Fangio y las balizas

Manuel Langsam-. La facultad contaba con un colectivo que era utilizado para trasladar alumnos a las prácticas de campo y dos veces por año hacía viajes largos: en el mes de julio llevaba a los cursantes de la cátedra de Zootecnia (3er. Año) a la exposición de Palermo en Buenos Aires para observar las distintas razas de animales de todas las especies y distinguir las características de cada una de ellas.





El otro viaje largo era en el mes de octubre, el de egresados, con los alumnos de 5to.Año. Consistía en una visita a las otras dos facultades de veterinaria que en esa época existían en el país: la de Buenos Aires y la de La Plata. Conocíamos los pormenores de como se desarrollaba la carrera en ellas y luego éramos agasajados por los alumnos de 5to. Año de esas facultades con un asado de camaradería.



Continuando el recorrido visitábamos frigoríficos de primera línea, alguna cabaña y un haras en la Pcia. de Buenos Aires. Estos últimos eran de acceso muy restringido pero se obtenía el permiso de visita gracias al prestigio y los conocimientos de personas importantes que tenía nuestro Decano de ese entonces el Dr. Horacio Mayer. Y el viaje terminaba con una visita al INTA de Castelar y unos días recreativos en Mar del Plata.



Pero, el personaje principal de esta historia no será el colectivo, sino su chofer. Era un personaje famoso dentro de la facultad. Nadie se acordaba cuántas promociones había transportado pero, indudablemente eran muchísimas. Además contaba a favor con una característica muy especial: era el único que podía conducir el colectivo.
A lo largo de los años le había hecho tantas reformas y conexiones raras que era imposible que otro lo entendiera. Pero, eso sí, siempre llegaba.

Algún inconveniente en la ruta, se detenía al costado, bajaba con una pinza, un destornillador o una llave inglesa, levantaba el capot y se zambullía en el motor o se tiraba debajo de la carrocería y solucionaba el problema para continuar la marcha.


Hombre grande, pesado, sin cintura marcada (típico de un chofer de muchos años) escasos pelos rojos en su cabeza y una sonrisa permanente. Un inconveniente: era bastante sordo, pero lo disimulaba muy bien. Manejaba con estilo propio. A veces lento, a veces rápido (según su estado de ánimo) a veces respetando las leyes de tránsito y otras no.


Cuando se acercaban las fechas de los viajes largos, se llevaba el colectivo a su casa una semana antes para, según decía “le voy a pegar una alineada, que lo voy a dejar como nuevo”.
Entonces, por contraste, tenía bien ganado el apelativo por el que lo iban conociendo las sucesivas camadas de estudiantes: Fangio.
Ya había perdido el nombre propio. Tanto para profesores, alumnos y demás personal, era simplemente Fangio.

Nuestro viaje venía transcurriendo sin mayores contratiempos cuando a los pocos kilómetros de entrar en la Ruta 2 con destino a Mar del Plata, nos paró un control caminero.
Hacía poco tiempo se había implementado la obligatoriedad de llevar balizas en los vehículos de transporte y esa disposición ya estaba vigente en la Pcia. de Bs. Aires, no así en Corrientes, por lo que Fangio no tenía conocimiento de esa norma.
Así que cuando se acercó el agente a hacer el control, nuestro chofer, como era normal en él con su personal simpatía y tonada correntina, le dice:
-¿Qué tal chamigo? ¿Qué anda necesitando…?
-Carnet de conducir, última patente, inscripción del colectivo como habilitado, seguro.
-Ta todo, ta todo...- y le alcanzó los documentos pedidos.
-Bien, le dijo el agente después de observar todo en regla . Finalmente, le pregunta:
-¿Balizas, lleva?
Y Fangio sin dudar: "sí, dos"
-Buenos, adelante.

Los muchachos que viajaban adelante y fueron testigos del control sabían que nuestro colectivo no llevaba balizas. Entonces lo palmearon y felicitaron a Fangio por su sangre fría y la forma en que salió del paso.

"Muy bien, Fangio, fenómeno, como lo engañaste al agente, porque ¿vos no llevás balizas, no?"

-¿Baliza? ¿Baliza? No… Valija me preguntó . VALIJA. Y si, yo llevo DOS VALIJAS con mis cosas.


Por una vez, su sordera nos había salvado de una segura acta de infracción.