La gente del interior es buena

Santiago Zorrilla-. La gente del interior es buena, tranquila, paciente, honesta. Los mitos y leyendas que se fueran construyendo en torno a "la gente del interior"





En definitiva, el clivaje Civilización versus Barbarie sigue reapareciendo como espejo de nuestra cultural actual. Cuando uno hurga en el detrás de escena de muchas manifestaciones y creencias sostenidas en la cultura metropolitana del país, encuentra este clivaje que recorre toda nuestra historia como nación.



El pintoresquismo es un movimiento estético del arte, asociado al romanticismo y deriva de la palabra italiana pittoresco, cuy traducción aproximada es "parecido a un cuadro".
La principal expresión nacional de esa corriente, aunque enrolado en el expresionismo, fue Florencio Molina Campos, recordado por los dibujos que trazó para almanaques publicitarios de la empresa Alpargatas en 1930.
El expresionismo busca en la pintura resaltar, tanto en los seres humanos como en el paisaje, las expresiones por encima del realismo.
Ese expresionismo de Molina Campos, cuyo nombre completo era Florencio de los Ángeles Molina Campos es la expresión más lograda en el arte de una serie de mitos de viejo arraigo que tiene que ver con nuestras guerras civiles, el federalismo aún irresuelto y la inmigración europea, además de nuestra relación con las comunidades de habitantes aborígenes.


No existe ninguna razón para dar por sentado que los habitantes del "interior" (¿acaso los que viven en el puerto, en la Ciudad de Buenos Aires, son el "exterior"?) sean personas mejores, distintas o con sentimientos nobles como se les intenta adjudicar, como si fuera una cualidad ser considerado, e el fondo, inferior. Como si se hiciera caridad en la conceptualización de los habitantes de las provincias.

Por supuesto que hay diferencias entre vivir en una ciudad donde a diario transitan siete millones de habitantes como es CABA y una ciudad de 300 mil habitantes como es Paraná. Pero esas diferencias no se deben al supuesto ambiente rural, que en Paraná no se vive. Sino a factores demográficos especialmente.
Así como no es lo mismo vivir en Islandia, que tiene la misma cantidad de habitantes o Luxemburgo, que tiene la misma cantidad de habitantes del departamento Paraná, que en el Distrito Federal de México, que tiene casi 9 millones de habitantes.  Pero serán menos las diferencias entre Isalandi y Luxemburgo con Copenhague, la capital de Dinamarca, que tiene una población equivalente al total de Luxemurgo, que es un país. O en Estocolmo, la capital de Suecia, que tiene más habitantes que Islandia y Luxemburgo, dos países. Esas diferencias son menores a pesar de que en Islandia, Luxemburgo, Dinamarca y Sucecia se hablan idiomas distintos en cada país. Y ni siquiera en cada país se habla, oficialmente, un solo idioma.
¿Por qué un paranaense sería distinto de un habitante del barrio de Almagro en CABA si hablan el mismo idioma, comparten los mismos valores, tienen la misma cultura y se reconocen como parte de una misma historia?


Son construcciones abstractas de representación del "interior", resultado de operaciones culturales complejas, donde nuestra historia se fue mixturando.
Lo peor del caso es que muchos habitantes de provincia aceptan esos motes convenientes, incluso hasta se lo creen.



La tendencia mundial es la contraria. La tendencia mundial, a contramano de toda la historia, que consiste en huir del campo a la ciudad, hoy está cambiando. Se ve en el "centro" de cada gran ciudad por las noches: edificios vacíos, ambientes peligrosos, gente durmiendo en la calle o recolectando cartones. Los que trabajan en el centro eligen vivir en los suburbios, al revés de como fue históricamente.
Muchas familias deciden mudarse a ambientes más tranquilos, sin tanta droga y delincuencia, para hacer una vida nueva. Las nuevas tecnologías de la comunicación lo permiten.
Argentina no está exenta de estos movimientos migratorios: familias de clase media alta se van de las grandes urbes mientras que trabajadores precarios viajan a vivir en las periferias de las grandes urbes para conseguir trabajo.
Ahí es donde el mito del "buen indio", del "buen gaucho", del "buen inmigrante", de "la buena gente del interior" se cae a pedazos.

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