La presentación de Bittel

Gonzalo García Garro-. Es oportuno hoy también recordar a Deolindo Felipe Bittel, un representante o dirigente afín a un sector del peronismo que reiteradamente sufre ataques, muchas veces injustos, especialmente de los sectores de la izquierda gorila, en relación a los hechos acaecidos en aquellos días de dictadura militar.

Muerte y Romance del General Francisco Pancho Ramírez.

Gonzalo García Garro.- Recuerdos de la Delfina y algunas memorias del pago chico





“El varón cabal parece
           dichoso en la adversidad,
                       si le abren sus puertas de oro 
                       patria, amor y libertad”.
                                       Leopoldo Lugones
       
¿Qué podía hacer Ramírez? Pocas opciones tenía en ese momento el Supremo Entrerriano acorralado como un tigre. Imposible acercarse a las costas del Paraná para cruzar a Entre Ríos. La posibilidad de una rendición le habría resultado absurda debido a que sabía que rendirse equivalía a entregarse a una muerte segura. La única posibilidad de salvación era internarse tierra adentro e intentar llegar a cruzar el Paraná a la altura de Corrientes cruzando por el Chaco.



Se lanza entonces, el Supremo Entrerriano, rumbo a Córdoba. Los siguen de cerca las tropas de López y Lamadrid, no le pierden pisada, quieren su cabeza. Le quedan muy pocos gauchos. Los fugitivos, encuentran inesperadamente en un lugar denominado Paso de Ferreira al chileno Carreras con una tropa de 700 hombres, casi todos indios. Carreras había desistido de pasar a Chile e iba en auxilio de Ramírez, pero la ayuda llegaba tarde. Ahora en la derrota les era más difícil aún la coincidencia. Resolvieron separarse y cada uno marchó entonces hacia su trágico destino.
El final de Ramírez era cuestión de días, de horas, le quedan una decena de hombres y el 10 de julio, cerca de “Río Seco”, una partida cordobesa alcanza a Ramírez, lo derrotan  y lo persiguen sin darle respiro. En esta precipitada fuga se produce el episodio heroico y postrero que da a su muerte un halo de romanticismo, de gesto poético ante la muerte.



Completamente destrozado después del combate de “Río Seco”, se puso en arrojada fuga acompañado de su amada Doña Delfina y de cinco o seis gauchos que no lo abandonaron en el trance. Uno de los soldados de la partida santafesina que los seguían de cerca hizo rodar el caballo de la Delfina con un certero tiro de boleadora. Comenzaron a despojarla de su casaca y su sombrero. Ramírez escuchó los gritos que daba su amada, volvió caras y atropelló como una fiera la partida enemiga acompañado sólo por dos gauchos. Consigue rescatarla. Ella monta en las ancas del caballo de Anacleto Medina poniéndose a salvo al mismo tiempo que una bala le pega en el pecho al Supremo Entrerriano que cae herido de muerte envuelto en un poncho punzó. Tenía 35 años.
Una muerte “envidiable” diría el historiador Ernesto Palacio. “Heroica” manifiesta José Maria Rosa. “Bella muerte” escribe Félix Luna. Envidiable, heroico, bello, tiene el hecho, sin duda alguna, todos los elementos constitutivos para que el historiador valore y se conmueva ante la humanidad del póstumo gesto del caudillo.



Todos los condimentos necesarios para enriquecer la leyenda, el cancionero popular y  la poesía. Leopoldo Lugones, uno de los más grande poetas argentinos, nativo de Río Seco cantará poéticamente la muerte del caudillo, años más tarde, en su libro de juventud “Romance del Río Seco”, poema del cual he incluido una de sus estrofas más inspiradas como epígrafe de este capítulo.
Pero para los enemigos de Pancho Ramírez su muerte caballeresca no significaba nada. El gobernador de Santa Fe escribió a su colega de Buenos Aires: “La heroica Santa Fe ayudada por el Alto y aliadas provincias, ha cortado en guerra franca la cabeza del Holofernes americano”. Y efectivamente le cortaron la cabeza. El cuerpo del caudillo federal cayó en poder de los santafesinos, la cabeza fue cortada y remitida envuelta en un cuero de carnero, por el gobernador suplente de Córdoba coronel Bedoya al gobernador de Santa Fe, General López. El siniestro presente estuvo varios días sobre la mesa de campaña en el campamento de López como así lo cuentan varios cronistas que fueron a visitarle y felicitarle por la victoria.
La cabeza de Ramírez, después de un tiempo de presidir la mesa del gobernador santafesino fue enviada a la ciudad de Santa Fe con orden de ser exhibida, embalsamada, en una jaula de hierro en la Iglesia Catedral. El cura párroco se niega y entonces es expuesta en el Cabildo. Transcurridos algunos días la cabeza fue enterrada piadosamente por unos sacerdotes. Una crónica cuenta de que fue enterrada en el cementerio que había detrás del convento de los curas dominicos, otros dicen que la cabeza del famoso caudillo entrerriano fue sepultada en el cementerio de la Merced.


Recuerdos de la Delfina y algunas memorias del pago chico


Son pocas las historias que cumplen con los requisitos de la pasión romántica con la perfección del legendario amor entre el caudillo Francisco Ramírez y su cautiva portuguesa conocida por todos como la Delfina.
Esta mujer, como personaje histórico, está definida más por las incertidumbres que por las certezas. No se sabe siquiera, si “Delfina”, corresponde a un nombre o un apellido (se le ha llamado también María Delfina). Su origen familiar, su posición social son inciertos. Sólo hay una certeza: era portuguesa, brasilera. Unos la creen hija bastarda de un Virrey brasileño; otros la suponen de origen muy humilde recogida por una familia, otras voces la hacen cuartelera de Artigas siguiendo a las tropas orientales. Lo más seguro es que fue tomada cautiva por el propio Ramírez en uno de los primeros entreveros que tuvo contra los portugueses.
Hasta su belleza (ésta sí, de consenso indudable) está signada por la imprecisión. No se sabe a ciencia cierta si era rubia o morena, blanca o mestiza.
El único rasgo ciertamente indiscutible es que era una mujer valiente, poseedora de un especial coraje. Su valor, casi temerario, era llamativo, manifiesto y exhibicionista. Lucía uniformes militares con una gallardía inolvidable. Vestía una casaca de húsar color rojo con cordones dorados y chambergos de ala ancha con pluma de avestruz. Y así, montada en un espléndido alazán, acompañaba a “su Pancho” como coronela del ejército federal en todas las batallas.


Pero, para que el melodrama histórico sea perfecto faltaría un tercero en discordia: Lucio Norberto Mansilla, joven coronel porteño a las órdenes de Ramírez, responsable militar del fracaso de la última empresa de Ramírez. Muchos historiadores consideran premeditada la traición de Mansilla, entre ellos Félix Luna y el entrerriano Salduna y otros agregan que, a la codicia política se le había sumado otra de distinta naturaleza: el joven coronel Mansilla también anhelaba el corazón de la Delfina, según consta en algunas de sus correspondencias privadas.
En “Río Seco”, el ayudante de Ramírez, Anacleto Medina rescató del lance a la Delfina y en un acto póstumo de devoción por su jefe muerto llevó a la bella portuguesa hasta Entre Ríos, cruzando Santiago del Estero y parte de la selva chaqueña. Dieciocho años después morirá la Delfina, soltera y sin hijos, en Concepción del Uruguay, según figura en su partida de defunción, donde consta sólo su nombre: Delfina.