De la pensión a la vuelta al mundo en 80 escritores



Lucas Carrasco-. Rolando Revagliatti es porteño y vive en Buenos Aires. Nació en 1945 y es autor de una cantidad importante de libros de poesía. Su curiosidad por la literatura lo llevó a indagar en la vida de los escritores contemporáneos, haciendo un trabajo realmente invalorable con sus entrevistas a escritores. Esta vez -y costó que accediera, lo cual habla de su particular modestia- lo pusimos del otro lado del mostrador en Noticias Entre Ríos para que nos cuente él sobre su escritura y su vida. Ambas íntimamente relacionadas. Con pasión. Y se nota.


"Alcancé a votar a Alfredo Palacios" sería un título hermoso. Pero este hijo de socialistas, que pasó por el anarquismo y la contracultura -"me sentía atraído por las estéticas del riesgo"- y vivió su infancia en una pensión de Floresta, está más definido por la literatura y el impresionante eclecticismo de su formación que por las cuestiones puramente políticas, que no le son ajenas.

Otra manera de encarar el título sería la parte pintoresca, su rol de actor de publicidades de la TV, algo que uno nunca imaginaría de un artista de ruptura. Su adicción al teatro y al cine de todos los tiempos, visible (si cabe el término) en su literatura, era el tercer enfoque. Pero bue, el caso es que la charla va por todos esos andariveles.

Al final, el título alude a todos sus recorridos, a su insistencia en la espacialidad de la palabra, a la enorme biblioteca que ya guardaba en la cabeza antes de tener canas.



  ¿Cómo definirías tu literatura?


   No sabría responderte de un modo lo suficientemente preciso y abarcativo y que a mí me convenza. Mi dramaturgia, la que rescaté en un libro publicado en 1991, “Las piezas de un teatro”, unas pocas de las muchas, breves, que pergeñé en los setentas, promovió desconcierto en algunos actores, dramaturgos, directores que recibieran copias en mis años de formación y labor actoral, y fueron saludadas con entusiasmo, por ejemplo, por Griselda Gambaro, Patricio Esteve, Miguel Bejo y Alberto Ure (el comentario bibliográfico de Daniel Terzano en el Suplemento de “Cultura y Nación” del “Clarín” del 8.8.91, se tituló “Teatro de la ‘loca verdad’”). Devenían del teatro del absurdo, con motas de pintoresquismo, toques de porteñidad y otros aderezos. Mi narrativa breve, compuesta por cuentos cortos, relatos, microficciones y hasta algunos textos inclasificables, indebidamente socializados en dos volúmenes, “Historietas del amor” y “Muestra en prosa”, debió haber aparecido en uno cuyo título fuera este último; eso es lo que era: una muestra, un muestrario: realismo, puntillosidad, fantasía, disloque, erotismo de barricada, reflexión poética (fui narrador entre los últimos años de los ochenta y los primeros de los noventa). En cuanto a mi poesía, Lucas, estamos más o menos en la misma: fui encarado de diversas maneras por las musas, por los asuntos, por las predisposiciones.




¿Cuáles son los autores que más te inspiraron?

Según las etapas, por supuesto. Me inspiraron o más bien me sedujeron: digamos de los que más me impregné. Indiscernible es cómo dejaron sus huellas en la escritura, esa voz que produje y me fue produciendo. Leí con fervor -salteándome el mentar a escritores de mi infancia, pero destacando la incidencia de los letristas de tangos y milongas, y a los glosadores que escuchaba por radio, a los recitadores gauchescos- en mi adolescencia y primera juventud, a Julio Huasi, Jean-Paul Sartre, Ernesto Sábato, Nicolás Olivari, Roberto J. Santoro, Henry Miller, Abelardo Castillo, Raúl González Tuñón, Pablo Neruda, David Viñas, Nicolás Guillén (y menciono sólo un puñado de aquellos de los que fui adquiriendo todos sus libros: los que iban apareciendo y los que conseguía rebuscando en librerías de usados). Así fui procediendo después con muchos otros (va este puñado): Jean Genet, Alfredo Veiravé, Samuel Beckett, Juana Bignozzi, James Joyce, Adolfo Bioy Casares, Simone de Beauvoir, Jorge Leonidas Escudero, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Leónidas Lamborghini, Kato Molinari, Paul Auster, Haruki Murakami, Milan Kundera, Siri Hustvedt, José Saramago, Petros Márkaris, J. M. Coetzee. Preveo leerme todo lo que hayan escrito Roberto Bolaño, Leopoldo Padura, Gioconda Belli. Ahora me sigo impregnando, releyendo sistemáticamente desde hace años los tantísimos libros y cientos de revistas literarias de mi biblioteca, y así despidiéndome de ellos y aligerando los estantes.

¿En qué momentos escribís? ¿Cuál es tu rutina?

Pronto se cumplirán cinco años en los que ni siquiera he intentado concebir un poema. Respecto de ellos, en lo que persisto es en la corrección, pequeños o grandes ajustes, o eliminación de los que ya no valido. En cuanto a rutinas, no las he tenido.

En tu literatura hay mucho de autores populares, escritores de culto, personajes extraliterarios. ¿Cómo se da este mestizaje?

Provengo de lo popular: nací en una pensión. Viví en pensiones —en una durante más de un lustro: Bogotá 3332, Floresta— hasta mis nueve años, cuando mis padres se convirtieron en propietarios de un departamento en Villa del Parque; y a mis once años derivamos a otro, más grande, a estrenar, en Rivadavia 4986, Caballito, a metros de la “boca del subte”. Desde pibito —cumpliendo con mis responsabilidades de pibito: la escuela, los horarios para comer y hacer la tarea, etc.— me la pasaba en la calle. Coleccionaba Patoruzú, Misterix, El Alma que Canta, leía el diario “La Prensa”. En la adolescencia me fui volcando a todo tipo de lecturas, sin discriminar (casi), y me pasé a las revistas literarias. Empecé a concurrir, todavía más que en la infancia, al teatro. Ya no al de los los actores de nombradía: Luisa Vehil, Pablo Palitos, Luis Sandrini, Paulina Singerman, Arturo García Buhr, Tita Merello, sino al independiente. El socialismo no me era ajeno: mis padres eran “socialistas de Alfredo Palacios”: de hecho, alcancé a votarlo. Mi imbuí del anarquismo, del marxismo, del trotskismo. Me sentía atraído por las propuestas estéticas de riesgo, contraculturales. Y por lo extraliterario de los personajes literarios, así como por las neurosis, para mí todas restallantes, de cualquier personaje. Frecuentaba el Instituto Di Tella, galerías de arte, bares como La Paz, La Ópera, el Ramos, La Academia.

¿Cómo es tu conexión con el cine?

Desde chiquito me llevaban no sólo al teatro, sino también al cine (y al Parque Retiro). Y había un cine por Floresta, en la avenida Avellaneda, cerca de mi casa (la pensión que regenteaba mi madre), al que concurría solo, los miércoles, día de entrada más barata, y me veía un par de películas argentinas. Compramos televisor al tiempo que nos mudamos a Caballito: y entonces, veía las series. Durante 1965 y 1966 estudié en la Asociación Cine Experimental. Robustecí mi formación fenomenalmente. No mucho después fui actor en no menos de veinte films publicitarios (colchones Simmons, embutidos La Foresta, automóviles Peugeot, whisky Old Smuggler…), hice un par de bolos (menos de diez palabras) en los largometrajes “La civilización está haciendo masa y no deja oír” de Julio Ludueña y “Gente en Buenos Aires” de Eva Landek (ambas de 1973) y tuve un personaje secundario en “La familia unida esperando la llegada de Hallewyn” (1971) de Miguel Bejo (no difundida comercialmente). Y paso a mis últimas tres décadas: soy espectador (cable, DVD, salas, y una vez por mes reunión vespertina y dominguera cinema-gastronómica con algunos amigos) de no menos de trescientos cincuenta filmes por año.



Lo urbano y lo popular son parte de tu narrativa de manera muy particular, qué podés contarnos al respecto.


Hace unos días me enteré de modo indirecto que había fallecido quien fuera el director de la revista literaria “Ocruxaves”: el narrador Hugo E. Boulocq. Sólo nos vimos y charlamos una vez. Me voy a permitir transcribir —y así recordarlo públicamente— algo de su prólogo (mucho más interesante que lo que yo pudiera balbucear ahora) para “Historietas del amor”: “…entre los pliegues lingüísticos del decorado, …Rolando, observador de esa realidad donde comienza el terreno común de la semántica, sustantiva, verbaliza, ajusta las palabras como si fuesen resortes de los sentidos. Y el festín principia. La sensación de espacio, de ambiente, es tan rápida que anula la distancia con el texto; descripciones apretadas, concisas, síntesis intachables, muy a propósito para un ritmo narrativo ceñido al galope de las frases, definen la brevedad del tiempo en el que todo ocurre como si nada pasara —aunque pase y pueda mirarse, tocarse, oírse, sentirse, pensarse. Más allá, franqueándonos la entrada a la representación verosímil de la realidad —que no es el mero detallismo superficial de lo real—, el arsenal discursivo del autor se convierte notoriamente, como recurso técnico y posibilidad significativa, en una indagación aguda acerca de lo previsible y precario de la existencia.”




¿Se viene la muerte de los libros, como pregonaban muchos?

 ¿“Nada se pierde, todo se transforma”?


¿Qué futuro le ves a la poesía en tiempos de redes sociales?

Sólo de oídas sé que la poesía circula bastante en redes sociales (no integro ninguna). La lectura de poemas exige: exige un posicionamiento, algo del orden de la contemplación (de los versos, de la espacialidad). Cuántos se detendrán lo suficiente en esos ámbitos vertiginosos, atiborrantes, me pregunto.

Suscribirse