La casa del pez

La casa del pez


Juan José Manauta




El río ha bajado hasta la casa del pez,
en la barranca.
El paisaje desciende humilde y pálido,
enhebrado, en la primavera no lejana.
Hemos mirado los ranchos color tierra,
ranchos nacidos, perdidos en la luz y los sauces.
Los peces se han ido y alguien ha venido anunciando
la pobreza de aquí, que nos pertenece
y que no habíamos olvidado por ser nuestra.

¿Qué quieren decir todas esas palabras inventadas:
lo interminable y lo lejano?
¡Ah! no han visto la vida
los que hablan de las cosas dolientes e invertebradas.
Yo llamo a los peces ausentes
porque ahora su casa es mía
y puedo sentirme pobre como el río y el seibo.
¿De qué hablan esos? ¿De qué ciudades?
¿Han visto el dolor, crecer, vivir, escondido?

Ah, sí, es necesario buscarlo de tan claro y profundo,
de tan cotidiano y real, es necesario buscarlo
y no cantarlo –sería injusto-,
morderlo, arañarlo, cuando el río baja hasta la casa de los peces.

Mi casa, mi casa, dirían ahora
cuando vengan las estrellas a llevárselos,
cuando vengan a romper el agua,
mi casa, que estaba en el río y marchaba con él.

No puedo creer que hayáis olvidado los niños,
los niños de las manos llenas de sueños,
vosotros que queréis emparejar la tierra,
despojando a los hombres del corazón y de sus casas,
y fabricar árboles a la medida de vuestras palabras.
Poetas, poetas, venid, mirad,
oid correr la sangre, tocad sólo una hoja
y entonces tratad de decir algo.
-¿Creéis que los barcos no marchan arriba de los peces?-

Buscad los amigos de la ribera,
los colores que van cambiando, tímidamente, con la tarde,
y esa luz amarilla que huye hacia arriba,
marinera en el aire, llana, alargada
y nada será igual a vuestras antiguas frases

tan impresas en ediciones y revistas,
Jóvenes,
los peces han dejado sus casas.
¿Qué pensáis de esto?
¿Y si los peces hubieran abandonado el mundo,
qué os importaría esto?
Ya habéis escrito vuestra poesía.

(Podré perdonarme estas palabras, no olvidándolas nunca, sólo así?

Este pueblo que se achata y desparrama hacia la ribera,
más pobre y más pobre,
cada vez más bajo y más cercano,
y que la tarde se vuelva en la corriente,
termina,
en esta desierta casa de peces,
cuando el río ha bajado.