La vida es un bar

Enrique Symns-. La mesa y la ventana y el mozo que se pasea como el mundo, yendo y viniendo, llevando y trayendo los copetines, que son los únicos motivos por los que tipos como la gente se bancan ese estúpido paseíto por el mundo.


El bar es para hacerse la rata



Es más, creo que lo único bueno que puedo contar son todas esas ratas que me hice en los bares. Desde los faltazos al colegio, pasando por el trabajo y llegando hasta la novia o pareja de turno. Siempre lo mejor era no ir, llegar un poco más tarde, dejarlo para después. Y siempre cerca aquel gran amigo que te decía “dale, no me jodas, vamos a tomar un feca”.

Pero faltazo, faltazo, fue ir al colegio. Fue una rata tan larga que me acuerdo de pocas cosas y eran pocos los profesores que me reconocían la trucha. Me habían puesto “el nuevo”. En el Mariano Acosta hacía ranchada en el baño, pero en cuanto podía me iba a La Perla del Once, cuando era La Perla en serio y nos fumábamos unos tarugos que te ponían tan colifa que todos los chinchulines del cerebro salían rajando por los ojos y las orejas, y por los pasillos vacíos de tu mente sólo se escuchaban los taconeos aterrorizados de la paranoia recién nacida. Que después se hizo grande, y a mí me crecieron ojos hasta en el agujero del ano para vigilar los movimientos de la silla. El Esteban, que era de quinto año, se daba supositorios de morfina en el famoso ñoba donde Tanguito también se daba entre barca y barcaza. Cuando Esteban salía del baño era un dibujito animado de un fantasma perdido en el tiempo: el quía ya no estaba en La Perla, caminaba por entre las mesas como si esquivara flechas de prana que -decía él- le tiraba la diosa Minerva desde el planeta Plutón.

Pero las verdaderas, las bizarras, las legendarias ratas yo me las hacía en el bar Los Leones, de Constitución, hace muchos años desaparecido en acción. Con el Buján, que era de Quilmes, batíamos los récords mundiales de permanencia en el bar. Ahí prácticamente hicimos toda nuestra vida: empezamos con batallas navales, luego fuimos poetas, recorrimos el mundo sobre el mapa del manual de geografía, nos separamos en Francia y nos reencontramos en un tiroteo en Praga, planeamos asaltos y asesinatos, hicimos enormes listas de cómo gastaríamos los millones de dólares que nos encontraríamos en un maletín en la calle. Fuimos aventureros, y mujeres y amigos nos despidieron con lágrimas de todos los puertos del mundo y, en fin, cuando terminamos el secundario (mejor dicho, él terminó con nosotros), ya lo habíamos hecho todo y no sé Buján pero yo me seguí quedando en los bares, soñando con todas las vidas que no pueden ser porque la única vida que uno va viviendo lo obliga a uno a vivirla.

Las últimas rateadas me las hice cuando intenté hacer el ingreso en Psicología. Fue mi primera y única carrera. Me manqué en la largada. Pero el boliche, medio finoli, no me acuerdo el nombre, ahí por la calle Charcas, era todos los días lo más parecido a un rechifle en Caseros o Devoto. Ahí todo el mundo andaba por lo menos con sus cien o doscientos libros en la cabeza. Que Sartre va y que vuelve Nietzsche y por la izquierda se escapa Neruda. Yo me estaba leyendo a Henry Miller y batía historias bravas de cogidas para sonrosar a la Elisa y a la Mirta, a las que también les regalaba poemas de Maiacovski pero firmados por quien esta gilada te cuenta. Ahí vino la cagada del amor. Que siempre te duele y te deja medio boludo para el resto de la pelea. La facultad, la Mirta, la Elisa y los intelectuales me patearon. Se acabaron las rateadas. Ya no tenía el curro del estudiante. Ahora, me cago en Dios, había que ponerse a laburar.


Volver vencido al boliche del barrio


No te voy a decir que era angustia, sentimiento de culpa, desesperación. Pero sí bastante preocupado me seguí haciendo la rata, ahora en el boliche de Barracas. Todavía está ahí. En Montes de Oca y Uspallata. Se llamaba Kinteto. Era lo más. Paraban todos los pesados, medianos y hasta peso pluma de la Gran Fraternidad de los Truchos que vivían en los convoyes de Ituzaingó y que siempre andaban corriendo por los techos del yotivenco disparándole a la yuta. El elegante Pololo que cada dos por tres nos sacaba, mejor no enterarse cómo, de alguna comisaría. El viejo Chaina, que todos los días volvía de la estación Constitución con una valija pungueada y nos vendía corbatas o corpiños. El heróico Queso y Dulce. El peligroso Yoyega, la Negra Marta que era yiro sin ganas, el Gerardo que capitaneaba la barra de los más pendejos. Estaban hasta los pitucos: el Fede, el Alejandro, el Gus. Y los intelectuales, que vendríamos a ser el Omar y yo.

Hacíamos continuado: matiné, tarde y noche. Los mil veces malditos avisos clasificados estaban sobre la mesa para apoyar sobre ellos los escritos que me mandaba para justificar mi larga ausencia por el mundo. No quedaba más remedio que hacerse escritor. Fue toda una vida, mientras me sentaba a esperar que el barco de las aventuras me viniera a buscar para transportarme hasta las legendarias leyendas soñadas por todos los niños que fui cuando tuve la suerte de ser niño.

Formábamos una hermosa familia de vagos. Todavía me acuerdo del olor del mundo mirando por la ventana. Era un olor que te ponía de punta los pelos del corazón. Y ahí discutíamos las giladas del mundo, sanamente se hablaba mal del que no estaba, cada tanto, un roscazo algunas veces una de esas charlas que si Buda o Shakespeare las escuchaban seguro que se las copiaban. Con Omar nos mandábamos aquellas caminatas jurándonos un mundo apasionante que después, como todo, iba a llegar pero congelado. Yo estaba ya medio boludazo y en vez de aspirar a una fresca, jugosa y romántica conchita barraquense, me croqueteaba con ser un escritor famoso para que, algún día, una literaria, psicoanalizada vagina palermitana la pusiera entre el chamuyo.

Y, de repente, el mundo vino a buscarme. El Omar un día desapareció para siempre de todas las calles y avenidas del planeta. Los muchachos fueron cayendo presos o consiguieron empleo en el banco. Así como después una mujer me llevó a Brasil y otra a Amsterdam, del barrio también una mujer me arrancó de cuajo. Partir del barrio es emigrar para siempre. Ni aledaños de colegios ni aledaños de nadie. El centro es la tierra de los parias.


Los bares son un mapa


Yo andaba con mis largos veinte pelotudazos años y, si sabés para dónde iba, contámela, así me escribo una carta para avisarme. No servía ni para robar un choripán. Trabajar o estudiar eran deportes que mi debilidad medular me impedía realizar. ¿Qué quedaba? Seguir esperando en los boliches. Pero en el centro, hasta que le agarrabas la onda, no te digo que era imposible como escapar de un laberinto de Borges, pero era re jodido. El bar Eros era el aguantadero. Ya no está. Y enfrente, el Cultural, el lugar del chamuyo. Tampoco está. Era la zona del bandidaje con tiros y batallas campales. Te cruzabas con los que venían de vuelta por tercera vez de donde vos ibas.

Por todo ese sendero se cocinaba mucho teatro y se asaba poesía. Se cogía tupido. Se planeaban todos los quilombos que después pasaron. Yo viajaba mucho a la comisaría y, una vez, me tomé un larga distancia desde la Academia hasta Devoto, con parada en Tribunales.

En esos bares aprendí a que las mujeres me miraran y a que los hombres me escucharan. Pero si me decís de algo útil, no tengo ni mu para decirte. Del bar Eros tuve un largo viaje. Un amigo me presentó a su novia y con ella me fui años después a donde ella conoció a un amigo mío y se fue con él a Italia, y yo, poco después, conocí a la mujer con la que me fui a Amsterdam y ya los bares en el extranjero no eran lo mismo. Uno se sentaba en una mesita de un bodegón de San Remo o de Madrid y sonreía complacido recordando a aquel tipo que en la mesita del Kinteto soñaba con viajar hasta el otro punto del universo para sentarse en la mesa de un bar a seguir esperando que de una buena puñetera vez suceda alguna cosa interesante en este podrido mundo.

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