¿Por qué hoy no soy noticia?




Lucas Carrasco-. Hoy no fui la tapa de Clarín, ni de Perfil. Porque la Justicia finalmente falló y quieren esconder la verdad luego de la calumnia más infame que tuve que soportar.


(Esta columna fue escrita antes de la resolución judicial sobre la campaña de sucesión de notas difamatorias donde pasé de ser quien denunciaba femicidios que vinculaban al poder a ser acusado -calumniado, injuriado, con enormes fabulaciones- buscando silenciarme. La Justicia se expidió: ¿qué dijo? Es obvio lo que dijo, por eso Daniel Enz, Clarín, las cloacas de la SIDE K y los servicios macristas que laburan del mismo oscuro negocio, guardan silencio. Máquinas al servicio de la destrucción del periodismo, máquinas amarillistas, perversos, de porno escatológico recubierto de maquillaje denunciero, que sistemáticamente trabajan para ocultar la verdad sobre las redes de trata de mujeres pobres y el rol que el poder, el verdadero poder, juega en eso ). 

Tan víctima como alegre promotor de la posverdad, alegre militante de estallar los géneros narrativos hasta hacerlos añicos y no subirme a la ola de moda en su rehacer patético construyendo instituciones de la Verdad, los Robespierre que apenas se animan a llevar las faldas del vestido de bodas de la Diosa Razón con el Ser Supremo, siempre me parecieron tipos tristes, de una tristeza tan poca, tan bien disimulada, una tristeza de yuppie cantado por Mezo Bigarrena, buscando de qué aferrarse, agarrados al tronco que se lleva igual la correntada. La catarata de adjetivos descalificatorios que es la vida y se refleja, con esnobismo, en las redes sociales. Tan víctima como promotor, supe inventarme vidas privadas para que me dejen tranquilo, supe dar de comer a las hienas sin ser parte de su comilona amargada. Tan víctima como promotor, no puedo quejarme, aunque lo hago, por deporte.



Me tocó vivir durante una etapa hermosa. Tengo la edad exacta en la ecuación de los siglos. Escribí mis primeras notas en máquina de escribir, hice mis primeros programas de radio con operadores que usaban cassettes y tocadiscos. Hice mis primeros trabajos televisivos cuando los camarógrafos, antes de ir al aire, ponían una hoja de papel frente a la cámara para que no se "queme" la imagen.
Y fui joven cuando estalló internet. Cuando ya había estudiado todo lo que había que estudiar. Todo lo que empezaba a envejecer, junto conmigo. Llegué aburrido cuando se plantearon nuevos desafíos. Como el pez en el agua cuando se hicieron masivas las nuevas tecnologías, siendo más pez que agua, me divertí injuriando a mis fantasmas, desgarrando mis personajes, batallando en mil plataformas contra mis enemigos y contra mí mismo, mi principal enemigo, sin rumbo fijo, a ningún lado. A ninguna parte. Como cualquier vida de cualquier persona, con la singuralidad de poder contarla, transformarla y llevarla hasta límites imposibles fuera de los renglones y las letras.



Los escritores y los periodistas se sienten atrapados. Entre las peores condiciones laborales desde hace siglos, con la lenta amenaza (falsa) de la desaparición de nuestro oficio, con la masiva incorporación de prestigiosos mercenarios, con la falta de ganancias porque todo está plagiado, escrito gratis, de fácil acceso. Amenazados por todos lados, las viudas tristes del avance civilizatorio ven la crueldad del darwinismo laboral y señalan, con el mismo dedito levantado para dar diatribas catedráticas de moral ajena, hacia el ombligo. Y la gente, oh, la gente, se divierte viendo al viejo y tonto gremio hacerse mierda, volar por los aires sin imaginación, con golpes bajos, operaciones de mal gusto, berreteadas entre malandras que ven la vida como una sucesión de héroes y traidores sin poder mirarse a sí mismos más que en la galería de los galardonados. Los ven entregarse, como viejos chotos en Instagram, a una batalla que saben perdida.

Fui muy respetado. Demasiado. Hice todo lo posible por dejar de serlo. Hay quienes creen que me organizo barricadas, que me boicoteo, que tengo un serrucho para lijar la misma escalera que construyo. Durante un tiempo llegaron a convencerme de que tenían razón. Traté de comportarme como un miliciano, barrí cuarteles semióticos y ordené los escritorios conceptuales de una vida escandinava, hasta que me aburrí. La posmodernidad no permite el aburrimiento. Y yo tampoco.

Cuando tenía 17 años estaba a unos metros de la peatonal, en Paraná, con unos muchachos que en ese entonces soñaban con ser escritores, músicos, cineastas, periodistas, mochileros, artesanos; hoy son escribanos, jueces, contadores, burócratas universitarios, gente decente que a veces me cruzo en los restoranes, ellos van con sus familias, sus ropas elegantes, su alcoholemia y su diabetes controlada, su solemnidad de tarrito oxidado en un baldío, me saludan, con respeto, hasta alguna admiración, me presentan sus esposas, sus hijos, sus suegros, sus mascotas, hasta me presentan sus títulos universitarios y yo, amable y educado, saludo uno por uno, hasta le doy un beso al perro y le tiendo la mano a una licenciatura enmarcada con la firma de algún señor importante; saludo sus portaretratos del living ideológico y blindado contra el puto sueño que yo les recuerdo, lo que podrían haber hecho y no son. Con la pisca de farsa sartreana de confundir, deliberadamente, el ser y el hacer.


A unos metros de la peatonal, frente a un kiosco donde comprábamos cerveza, discutíamos a Lacan y el posmodernismo. Era 1995. Yo tenía el pelo largo y rubio, la barba larga y colorada, los ojos asustados y verdes, el pecho nervioso y rojo, el corazón neurótico y rojo, el talento desperdiciado y rojo, el cerebro hirviendo y rojo. Defendía con pasión a Lacan y el posmodernismo. Estaban, además de un albúm de imbéciles, dos amigos: Fabián, que era mayor y había salido de la cárcel tras su segunda condena. Vivía en un bar donde ayudaba con varias tareas, un bar que casi todos los que tienen un pasado drogón y cultural en esta ciudad recuerdan, un bar que me cerró la policía a los pocos meses pero las leyendas urbanas continúan hasta hoy. Como si el Bar Bukowski hubiera durado años y años. Y estaba Ramiro Pereira, que era físicamente igual que ahora, porque no se quedó pelado, ni tiene canas. Desde 1993 que vengo discutiendo a los gritos con Ramiro Pereira, uno de mis mejores amigos. Culto, intransigente, escritor, socialdemócrata apasionado, pero abogado.
La última vez que nos vimos fue en su despacho céntrico, a la madrugada. Me estaba aconsejando sobre una denuncia que me hicieron. Y entre el monumental aburrimiento jurídico, hablábamos de política, de literatura, de artes plásticas. Y disentíamos, educadamente. Después fuimos al único bar abierto. Pedimos una pizza y dos gaseosas. Recordamos viejos tiempos. Polemizamos, con serenidad, sobre perímetros ideológicos de la alambrada estupidez actual. Todo muy gentleman. Como llovía, no me fui caminando a casa, me llevó en su auto. Entré. Pasé de largo por la biblioteca y la computadora, no leí nada. Me tiré sobre la cama a esperar. Mi avión salía en unas horas. Me quedé pensando por qué ya no discutíamos como antes.
¿Es Ramiro que se volvió nihilista o soy yo que me volví republicano?
Fabián estuvo preso nuevamente. Salió y buscó, por todos lados, un trabajo. La última vez que había estado preso fue porque entró con una pistola a un supermercado, junto a su novia embarazada, y se llevó un carro lleno de comida en Rosario. Lo agarraron a media cuadra. Primero le iban a tirar con que tomó rehenes, que hizo un tiroteo (real, pero al techo) y se le venía la perpetua. Al final, acordaron varios años, bue, creyeron que se pudriría en la cárcel. Pero no murió. Cumplió la condena (hasta el último día, sin condicional ni salidas laborales ni prisión domiciliaria) y salió. Buscó y buscó trabajo. Consiguió como vigilante nocturno de un corralón en Paraná. Se compró una motito usada. Se compró dientes postizos. Con su plata, la que gana trabajando, lleva de lunes a lunes, a la mañana, la leche y el pan para sus hijos en una de las villas más viejas de la ciudad. Su novia, una buena chica, murió de SIDA. A ella la vi en Rosario. Hace algunos años. Yo fui a dar una charla. En la terminal de ómnibus la vi, estaba ahí pidiendo monedas. Ya se le notaban los estragos de la enfermedad. Hablamos un rato, hasta que llegó mi micro. Los buenos tiempos ya habían pasado. Tenía la muerte en la cara. Le rondaba la triste decadencia que tarde o temprano nos llevará puestos a todos.

Fabián no bebe alcohol, ni una gota. Lleva un crucifijo grande en el pecho. Sigue sonriendo como en los viejos tiempos, aunque una mueca de amargura le pelea en la comisura de los labios, en una batalla desigual contra todas las arrugas de su cara.

Está refrescando. Hoy no fui a la radio porque no puedo hablar, por la anestesia en la boca. Tuve que ir de urgencia -el único modo en que iría- al dentista. Está por llover. Atardece tan despacio en Paraná. Hay una tristeza primaveral. Una falta de promesas. Un olor a lluvia y calle de tierra.


¿Cómo se llamaba el otro que estaba en el kiosco esa noche de 1993?
No me puedo acordar el nombre. Hoy tiene un doctorado en no se qué puta. Usa trajes. Es psicólogo pero labura de político. Funcionario planta permanente, cambien o no cambien los gobiernos nacionales, él está, ofreciendo sus servicios de sarasa consultoril. Derechoso, correctísimo en las formas, chupamedias y gil de esos que abundan en la pequeña burguesía, se sigue pareciendo -en su fealdad física- al Charles Aznavour de La Bohemia. Lo vi, lo crucé, de casualidad, en Santa Fe, donde vive. Da clases de alguna cosa en la facultad. Siempre me pareció un boludo.
En 1994 me dijo:
-Tu problema, Lucas, es que sos muy sincero. No sabés contenerte, no razonás, decís lo primero que se te pasa por la cabeza. Por eso nunca vas a llegar lejos. Por eso nunca lograrás nada.

Lo mandé a la mierda.

Hoy, en 2017, mientras escribo ésto, pienso que, en cierto modo, tenía razón. Por suerte.