Los niños comiendo de la basura

Martín Vázquez-. Entre Ríos se suicida.





Cuando los legisladores nacionales por Entre Ríos del bloque "Síndrome de Estocolmo" votaron el presupuesto 2017, votaron un presupuesto que no contiene ninguna obra pública para Entre Ríos.
Las respectivas conducciones partidarias entrerrianas de la UCR ni el PRO ni el PJ ni el Frente Entrerriano Federal, integrantes del interbloque "Síndrome de Estocolmo" preguntaron por qué sus legisladores o parte de ellos habían hecho tan mal su trabajo.
La eficacia es su peor enemigo.



Crece la deuda pública provincial para pagar intereses de la deuda pública provincial. Es un círculo vicioso que va ahogando la autonomía provincial. El federalismo se pierde en la creatividad contable y los discursos pasajeros.
La dirigencia política está mirando otro canal.
La gente, indiferente, también. Es la tormenta perfecta para una decadencia paulatina y naturalizada de la pobreza.
Por cierto, la cantidad de notas que ha escrito Joakito sobre la pobreza en Entre Ríos no conmovió nadie.
Acá se puede hacer un repaso. 

No hay plan A. No hay plan B. No hay plan contra la pobreza más que la dádiva, el caritativismo ideologizado o las interminables excusas con pretendidos tintes intelectuales. Estamos a la deriva.


Las elecciones para diputados nacionales no debaten los temas de importancia.
Hay que cerrar la provincia de Entre Ríos y tirar la llave.
Volver por estos pagos da tristeza. No es que nada cambia sino que todo empeora, de a poquito, con la gente resignada, desilusionada, cansada, indiferente.



Atilio Bendetti, cuando puso blanco sobre negro la cuestión de la UADER, se desdijo con un sentimentalismo que no tiene ningún sentido. Ni presupuestario ni educativo ni legal. El peronismo la dejó pasar y como es norma en Emilio Martínez Garbino, carece de propuestas en cualquier tema que tenga real importancia.

El panorama así planteado es pesimista.
La realidad es que es difícil ser optimista cuando todos los indicadores económicos que deberían bajar suben y los que deberían subir bajan.
Mientras avanza la pobreza y la miseria, palpable en las calles.
Los negocios cerrados.
Los locales vacíos.
Los niños mendigando, la gente comiendo de la basura.


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Queda hasta poco sensible explicar las causas macroeconómicas que nos han llevado durante los últimos años a esta situación de paulatino deterioro. No se avizora una solución en el horizonte. Ni siquiera un proyecto de desarrollo provincial con algún viso de seriedad.

La hipocresía de conmoverse por los refugiados sirios pero no ver que en la puerta de nuestras viviendas hay familias recogiendo cartones. La televisión mostrando las dramáticas escenas de Venezuela mientras suena el timbre y es un niño para pedirnos comida.
Vivimos una telerealidad alienante.
El bombardeo publicitario de candidatos que no dicen nada hace que las cosas se tornen aún más grises. Da tristeza el desolador avance de la pobreza.

Ya el run run en los barrios anuncia un fin de año complicado. Ojalá que no. Los estallidos sociales en la Argentina son cada vez más violentos, los que mueren son los débiles, los pobres, los trabajadores. Y nada cambia. Las cosas empeoran después de cada estallido.



Los médicos del hospital San Martín cobran menos que un cajero de supermercado.
A los docentes se les deja de pagar el sueldo porque se privatizó la contabilidad, además de privatizarse el banco que debe prestarle dinero a la provincia y abonar los salarios, pero con ese dinero que se guarda juega a la timba de las LEBAC y hunde un poco más el país. Por supuesto, el Banco Central financia la fuga de capitales así que cuando este modelo inviable produzca su inevitable crack financiero ya tendrán sus ganancias depositadas en cuentas de paraísos fiscales, como el mismísimo Presidente de la Nación, cuya situación como evasor fiscal nunca se aclaró. Sin embargo, su asesor estrella vincula a la oposición con los mercaditos ilegales donde la gente trabajadora hace changas durante interminables horas y días, sin feriados ni vacaciones, sin aportes ni derechos sociales mínimos, apenas para sobrevivir.


Hasta el periodismo empieza a perder el sentido si uno no se vuelve un cínico insensible.

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