Zidane, crónica del pájaro que daba cuerda al mundo

Lucas Carrasco- La belleza del mundo giraba alrededor de sus pies. Y aún, en otro planeta, lo sigue haciendo.



El fútbol sin la infancia es como el sexo en el matrimonio: una obligación, algo que uno hace mecánicamente, porque sí. Cuando se me fue la infancia, el fútbol empezó a ser un juego, nada más que un juego. No ya un tablero de ajedrez donde se conjugaban las grandes proezas de la historia de la humanidad. Las cumbres de desgracias y placeres, el sentido de las cosas.

Higuita pasó a ser un VHS, Francescoli un señor con ojos de pez, Valdano un articulista agudo, Maradona un señor que trabaja de sí mismo, Alzamendi alguien perdido en la memoria y Andrea Pirlo un Gianfranco Pagliaro treinta años más joven. Mientras Platini se volvía un burócrata triste, el hombrecito del sombrero gris, Natalio Ruiz.




Cuando Zidane, en algún lugar de otra galaxia, se inclinaba apenas, esperaba la pelota, amagaba avanzar y retrocedía a paso de ballet para girar y girar y volver al frente de batalla con espíritu conquistador, había un niño frente al televisor que lo aplaudía despacito para no despertar a sus abuelos de la siesta.
Mientras la hinchada se ponía el arpa al hombro para cantar Ma Liberté de George Moustaki, un silencio sin respiración hacía de decorado para la última conspiración del genio quieto que con calma iba a derrotar al adversario. Lo definitivo estaba picando en el área, esperando que el mejor ajedrecista del fútbol emitiera telegramas con la vista, ordenando implacable a cada uno dónde pararse.
Voltearlo, en la desesperación, cerca del área, era esperar que Zidane apriete el botón rojo de una guerra nuclear: ninguna barrera ni vuelos del arquero podían contra sus tiros libres.



El niño que no despertaba de la siesta a sus abuelos fue pegando un estirón, marcado con un crayón en una pared que ya repintaron. Hizo las tareas, creció, dejó de creer que en los mundiales se jugaba el destino infinito de la humanidad, se dejó la barba, fue perdiendo el pelo, se consiguió un trabajo, se dedicó a sus cosas.
El que quedó encapsulado en el tiempo fue Zidane. El hombre que ya parecía viejo. Que había nacido viejo y sabio. Que había ido a la escuela empezando a ser pelado. Que siempre fue pelado. Y no le importaba.

Zinedine Zidane nunca perdió la belleza. La manera de pararse en el medio, pegarle con las dos piernas, pisarla y frenar el mundo. Zidane la pisaba y era rodando la viñeta de Mafalda diciendo "paren el mundo, me quiero bajar". Zidane amagando sin rozar la pelota era una locomotora a punto de descarrilar, una confusión magnífica, que siempre llegaba a horario, como cualquier tren francés en las novelas de Georges Simenon. Cruzándose de punta mientras los defensores caían, los muñequitos del metegol se salían del fierro, alborotados. Y un aplauso discreto felicitaba la elegancia tranquila de Zidane.



Hasta Pirlo fue perdiendo su mística. Su parsimonia elocuente para mirar toda la cancha como un General en el campo de batalla. Le faltaba ese brillo de Zidane. Le sobraba astucia.

Hoy los Pirlos están alborotados. Abatidos como un ex-boxeador que vende periódicos en la esquina, diría Bukowski.

podríamos mantener una correspondencia
interesante,
tendríamos ocupado al cartero
y las mariposas y las hormigas y los puentes y
los cementerios
las estructuras de cohetes y los perros y los mecánicos de coches
continuarían
un poco más
hasta que nos quedásemos sin sellos
y/o ideas.

No se avergüence de
nada supongo que Dios pensó en todo
incluso
en las cerraduras
de las puertas.


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Zidane fue la Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo. Tōru Okada sintiendo que Kumiko le pide ser salvada.
De padres argelinos, este francés tan francés como Albert Camus rescataba, en silencio, la libertad individual dentro del existencialismo en equipo, como Albert Camus. Narrando una historia sencilla que atrapaba. Suprimiendo variables, ampliando el horizonte. Organizando, con la frialdad de un asesino a sueldo, el campo de juego para que el equipo adversario se cayera del mapa, justo cuando creía que Zidane, al pararla, suspendía la cancha inclinada. No, le estaba dando cuerda al mundo. Hacía picar la pelota para que todos miren hacia arriba, buscando el pájaro de Murakami.

-¿Sos valiente?
- No mucho
-¿Y curiosidad? ¿Tenés?
-Curioso sí soy, un poco.
-¿Y no creés que la curiosidad y la valentía se parecen? Donde hay valentía hay curiosidad, y donde hay curiosidad hay valentía, ¿no te parece?





Cuando los jugadores del Bayern Leverkusen actuaron de extras en una película muda de Luis Buñuel; el brasileño Roberto Carlos le mandó -por correspondencia- un centro raro y Zidane le puso la magia para siempre. Como un antes y después de Cristo. De zurda la metió tanto al ángulo que la pelota se quedó ahí, hasta la eternidad, adentro del arco. Hasta el estallido del estadio pareció un ataque terrorista. Una glorificación de la violencia. Algo por lo cual Zidane me daría un cabezazo en la frente.

Donnez moi une suite au Ritz, je n'en veux pas
Des bijoux de chez Chanel, je n'en veux pas
Donnez moi une limousine, j'en ferais quoi?
Papa lapa papa
Offrez moi du personnel, j'en ferais quoi?
Un manoir a Neuchâtel, c'est pas pour moi

Offrez moi la tour Eiffel, j'en ferais quoi?

Je veux d'l'amour, d'la joie, de la bonne humeur
Ce n'est pas votre argent qui f'ra mon bonheur.

Zidane no miraba la pelota. La pelota lo miraba a él. Y mientras los rivales se acomodaban a una realidad engañosa, Zidane giraba, giraba y giraba para darle cuerda al mundo hasta que un pase corto, un pase inteligente al medio, dejaba el gol servido en bandeja a un Ronaldo, un Thierry Henry, un delantero que encontraba la pelota frente al arco y con el arquero nervioso.




Su despedida fue sin Edith Piaf cantando Non, Je ne regrette rien. No hacía falta. No había nada que lamentar. Parece y es una frase hecha, pero los grandes nunca se despiden, aunque quieran. Quedan flotando en otra galaxia, en la memoria del niño que fuimos mientras todos los abuelos del mundo dormían la siesta y se perdían el espectáculo de piernas que daban clases de filosofía y congelaban el tiempo para siempre.