La revolución hoy no vino

Lucas Carrasco-.




Hoy no edité ninguna biografía de algún escritor maldito encerrado en los confines idiotas del provincianismo careta. Hoy no edité ninguna nota sobre Artigas ni López Jordán ni maticé el odio a Sarmiento o Urquiza ni leí comunicados de prensa con los últimos puteríos ni me gradué de pelotudo comentando lo harto que estoy, con tintes berretas de superado, del periodismo y la literatura. Hoy no me faltó plata para cocinar lo que quería, no me faltaron baldes para poner la ropa a lavar ni me olvidé de pagar la luz ni falté a trabajar ni me paró un policía para bardearme ni me bajé media biblioteca y media estantería de licores, hoy no me denunciaron por nada los grandes medios ni me insultaron los políticos ni planeé con volver a mudarme ni el perro se enloqueció porque me levanté tarde para sacarlo a pasear. Hoy solamente fue un día. Uno más. Uno de esos que multiplican el calendario de las vidas olvidables. Uno de esos con tallarines, crema y nuez moscada, té de rosa mosqueta y mirar el pedazo de sol que me alquila el patio. Hoy fue uno de esos días donde la revolución por la que peleé cuando era joven tampoco vino. Hoy fue un día de esos con mate, con zapatillas, con cortinas, con fósforos y sillón, con el pan casero que me vende el chico que estudia por las noches y sueña con ser periodista, con el vecino que está en silla de ruedas y le fui a hacer las compras, con la misma soledad pequeña de mi casa pequeña de una vida pequeña. Hoy no viajé por ningún mundo en ningún libro, no leí ningún poema, no escribí ningún análisis ni me reuní con ningún amigo de la adolescencia a reírme de lo mal que nos salieron los planes. Hoy tampoco vino la revolución. Hoy tampoco hay menos pobres, tampoco hay más libertad, tampoco hice un mundo algo mejor de como lo encontré. Hoy tosí como todas las mañanas los atados que fumo. Hoy abrí las persianas. Me acordé de la chica de la despensa. Deliberé si me estoy enamorando. Ni siquiera sé cómo se llama. Aún no me he puesto mal por los amigos que se suicidaron, por todas las novias que me dejaron, por mi infancia pobre, por envejecer con esta mediocridad insolvente, por parecerme al vecino, por inventar que soy un buen tipo, por creerme todos los concursos de belleza intelectual, por haber recorrido el planeta con los libros de Julio Verne, por ahorrarme el gasto de entristecerme y beber. Hoy no regué las plantas, no barrí la habitación, no entré al Home Banking que es el Facebook de los empleados que se entristecen en cuotas, hoy no traduje nada ni escribí el discurso de alguien, hoy tengo la tarde libre, hoy tampoco vino la revolución, hoy sigue sin aumentar la cotización moral de los anarquistas solitarios, hoy ni siquiera llueve, hoy puedo contra mí mismo, hoy tengo ganas de hacer un estofado lento, la clave está en el corte de las cebollas, finitas y dejarlas embalsamadas en tomate hasta que pierdan color y textura, sacar a tiempo las hojas de laurel, sentarse a mirar, en un banquito, las burbujas de la salsa. Leer los diarios financieros. Rascarme la barba. Tomar los remedios. Llamar a mi hermano. Ir a caminar un rato. Sentarme en la plaza. Mirar las familias. Esperar que anochezca. Volver a casa. Ver una película en blanco y negro, estudiar el guión, despertar las maravillas nómades de la neuronas encargadas de la imaginación, las neuronas que la cocaína me dejó en un hospicio desde hace años, las neuronas que me hacen sufrir y hacer chistes cínicos e hirientes y sentarme en el balcón y escribir danzando los dedos en el piano del teclado mientras se derrumba la bolsa en un país asiático y hay otro golpe de estado en África y la chica de la despensa revisa su celular y el perro vuelve cansado y termino el estofado y me quedo en la bañera mirando la mancha de humedad del techo,  mientras pasa, con naturalidad, un día más. Uno más entre tantos.

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