Los Kennedy (2)

Yamandú Rodríguez-. Sus maestros






Eran Niños. – Regresaban de sus colegios de Buenos Aires o Paraná. En el puerto les esperaba el coche de la estancia.
Los tres escolares llegan, se santiguan y zambullen en el flechillal de sus campos. Atrás quedan sus capullos de seda. Salen con alas de ponchos. En el balance de un arisco la tierra reconoce a sus gurises y les prende en los talones dos rodajas de margaritas.


Uno se dirige a la chacra. Unce los bueyes, se pone a ritmo y empieza a trazar surcos: palotes de la cartilla criolla.
Otro escolar ensilla un caballo “maestro” y sale a pechar reses en los “apartes”.
Al mayor, por más aplicado, le espera el premio: un potro. El bruto ya tiene dos indios prendidos de sus orejas como carabanas. Un ruedo de criollos emocionados admira al niño de vincha, rebenque y nazarenas.
Entonces, Don Carlos Duval Kennedy dice al retoño:
- Monte. Y cuidado con caerse, no!
Se cierran dos espuelas. Gruñe un arisco. Y allá van. . .entre polvo, alaridos y rebencazos. Si el bagual cae, el niño tiene permiso paterno para caer; pero “parao”.
Así se van haciendo de a caballo los Kennedy.
Después de domar a los baguales, se doman. Consiguen desdoblarse. Se colocan frente a la voluntad. La estudian. Miden fuerzas. Luchan con ella y le dictan su ley. Adquieren estoicismo de caciques. Llegan siempre a donde se proponen. Y se proponen cosas arduas siempre.
Cierta vez Mario Kennedy con solo dos peones preparó quinientas cuadras de campo y las sembró de lino. Sus ayudantes trabajaban desde el amanecer hasta el tramonto. Disponían de un solo tractor, sin equipo de luz. A la oración. Mario ocupaba el tractor y sólo, a obscuras, con el alivio de la luna a veces y otras sin más candil que el de las estrellas trabajaba sin descanso, sin clemencia, rompiendo con dolor la tierra amada, sintiendo como propia la herida que abría surco a surco...
¿Quién les ayuda? Su religión de trabajo.
Pero ¿por qué acomete tales empresas? Lo ignora.
La tenacidad es virtud de todos ellos. El estoicismo también. Cuando sus carnaduras flaquean, el espíritu se las echa a hombros y sigue adelante. Durante la retirada por los montes, Eduardo Kennedy caminó muchas noches así.

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