como perdería mucho tiempo en ello, le diré que es el Dr. Dn. Vicente Fidel López”. Sarmiento en Estados Unidos aguardaba sus cartas con ansiedad. Ninguno de sus amigos fue más leal en las noticias, prevenciones y consejos. Ella le había dicho: “Si no sigue mi consejo no siga el de nadie”, y le sugirió que se quedara lejos mientras los trabajos de sus partidarios avanzaban. Y Sarmiento le hizo caso. Es así que cuando en marzo de 1868 se enteró de que en San Juan lo habían elegido senador nacional y que Mitre lo nombraba ministro del Interior, rechazó este ministerio que suponía su inmediata vuelta al país, y aceptó la senaduría. Si era vencido en la elección presidencial, actuaría como senador por su provincia natal.

Tal fue la influencia de Aurelia que Sarmiento le escribió a su amigo José Posse en Tucumán para decirle que en Buenos Aires se entienda con Vélez y con su hija, “más a ésta que al viejo, tiene más carácter y créemelo, juicio más sólido que todos nuestros amigos. Si pudiera inducirla a escribir en la prensa como me escribe a mi, tendría un campeón, no sólo por el amor hacia mi, sino por la completa inteligencia del asunto” .

Y efectivamente, con su hábil criterio y atenta a los devaneos e intrigas políticas, logró desbaratar un intento de boicot a la candidatura de Sarmiento que sus adversarios urdieron usando al mismo Vélez Sarsfield . Dijo Sarmiento a Posse: “Me dice Aurelia Vélez que los culones de Buenos Aires se han venido y proponen al viejo Vélez, lamentando ella que aparezca la desunión, dando esa ventaja a Elizalde que me dicen da muchos convites y gasta mucho té y vino” .

Fue tal la admiración y la confianza que el futuro presidente tenía en Aurelia Vélez que le pidió que fuera ella quien escribiera su biografía: en una carta del 20 de febrero de 1867 desde Nueva York, Sarmiento, tras elogiar su “madurez de juicio” y su “sencillez de estilo”, le dice: “Andan en busca de una biografía mía, que nadie se atreve a escribir. Después de mi sólo Aurelia pudiera escribirla, sencilla, útil, sentida”. Aurelia responde: “Le agradezco mucho el juicio que sobre mis aptitudes se ha formado; dejarlo fallido el día en que me ponga a la obra es mi más grande temor. Me conozco, este es mi mérito, y se cuánta parte tiene el corazón en rasgos que V. adjudica a la inteligencia”. Se despide: “Adiós, y trate a sus electores mejor que a su biógrafo que tiene el defecto de aguantar, con paciencia de santo, los cumplimientos de dos caras de su querido amigo. Suya. Aurelia”.

Después de dos años de arduos trabajos politicos para Aurelia llegó el día de la elección, el 12 de abril de 1868, donde se midieron los candidatos presidenciales: Sarmiento, Urquiza, Elizalde. Sarmiento, que continuaba en Nueva York, emprendió su regreso a Buenos Aires. Durante el trayecto escribió un diario de viaje dedicado a Aurelia: “Un viaje de Nueva York a Buenos Aires, del 13 de julio al 29 de agosto de 1868”:

“En este viaje que me propongo describir –le dice en la introducción- el viajero sólo es protagonista, y dedicado a usted su sola lectura, dale la seguridad para llevar a cabo la idea que a toda hora del día ha de estar presente usted en mi memoria. Viviré, pues, anticipadamente en su presencia, y cada escena que describa tendrá a usted como espectador, complacido acaso de recibir este diario tributo”. Es en este texto, donde Sarmiento habla de las “Santas Mujeres”, que escribe sobre Aurelia sin nombrarla: “Hay otra que ha dirigido mis actos en política; montando guardia contra la calumnia y el olvido; abierto blandamente puertas para que pase en mi carrera, jefe de estado mayor, ministro acaso; y en el momento supremo de la ambición, hecho la seña convenida, para que me presente en la escena en el debido tiempo” .

El 16 de agosto se verificó el escrutinio que dio 79 votos a Sarmiento, 26 a Urquiza y 22 a Elizalde. Por la mañana del 29 de agosto, el buque francés Aunis ingresó al puerto de Buenos Aires con el presidente electo a bordo. Una multitud lo esperaba en el muelle que lo ovacionó y lo acompañó a pie hasta su casa de la calle Belgrano entre Defensa y Bolívar.

Si en la campaña electoral Aurelia había trabajado para el triunfo, durante la presidencia de Sarmiento continuaría doblemente con esa tarea porque también su padre integró el gobierno como ministro del Interior a pesar de su avanzada edad.

Un gran vacío se produjo en la vida de Aurelia cuando, en la madrugada del 30 de marzo de 1875, falleció su “Tatita” a los 75 años, ya retirado de la actividad pública, pasando los últimos años bajo su cuidado. Aurelia transcurrió los siguientes años acompañada de su hermana Rosario, que estaba delicada de salud. Por esta razón se trasladaron a Córdoba, donde falleció el 5 de agosto de 1883.

Otro duro golpe, que Sarmiento ayudó a soportar. Sin sus familiares más cercanos, con 44 años, Aurelia comenzó a sentir su soledad que aumentaría con el paso de los años y que, durante su vejez, se le tornaría casi insoportable. Pero todavía contaba con su amigo Sarmiento quien, seguramente para ayudarla a reponerse, la invitó un mes después a viajar a Montevideo.

Luego de este descanso Aurelia volvió a Buenos Aires a su casa de la calle Libertad 1227, donde comenzó a preparar su primer viaje por Europa, en 1885, el primero de muchos otros que realizaría durante su vejez. En esa época el cólera se propagaba por Europa, causa por al cual Sarmiento le aconsejó pensar en la conveniencia de regresar para iniciar otro viaje en el futuro. Pero Aurelia siguió adelante y visitó París, Inglaterra, Nápoles, Florencia. Suiza, España y, de regreso, Brasil y Montevideo.

Como en toda su vida, en esta oportunidad mantuvo también una nutrida correspondencia con Sarmiento durante el año que permaneció en el viejo continente. Parte de la correspondencia fue publicada por Sarmiento en la prensa. El 13 de julio de 1885, dio a conocer en El Censor, el artículo “Sarah Bernhardt en Teodora”, en el que Aurelia anuncia la venida a Buenos Aires de la famosa artista, que se concretaría un año después.

También publicó sus impresiones al ascender al Corcovado en Río de Janeiro. Respecto a este artículo, Samiento le dice a su sobrina Victorina Lenoir de Navarro, en una carta fechada el 7 de abril de 1885:  "No sé si vió en "El Nacional"y le llamó la atención una descripción del Corcovado de Aurelia Vélez, que publiqué y que en Buenos Aires hizo grande sensación por la belleza simple de la forma y del colorido. El asunto se prestaba a fe, pero la autora era favorecida por dotes de familia y su estilo conciso y desembarazado, era gustado por todos. Un fragmento sólo de estilo basta para fijar la forma que no obtienen los escritores más correctos".

En respuesta a la correspondencia que ella le enviara desde Londres, Sarmiento le escribe: “No he publicado de su última el bello trozo sobre la naturaleza de Inglaterra. No quiero contrariarla pues no invento a una nueva Aurelia, sino que le hago conocer a la vieja misma, los tesoros de sensibilidad y gusto que posee, esperaba que creyéndome, toda coquetería femenil se hiciera a un lado, y hablaremos como dos escritores, ayudando el más experimentado al que venía a desplegar las alas de su espíritu. Mi idea de que publique V. un opusculito de medallones y bocados de viaje, siguiendo la feliz idea de ocuparme solo de rasgos culminantes sería de prepararla por si acaso”.

Creyendo que con este aviso bastaba, Samiento dio a conocer en El Censor una carta en la que Aurelia le hablaba de su padre. “Tatita está en todas partes –escribe-  explicándome esto, aquello, lo de más allá. Tatita está en el Coliseo Augusteo, en el Foro, sobre el Monte Palatino. El Foro he visto por entre las lágrimas, al pensar cuán feliz habría sido Tatita si le hubiese sido dado venir a conocer éste, su mundo, tan admirado y tan querido. Lo veo en la Roma antigua, del Foro Romano al de Trajano, de las Catacumbas a las Termas de Caracalla que parecen pedazos de mundo caídos para darnos idea de la grandeza de otros”. Pero Aurelia se enojó cuando vio ese texto publicado y, según confesó una allegada, “sufrió un gran disgusto”, quizás porque se trataba de asuntos privados.

En agosto de 1888, próximo a morir, Sarmiento había decidido, por incomprensibles “razones de salud”, radicarse en el Paraguay. La razón habría que buscarla en que fue en esa tierra donde murió su hijo “Dominguito”, durante la Guerra de la Triple Alianza que transcurrió durante su gobierno. Desde Paraguay el anciano sanjuanino volverá escribir a Aurelia, reclamando su presencia: "Díjome usted que vendría de buena gana al Paraguay; creílo con placer aunque no fuese más que como las promesas de las madres, o de los que cuidan enfermos, decir que sí cuando alguna vislumbre de alegría pasa por aquellas cabezas. ¿Por qué  no estimar aquellas piadosas mentiras que hacen surgir un mundo de ilusiones y alientan al que harto sabe que nada hay de regalo en el sonido, sino en la armonía, unas veces, oído sordo de la lisonja que consiste en hacer creer que somos dignos de tanta molestia?".

Después agrega: "Bien me dijo de venir, venga pues al Paraguay. ¿Qué falta le hace treinta días para consagrárselo a un dolor reumático, cinco a la jaqueca, algunos a algún negocio útil y muchos momentos a contemplar que la vida puede ser mejor? Venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida".

Y Aurelia fue. Se embarcó junto a su hermano Constantino y su sobrina Manuela Vélez, a quien Samiento le obsequió un ejemplar del Facundo autografiado. Tal vez porque no quería ver morir al amigo de toda la vida  Aurelia volvió a Buenos Aires cuando la salud de Sarmiento empeoraba, pero dejó a su primo hermano para que la mantuviera informada.

Cuando falleció Sarmiento Aurelia tenía 52 años. Había dedicado más de la mitad de su vida acompañándolo, igual que a su padre. Ahora, sin ninguno de los dos, se refugió en su casa. Durante los 36 años que lo sobrevivió realizó varios prolongados una serie de viajes a Europa, Palestina y Egipto, seguramente para protegerse de las calumnias de sus contemporáneos , consecuencia de haberse atrevido a transgredir las rígidas costumbres de su época. Por ello decidió alejarse de Buenos Aires y pasar la mayor parte del tiempo recorriendo el mundo.

Cuatro años antes de morir, el 26 de noviembre de 1920, Aurelia hizo su testamento. A 67 años de la separación de su marido, y como homenaje a quien había amado, no olvidó el gesto de no usar su apellido de casada, ni siquiera en el aspecto legal. (Biografía basada en textos de Araceli Bellota)

VERLO LIBRE Y SALVO

Aurelia no sólo era la secretaria de su padre sino que, con frecuencia, lo remplazaba en los asuntos en los que debía intervenir.

Alguien de amistad próxima escribió desde la cárcel de Montevideo a Dalmacio Vélez, en ese momento ministro del Interior de Sarmiento, pidiéndole que gestionara su traslado bajo fianza a Buenos Aires. A vuelta de correo  recibió respuesta de Aurelia: “El señor Sarmiento me ha prometido poner en la balanza la poca o mucha influencia que tenga con aquellas gentes. Pero esta vez sería de desear que fuese mucha”. En una carta posterior, una vez llevadas a cabo las diligencias pertinentes, le dice: “Su encargo ha sido hecho y siento tener que ser el medio por el cual vaya a V. el desaliento. El Presidente, por conducto de su ministro en ésa, hizo preguntar al Presidente si admitirían las seguridades, o más bien la garantía del Gobierno Argentino por su persona allí o aquí. Le fue contestado con muestras de sentimiento, que su nombre aparecía en las sumarias levantadas como el más comprometido en el asunto Aparicio, pero que no se negaban solo por esta razón; que pesaba sobre ellos la de haber negado lo mismo al Conde de Eu quien se empeñó en llevar a V. al Brasil, que concederle al Gobierno Argentino lo que se había negado al de Brasil sería un desaire a este que no era dable hacer”. Luego finaliza la carta expresando, con diplomacia : “Si encuentra V. un medio cualquiera que tatita o sus amigos puedan tocar, no deje de insinuarlo, muy seguro del placer que tendríamos de verlo libre y salvo”.

EL CODIGO CIVIL

Hacia septiembre de 1863, Aurelia se trasladó con su padre a la quinta de Almagro para trabajar en la redacción del Código Civil que le había sido encargado , y ahí residieron hasta su finalización.

A las seis de la mañana en invierno,  a las cinco en verano, Aurelia ya estaba en pie preparada a recibir los dictados de Vélez Sarsfield. Tomaba notas en cuadernos que se iban acumulando y, luego, con las correcciones de su padre en tiras pegadas junto al texto inicial, además de los datos agregados entre líneas, su trabajo consistía en preparar las páginas finales que irían a la imprenta.

UNA OPINIÓN DE VALíA

El gobernador de San Juan, Manuel José Zavalla, se enfrentó con su Legislatura, lo que provocó la intervención del gobierno nacional, en lo que se conoció como la “Cuestión San Juan”.

El doctor Vélez Sarsfield,  Ministro del Interior, no estaba de acuerdo con la postura del presidente frente al problema, y teniendo que responder el oficialismo a una interpelación en el Congreso, ofreció su renuncia. Sarmiento, que de ninguna manera quería perder tan importante colaborador, se dirigió a la casa de Vélez dispuesto a discutir la cuestión hasta que llegaran a un acuerdo. El debate duró esa noche y parte del día siguiente.

Aurelia no estaba lejos de la sala donde los dos hombres discutían y durante la cena intervino con su opinión favorable a lo sostenido por Sarmiento, y no por una cuestión de amistad sino que aplicó al conflicto todos sus conocimientos de derecho constitucional, además de su ya elogiado criterio sobre la política nacional .

Finalmente, su padre se dio por convencido y en la interpelación, que duró cinco sesiones, fue el más sólido defensor de la postura del gobierno, el que obtuvo una difícil victoria.

PROMETO NO MOVERME     

Sus últimos años fueron atormentados por el juicio de los demás. Así lo expresaba al regreso de veinte años de ausencia, escribiendo a bordo del vapor “Re Vittorio”: “Vuelvo sin  mucho entusiasmo. No encontré lo que fui a buscar. Hace veinte años que partí para esperar la muerte, lejos de mi país porque no quedaba nadie que se interesara por mí, salvo para lastimarme (…)

La muerte no llegó y ahora vuelvo, no porque quiera sino porque no me queda más remedio. En poco tiempo cumpliré setentaycuatro años, uno menos de los que tenía Tatita (su padre)  cuando se fue para siempre. A mi edad se hace difícil seguir dando vueltas por Europa, sola y con el reuma como único y molesto compañero de viaje.

Veinte años es mucho tiempo. Tal vez suficiente para que mi recuerdo se haya desdibujado en los que tanto me hicieron sufrir su condena. A lo mejor me dejan en paz. Si a Sarmiento lo congelaron en una  estatua a mí pueden archivarme en el olvido. Igual que él, prometo no moverme”.

LA CAMA DEL TIRANO

Durante sus viajes Aurelia se preocupaba por tener noticias de su patria. Así pudo enterarse de que en Palermo se había inaugurado una estatua de Sarmiento, obra nada menos que del genial escultor francés Auguste Rodin. Sin embargo había en ello algo que merecerá su comentario irónico. Escribirá desde París, fechando “noviembre de 1900”: “Se habría reído a carcajadas (Sarmiento) de saber que su monumento lo iban a levantar exactamente en el lugar donde antes estuvieron las habitaciones de Rosas. “Por la eternidad mi mole sobre la cama del tirano”, hubiese ironizado”.

Lo cierto es que ese acto, seguramente con el propósito de denigrar a don Juan Manuel, es también un desdoro para don Domingo Faustino que hubiera merecido que tan importante recordatorio estuviera emplazado en alguna escuela o biblioteca. Se impone el cambio de lugar, también como símbolo de la demorada reconciliación entre los bandos de las guerras civiles.