Caballo de Sulky




Manuel Langsam-. A poco de recibirme vine a Domínguez sin tener resuelto mi destino futuro y con la idea de considerar algunas ofertas de trabajo, tanto de otros lugares como intentar establecerme en mi pueblo natal.


Así estuve en Domínguez casi un año, solucionando algunos problemas aislados, trabajos que eran poco rentables. Cuando me surgió una buena oferta para establecerme en Paraná, hacia allí partí.
Uno de los casos que más recuerdo en ese primer año por lo pintoresco de la acción es el que pasaré a relatar:


Me llama un señor al que designaré como Don Pedro para que le vea un caballo. Cuando voy y le pido los antecedentes me dice que primero debo prometerle absoluto secreto de mi intervención, cosa que hice (es lo normal). En la primera observación me pareció un caballo totalmente sano.
Entonces me cuenta que él es muy aficionado a las carreras y había traído ese caballo que era desconocido en la zona, con intención de prepararlo para correr cuadreras, ya que era muy bueno en distancias cortas: 200 y hasta 250 metros. El caballo no aparentaba gran cosa ya que era de talla normal, muy manso, tranquilo, el pelo opaco por falta de cepillado y la cola y crines cortados desprolijo.



Como el hombre me vio en la cara que no le creía mucho en la bondad de su crédito, le indicó a un muchacho que estaba ahí al lado que lo llevara a la pista de vareo que tenía a un costado del campo.
Y claro. Fue montarlo y enfrentarlo a la pista que cambió totalmente.

El caballo se puso nervioso, paró las orejas, le brillaron los ojos y se esforzaba pidiendo rienda para correr.
El chico le hizo algunos aprontes y se vió que tenía sus condiciones. Marcaba muy buen tiempo.


Quedamos de acuerdo. Le aclaré que se lo podría mejorar en base a un buen régimen de comidas suplementadas con algunas vitaminas y fortificantes, mejorar el sistema de entrenamiento, pero sin recurrir a ningún tipo de estimulantes.


Se organizó el trabajo.  Meses después lo veía muy poco ya que estaba  muy bien y no hacía falta atención frecuente.



En un domingo muy lindo, no teniendo otra cosa que hacer, me fui a pasar la tarde a la pista municipal de carreras en donde se corrían algunas cuadreras.
Cuando menos lo imaginaba, lo veo llegar a mi viejo amigo Don Pedro en sulky, con un caballo de tiro detrás, con manta y trompeta. Y, atado al sulky, entre las varas ¡¡el caballo de carreras que habíamos preparado  con tanto cuidado!!

No entendí bien lo que había pasado y me iba acercando a preguntarle pero, para mi sorpresa, apenas me miró, me guiñó rápidamente un ojo y me dio la espalda  como si no me conociera.


No me alejé mucho. Después de “las depositadas”, llegaron “las desafiadas”.

Un hombre con un caballo cuadrero de tiro se acercó a Don Pedro, miró el caballo supuestamente de carrera que estaba con la manta y lo desafió a correr. Don Pedro aceptó. Pero le empezó a poner objeciones cada vez que el otro le sugería alguna condición. Al final el desafiante, ya cansado de pretextos le dijo que no se animaba a correr y le desmereció el caballo.

Don Pedro se hizo el muy ofendido y le dijo: que le voy a tener miedo a tu caballo si no sirve para nada y para demostrártelo, te corro con “mi caballo del sulky” en 200 metros y si me das 5 kilos de ventaja.

El hombre observó el caballo que estaba con los arreos del sulky, apagado, cabeza  gacha,  sucio de barro hasta los garrones y aceptó.


Para hacerse más el asustado ante su audacia, Don Pedro solo aceptó correr por una apuesta de pocos pesos.
Desató su caballo, lo enfrenó, le puso una mantita con una cincha, lo hizo montar con su muchacho de confianza y lo mandó a la cabecera de la pista para los aprontes de partida.


Enseguida se empezaron a escuchar las apuestas, casi todas en contra del  “lastimoso caballo del sulky” y Don Pedro aceptaba. Se llenó de dinero los bolsillos, el cinto y entre los dedos de  la mano.


Fue una carrera muy fácil.
El “caballo del sulky” demostró lo que realmente era y para lo  que estaba preparado y, además, con los 5 kilos de ventaja, ganó por más de un cuerpo y sin ser exigido al máximo.

Como a la semana, se apareció Don Pedro por mi casa y con gran satisfacción me contó que venía preparando esa actuación hacía más de un año, que había ganado mucha plata y me pedía disculpas por “haberme desconocido” en la pista pero, dijo, no convenía que nos vieran hablando.

Como compensación me invitó a comer un asado el domingo siguiente en su campo y con algunos amigos para celebrar el triunfo y la ganancia.
Fui. La pasamos muy bien.