Cine


Manuel Langsam-. El primer cine que hubo en Domínguez y del que tengo memoria, pertenecía a una gente de Paraná que se había establecido en varios puntos de la provincia y, entre ellos, le tocó a nuestro pueblo.

La empresa se llamaba Santangelo y Guiter, las funciones  se desarrollaban en el salón de la biblioteca y eran con un solo proyector en blanco y negro. Cada película constaba de 10 a 12 rollos, por lo que al terminar cada uno de ellos, se interrumpía la función, se cambiaba el rollo y se reiniciaba la proyección. Por supuesto había ocasiones en que se mezclaban los rollos y después del primero se pasaba, por ejemplo el cuarto, después se volvía al segundo. La forma de advertir al operador que la cosa venia mal era silbando, pateando el piso y gritando, ya que no se entendía nada. Se volvía a interrumpir y se normalizaba todo. Pero se lo tomaba con buen humor. Era el único entretenimiento del sábado a la noche y la gente lo tomaba mas como una reunión de amigos.

Cuando la empresa Santangelo y Guiter se fue, el pueblo quedó sin cine hasta que unos años después llego un empleado ferroviario, Pedro Barros, que trajo un proyector y se reiniciaron las funciones semanales. Sábados a la noche y matiné los domingos. Un noticiero, normalmente Sucesos Argentinos (desactualizado) y una película. Para la matiné nos agregaba “una de episodios”, que era una de aventuras entregada a un capitulo por semana y a los chicos nos tenia atrapados para ver su continuación. Así vimos entre las que recuerdo El Imperio Submarino, El Potro Pinto, El Llanero Solitario, Tarzán en la Selva…

Las películas, como no podía ser de otra manera en la década del 40 y principios del 50, eran en su mayoría de guerra. Y en las que, indefectiblemente, “los buenos” eran los norteamericanos, ingleses y hasta rusos y  chinos (todos aliados) y “los malos” (y tontos) los alemanes y japoneses. Como es previsible, siempre ganaban “los buenos”. También se pasaban películas que a los chicos nos entusiasmaban mucho, de cowboys con un muchachito que era “el revólver mas rápido del oeste” y se imponía siempre. Los  “perdedores” eran los indios y “feos y sucios mejicanos”. Aplaudíamos a rabiar cuando al final de la película y en un duelo frente a frente a diez pasos, el héroe “desenfundaba” mas rápido y le ponía una bala entre los ojos al malo que se había pasado toda la película amenazando a la gente buena y asaltando bancos y trenes.

La publicidad del cine se hacía en una forma muy sencilla. Había un chico, Elias Kastan, perteneciente a una familia muy pobre, con cinco hermanos y el padre obrero panadero de Bricman, que tenía una bocina de hojalata y con ella recorría el pueblo durante una o dos horas anunciando de viva voz la película que se iba a pasar y haciéndose un embrollo al nombrar a los actores con nombres ingleses. Con ese trabajo se conseguía la entrada gratis al cine para él y un hermano menor (Manolo). Pero su ganancia estaba en que en los intervalos (y había muchos por el cambio de rollos), pasaba entre el público con una bandeja vendiendo golosinas y cigarrillos (en el cine se podía fumar) y así ganaba unas monedas que le venían muy bien a toda la familia.

También se pasaban algunas películas nacionales pero eran las menos, ya que la gente prefería las de guerra y acción. Pero había que pasarlas para conformar a la gente que no podía leer los subtítulos y quería ver películas en castellano.

Cuando Barros fue trasladado por el ferrocarril, quedamos sin cine durante bastante tiempo.

Hasta que apareció un cine itinerante que recorría la provincia y nos visitaba una vez por mes con su camioncito y un noticiero o documental mas la película. Daba unas vueltas por el pueblo anunciando su llegada y la película que iba a pasar. Esa noche, todos al salón. Se llamaba “el camioncito del Tucumano”. Si en la gira nos tocaba el principio del mes, se aprovechaba bien. Pero si tocaba a fin del recorrido, ya el noticiero y la película venían muy gastadas, cortadas, añadidas, y era un desastre la función.  Muchas veces el Tucumano tenía que explicar de viva voz lo que había pasado ya que no se entendía nada. Recuerdo que una vez, estaba pasando un documental previo a la película y, en mitad del mismo cortó la proyección, encendió las luces y dijo: “bueno, lo que sigue es muy aburrido y no vale la pena. Así que corto acá, empiezo con la película y todos nos vamos a dormir mas temprano”…Y la función siguió normalmente.

Desapareció el  Tucumano y otra vez sin cine.

Finalmente, la Cooperativa Fondo Comunal decidió comprar un equipo proyector portátil de 16 mm. Y cambiar la metodología. En vez de que la gente fuera al cine, decidieron, con muy buen criterio, llevar el cine donde hubiera gente. Y así se formo un equipo compuesto por Moises Segal a cargo de la parte técnica, Isaac Samoiloff con su auto para los traslados y el Ñato Pavé con la valijita de las entradas y la recaudación . Y allá marchaban todas las semanas por los pueblos y las colonias proyectando una película sin importar que hiciera 40 grados de temperatura o 10 bajo cero. Lo único que los frenaba eran las lluvias y los caminos de tierra convertidos en  pantanos.

No se con certeza cómo terminó eso. Yo me fui de Domínguez pero creo que se despoblaron las colonias por lo que se siguió con las funciones solo en los pueblos. Luego falleció el Ñato Pavé, Samoiloff se mudó a Paraná y finalmente Segal se fue a vivir a Buenos Aires. Como cada vez que se rompía el equipo él lo arreglaba solo, le había hecho tantos cambios y añadidos, que nadie llegó a entenderlo bien.

Y ya no hubo mas cine en Domínguez.