El finado

Manuel Langsam-. En un campo de Bergara había un peón al que todos llamaban "El Finado” o “El Finadito". ("El Finau", traducido al entrerriano).

El autoengaño en que vivimos


Daniela Sánchez-. Internet y ciudadanía
Gracias a internet, una puede buscar voluntariamente gente afín a sus propias ideas alrededor del mundo. Aunque también va dejando "cookies" que hacen que los buscadores, las redes sociales y los sistemas operativos, le "faciliten" el trabajo a una y te deriven directamente a esos foros, comunidades y "noticias" que supuestamente te interesan. Así, una noticia falsa, un rumor o una verdad a medias puede constituirse en el eje de un debate en una comunidad virtual, donde poco a poco en manada se vayan alejando cada vez más de la realidad. De hecho, así funcionan los círculos extremistas. Así es posible entender cómo es que jóvenes europeos que parecen totalment eintegrados en su comunidad de pronto se levantan un día y sin que haya rastros previos se dedican a asesinar a gente inocente en nombre de un reino prometido. 



Esos son los ejemplos extremos de este funcionamiento pernicioso de internet guiado por las grandes corporaciones, las que a su vez, "permiten" a los servicios de inteligencia que espíen a los ciudadanos para "detectar" si sus ideas radicales serán llevadas a la práctica. Como es fácil sospechar, nunca se sabe si esas ideas "radicales" no fueron radicalizadas por comunidades armadas por los propios servicios de inteligencia, que así amplían su poder, rehacen su razón de ser y ganan presupuesto y se abren paso en el miedo que siente la gente, permitiendo así que se achiquen los m´rgenes de privacidad. Un círculo viscioso perfecto. Prácticamente imposible de desbaratar. 
Sin embargo no es solo entre los extremistas donde esto pasa. Nos pasa a todos y todas. Estamos siendo guiados por algoritmos, oportunistas del periodismo e influencers sensacionalistas hacia rincones oscuros de la vida y las ideas.  




Como es cada vez más evidente, la gente busca gracias a internet a otra gente que piense como una, o crea comunidades simbólicas en torno a esas ideas. Por ejemplo, los conservadores que leen un diario conservador, se sienten a gusto entre conservadores que leen las mismas publicaciones, como siempre pasó. Pero estra vez pueden además comentar, a través de la comunidad que crea o rodea ese mismo periódico conservador, las noticias que allí se publican. Lo mismo sucede con los diarios de izquierda.

Estas comunidades se prolongan luego a las redes sociales, donde como es sabido que las personas cada vez más solo conversan con quienes piensan igual, hasta el punto que les resulta ofensivo ofrecer un punto de vista diferente.  De ahí derivan tanto la intolerancia como la falta de debate enriquecedor: nadie quiere escuchar a quien ponga en duda, pensando diferente, el punto de vista propio. Más si cree que es una verdad universal, dado que es una verdad parcial de mi "comunidad", que para mí es la totalidad de la sociedad o por lo menos los mejores o los que más saben. El engaño perfecto. Mejor dicho: el autoengaño perfecto.
Es un autoengaño el que vivimos, a veces con pasión. Este autoengaño se refuerza por la vida moderna, rodeada de inseguridades de diverso tipo (laborales, afectivas, criminales, etc) y por la soledad, que es el precio de nuestra individuación creciente. Lo que los filósofos denominan "la era posmoderna".
No es algo por lo que haya que alarmarse, aunque sí hay que tener en cuenta que muchas de las noticias que se propagan, o especialmente las que se propagan (se "viralizan") suelen ser falsas. No porque provengan de medios poco serios, como también sucede, sino porque nunca en la historia hubo tanta abundancia de noticias falsas tomadas como verdad irrefutable y sin que nadie se sonroje.
Lo vemos a diario. Chicas que supuestamente están desaparecidas y aparecen apenas se difunde su foto, dado que nunca estuvieron desaparecidas. ¿Era una noticia falsa su desaparición? Sí. ¿Se difundió con un ánimo solidario? Es difícil creer eso, en realidad, se está alimentando el morbo de la audiencia, que entre otras cosas quiere creer que cada vez desaparecen más chicas. ¿Es eso cierto? No, no es cierto. En un país donde existe una ley que prohíbe cuestionar la mentira piadosa de que los desaparecidos durante la dictadura militar fueron 30.000, aunque los propios registros oficiales hablen de la friolera de más de 10.000, sostener luego y por las mismas razones humanitarias que en los últimos años desaparecieron menos de 30.000 personas, o sea, sostener que nunca desaparecieron tantos chicos, es directamente entrar en un grado de esquizofrenia que conduce al insulto inmediato a quien señale la evidente incongruencia. A no ser que se sostenga que en los últimos años desaparecieron más de 30.000 chicas...
No hay una ley (ni debiera haberla) que prohíba creer eso...
La verdad no es ni debe ser nunca solamente una cifra oficial. Pero tampoco una sucesión de mentiras a medias. De "sensaciones" o de pareceres subjetivos. La verdad, en todo caso, puede ser una construcción colectiva. Eso es, por ejemplo, la ley en general (hay excepciones, por supuesto). Una construcción colectiva. Respetada por una mayoría.
Es la ley la que funda la ciudadanía.
¿Cómo construir una ciudadanía si la sociedad se encamina a ser una sumatoria de minorías intensas, que cree cada uno lo suyo e insulta y aparta a toda persona que cuestione sus creencias?
Un cierto retorno a la sociedad tribal, donde cada tribu cree en su propio Dios y no reconoce el Dios de las otras tribus, asoma en el horizonte.
La educación es la única institución que puede formar sujetos críticos capaces de no caer en la trampa de confirmar sus propias ideas siempre a través de internet. Aunque hoy estemos lejos de ello, es vital para la proliferación de la categoría de ciudadanía.

¿Está la política educativa entrerriana a la altura de este desafío?