Tacuarembó

Juan Basterra-.  Este capítulo  sobre la batalla de Tacuarembó originalmente iba a ser un cuento pero finalmente decidí incorporarlo a la novela. La batalla fue crucial entre las tropas independentistas de José Gervasio Artigas,y las portuguesas, comandadas por José de Castelo Branco Correia. Tras la derrota artiguista   pone fin a la resistencia contra la invasión luso-brasileña de 1816.

Retrato de Jose Gervasio Artigas

La madrugada del 22 de enero de 1820 y en la Banda Oriental, uno de los segundos oficiales de Artigas, Pantaleón Sotelo, salió de su tienda de campaña en dirección al Tacuarembó. Orinó copiosamente sobre uno de los meandros abandonados del río el vino portugués capturado a las fuerzas enemigas en la victoria de Santa María y observó la neblina que cercaba los contornos. Siguió camino hacia el puesto de vigilancia de las tropas. Casi todos los oficiales dormían. 
Su amigo Faustino Tejera escribía una carta a su familia. Pantaleón lo llamó. Salieron. Los dos hombres comenzaron a pitar en silencio en medio de los mosquitos. 
Una urraca graznaba su lamento desde un árbol cercano. La tierra se había convertido en un enorme cenagal después de la creciente repentina del Tacuarembó.
Pantaleon Sotelo a la izquierda y un soldado desconocido a la derecha

Los albardones no habían podido contener la enorme fuerza de irrupción del caudal y las botas de los oficiales se empantanaban en la trabajosa marcha nocturna. Había escampado durante la noche pero la persistente neblina cegaba todos los rumbos.
-Nuestra victoria tiene vida corta –dijo Tejera-. No podremos enfrentar a los portugueses con este tiempo del diablo. La caballada no nos servirá de mucho. Empecemos a rezar a la Virgen. Tendrás que escribir a tus deudos. Nunca se sabe.
Sotelo, supersticioso, respondió: 
-No escribo cartas. Es de mala suerte. Harías bien en abandonar esa costumbre.
Comenzaba a clarear en el este. No había sido una buena noche para Tejera. La imagen de su perro “Fidalgo” y un breve sueño en donde había entrevisto el rostro de su viejo enemigo Manuel de Santos Ribeiro, lo habían desvelado.


Batalla de Tacuarembó

Ahora se sentía agotado y viejo. Palmeo el hombro de su amigo Pantaleón y le dijo: 
-Voy a hacer una cabezada. La necesito.
No volverían a verse. Unos minutos después del dialogo, las tropas luso-brasileñas comandadas por José María Rito de Castelo Branco Correia da Cunha Vasconcelos e Souza, Conde de Figueiras, comenzarían un ataque mortífero sobre los hombres uruguayos.
Cuando los primeros caballos de los portugueses invadieron el acampe oriental, Pantaleón Sotelo estaba sacándose el pantalón. Se lo volvió a poner en medio del griterío y empuño su viejo sable toledano. Alrededor suyo reinaba una confusión espantada. 
Conde de Figueiras

Corrió hacia el borde de un pequeño monte tratando de esquivar la acción de los caballos y mató a un portugués desmontado. Enfrentó a otros tres. Fue malherido. 
En el lado opuesto del río el afanoso ir y venir de sus compatriotas era una imagen borrosa. “Pobres tapes” se dijo en voz alta. Tropezó con el cadáver de un mulato uruguayo y dio de cara en el barro. Al levantarse se tocó el lado izquierdo del abdomen. Lo sorprendieron el tamaño y la profundidad de la herida. Pensó: “estoy muerto”. 
La tienda de su amigo Faustino Tejera estaba a pocos metros de distancia pero sabía perfectamente que nunca podría alcanzarla. Un soldado brasilero al que enfrentó con la última reserva de sus fuerzas, le pegó un planazo en la frente. Cayó sobre sus rodillas.
De la herida, era un torrente lo que brotaba. No sabía dónde estaba su sable. Vio a pocos metros la degollina de algunos de sus hombres. Comenzó a rezar el Padrenuestro. No podría terminarlo.


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