"Busco rescatar del olvido ejemplos de vida"

Julio Reibel-. El veterinario entrerriano que ya retirado se sentó a escribir las historias que escuchó de peones, capataces y gente del campo.







Manuel Langsam nació en Villa Domínguez en el año 1934.
A sus 82 años vive en su casa de Villaguay, con su esposa y el menor de sus tres hijos, donde atendió a Noticias Entre Ríos para hablar de su historia de vida, su obra y su terruño.


Hijo de inmigrantes polacos “cansados de padecer hambre, miseria y persecuciones en Europa oriental, como tantos otros”, hizo la primaria en Villa Domínguez y con 13 años se fue a Concordia para hacer sus estudios secundarios y recibirse de perito mercantil como quería su padre (al que define como un luchador), volviendo a su pueblo en las vacaciones para ayudar en el comercio de ramos generales de su familia o para trabajar de ayudante recibidor de granos durante la cosecha del trigo. Al recibirse volvió porque debía hacer el servicio militar obligatorio (donde aprendió “a cortar el pasto y lavar autos”), trabajó un tiempo en el Banco Popular Agrícola de Villa Domínguez S.A. (que funcionaba en el actual edificio del banco provincial), cumplió 13 meses en el servicio militar y al volver trabajó en el negocio familiar, hasta que lo llamaron del banco porque había quedado vacante el puesto de tesorero. Ese tipo de trabajo no le gustaba, por lo que ahorró durante 5 años para irse a estudiar a Corrientes dónde, 5 años después, se recibió de veterinario, profesión que ejerció de manera particular durante 48 años, con 33 años en el Senasa de Villaguay en el medio, hasta su jubilación.


Hace pocos años dio de baja su matrícula profesional y se vio con tiempo para empezar a escribir.
Antes, a partir del 2008, publicó historias que vivió ejerciendo su profesión en la revista mensual del Colegio de Médicos Veterinarios de Entre Ríos. Esa misma entidad las publicó en forma de libro en el 2010 bajo el título Anécdotas veterinarias y los distribuyó entre sus miembros. Ya retirado publicó Crónicas dominguenses (2014, reeditado en el 2015), donde recoge historias, costumbres y acontecimientos que tuvieron lugar en su pueblo natal. El año pasado publicó Un valioso trofeo y otros cuentos, con una temática más variada (es el único libro que aún se puede conseguir, en comercios de Villaguay o en su Dirección municipal de Turismo).


Cuenta que la primer satisfacción que le dio la escritura fue haber ganado el primer premio en un concurso de composiciones acerca de los ferrocarriles argentinos para alumnos del secundario:

¿Quién lo organizaba?

Lo organizaba Ferrocarriles Argentinos. Era después de que se habían nacionalizado durante el primer gobierno peronista. Pasaron unos años y organizaron ese concurso para todos los alumnos de cuarto año que daban literatura, la materia literatura, ¿cierto?, y bueno, me fue bien. El primer premio era un viaje al lago Mascardi [en el Parque nacional Nahuel Huapi], a un campamento que había en el sur, y dos libros. Todavía los tengo a los libros: uno era Don Segundo Sombra y el otro era La razón de mi vida, de Eva Perón. Los libros me los dieron enseguida, al viaje no lo tuve nunca. Bueno, son anécdotas que uno tiene. Después en el colegio también, teníamos una hojita noticiero, bastante de joda, de cargar a los compañeros, a los profesores, que se llamaba El Tábano. También, un grupo de chicos inquietos que les gustaban las historietas, sacamos a pulmón una revista de historietas que se llamó Fogón; aguantamos 12 números y nos fundimos porque no se podía competir con las grandes empresas, ¿cierto?, era una locura, pero era un gusto que nos dimos.

¿En la secundaria también?

Sí, en la secundaria.

¿En qué año más o menos?

Y...yo hice la secundaria entre el 49 y el 53. Habían chicos que dibujaban muy bien historietas y otros que hacían los guiones. A mí me tocaba esa parte. Quise dibujar pero no me dio comparado con la habilidad de los otros colegas entonces solamente escribí los guiones de unas cuantas historietas. Era la fantasía de un chico que tiene 15 años, 16, 17, ¿cierto? Después… Bueno, en el interín pasaron muchas cosas, ¿cierto? Buenas, malas, regulares.

¿Relacionadas con la escritura?

No, de la vida, de la profesión. Me casé, tuve 3 hijos, no me puedo quejar de cómo se me ha tratado. Y después ya cuando terminé con mi matrícula tuve más tiempo, entonces me dediqué a escribir. El primer libro fue Anécdotas veterinarias, que fue publicado por el colegio de veterinarios de la provincia. Imprimieron 800 ejemplares. Por supuesto que les di la libertad de hacerlo, no cobré nada y lo distribuyeron entre los matriculados en forma gratuita en toda la provincia de Entre Ríos. Después otro libro, el segundo, que se llama Crónicas dominguenses.

Del 2014

Sí, fue declarado de interés educativo y cultural por el Concejo deliberante de Domínguez, y un cuento que está incluido en ese libro, que se llama Historia de un inmigrante, tuvo una mención de honor en un concurso del Instituto Cultural Latinoamericano el año pasado. Con ese libro tuve mucha suerte porque hice una primer edición de 200 ejemplares pensando que no lo iba a vender y se vendió en 45 días, entonces después hice una segunda edición de 100 y se agotó también.

¿De su bolsillo?

Sí, los pagaba yo. Por suerte yo ya estaba en condiciones de darme ese gusto. Los vendía a precio de costo, dejándole una parte a los distribuidores que tuvo. Se vendieron muchos libros en Buenos Aires para residentes y exresidentes de Domínguez que viven allá. Y, como yo publicaba los cuentos en Internet, se leyó y me llegaron pedidos de España, de Israel, de Canadá, de Perú y hasta de Australia. Fueron a parar con descendientes de inmigrantes que pararon en Domínguez, sus abuelos, sus padres, y como leyeron los cuentos de ese libro me lo empezaron a pedir. Así que me fue bien. A la diferencia de plata la doné, una parte al museo de Domínguez y otra parte a ALCEC [Asociación de lucha contra el cáncer] acá en Villaguay. No perdí plata, no gané tampoco.

Y mientras tanto disfrutó.

Y mientras tanto me di un gustazo, hice lo que me gusta hacer. Después saqué el tercer libro que se llama Un valioso trofeo y otros cuentos. No me queda más ninguno. Quedan algunos para la venta pero están en manos de distribuidores. Cada tanto, cuando venden, me rinden; después, cuando termine de vender todo haré la cuenta de cómo ha ido y si mi quedó alguna diferencia a favor pensaré a qué institución donarlo.

¿En ese libro hay cuentos de ficción?

Y mirá, hay de todo un poco. Yo trato de disfrazar un poco lo que es realidad para que nadie se sienta aludido, porque pueden gustar o pueden no gustar. Y hay muchos que son ficción pura.

Pero usted escribe más acerca de hechos verdaderos.

Sí, muchas veces tienen una base verdadera pero es muy árido escribir únicamente una verdad, ¿cierto?, entonces le agrego mucha imaginación y fantasía, para hacer más llevadera la lectura. Como los que estoy publicando cada 15 días en el diario El Pueblo local. Sale los sábados. La directora me pidió que lo haga todos los sábados pero le dije “Si lo hago todos los sábados va a ser como un trabajo, voy a tener que trabajar todos los domingos o lunes empezar a pensar qué escribo y yo no quiero que sea un trabajo, quiero que sea un entretenimiento, así que cada 15 días si sale”

Así que sigue escribiendo.

Sí, sí. Cuando junte unos 30, 35, 40 cuentos hago un libro. Tengo un amigo en Buenos Aires que hace ediciones muy buenas.

¿Cómo cree que se relaciona su obra con la tradición oral?

Está muy relacionada porque muchas de las cosas que escribo las conocí por vía oral. Cuando estaba desarrollando mi profesión me gustaba mucho tener contacto con los peones, los capataces, los encargados en los campos; no quería que haya una relación, digamos, de profesional a subalterno sino que me mezclaba mucho con ellos y muchas veces, cuando había que trabajar todo el día me quedaba a comer con ellos, con los peones, al lado de la manga o abajo de un árbol, se hacían un asadito. Por supuesto que yo iba y compraba la carne, nunca me gustó que me regalen nada ni menos explotar a esta gente. Pero yo le sacaba la ganancia escuchando los cuentos que los tipos hacían. Hay muchos cuentos de los que yo escribo en que digo “En el descanso de tal lugar escuché tal cosa”. Y eran fantásticos porque los tipos tenían unas anécdotas hermosas y yo las fui acumulando. Esa es la tradición oral de ellos. La fui acumulando, después le agrego un poco de fantasía, disfrazo a veces el lugar y el personaje para que no se sientan aludidos y lo hago en forma de cuento. A la larga me sirvió eso. Fue quedando en la memoria naturalmente, en esa época yo trabajaba, no escribía, y cuando empecé a escribir me empecé a acordar de anécdotas.



Usted también escribió sobre trabajadores agropecuarios, como los que llevaban los granos en carretas…

Sí, en Los carreros. Eso es de la época en que se traía así el fruto de las cosechas de las muchas colonias que había alrededor de Domínguez. Y no había caminos, no había camiones; es decir, si habían algunos camiones no encontraban el camino . Así que casi toda la cosecha se trasladaba en carros.

Sin importar el clima.

Por supuesto. Había que trabajar mucho. También: la cosecha venía toda en bolsas, no a granel como viene ahora, con un chimango que lo carga en la tolva, de la tolva otra vez con chimango va directamente a un silo. El grano iba en bolsas de más o menos 60 kilos cada una y era todo a pulmón, al hombro. Hay otro relato que se llama Bolseros y estibadores que habla de la segunda parte, de la gente que descargaba esos carros y hacía las estivas en los galpones. Como te dije, en las vacaciones del secundario trabajé en el galpón de ayudante recibidor y entonces me quedó grabado todo el sistema de carga y descarga de bolsas, de trigo sobre todo porque no existía la soja acá todavía.

¿Cómo cree que se relaciona su obra con el trabajo de los historiadores?

Yo no sé si se relaciona. En mi caso en lo único que me sirvió en mi trabajo es que me ayudó para redactar algunos cuentos. La experiencia que yo tuve ese año que me quedé a trabajar en mi casa ayudándolo a mi papá en el negocio, venía gran cantidad de gente del campo y pasaban muchas horas ahí porque no era un supermercado, era toda atención personalizada; venía la gente, digamos, a la tarde con un papelito anotado con todo lo que precisaba y mientras se preparaba el pedido se iban a la parte donde estaba el bar y se quedaban ahí tomando unas copas y conversando entre ellos. Y salían las historias que yo después aproveché, muchas de ellas impresionantes. Es tradición oral, historias de gente que tenía sus creencias, sus trabajos, dificultades, problemas. Y van saliendo esas historias que fueron quedando en la memoria, es cuestión de captarlas y redactarlas después.

Usted se enfoca en lo que los historiadores suelen dejar de lado.

Claro, son historias de vida, anécdotas de gente que vivió en esta zona. No son para libros de historia pero sin embargo son interesantísimas. Por ejemplo Historia del chico que nunca pudo jugar, que habla de Felipe Velázquez, que era un chico que era analfabeto, conoció a Eva Perón en Buenos Aires y lo tomaron de mensajero en el correo de Domínguez, fue ascendiendo de puesto y se jubiló como Jefe de Distrito en Santa Fe. Uno trata de rescatar del olvido esos ejemplos de vida.

Villa Domínguez es un pueblo de inmigrantes.

En su origen, sí. Domínguez fue uno de los pueblos fundados por los inmigrantes. Un pueblo no de muchos habitantes pero sí de muchas colonias. Tenía la cooperativa “Fondo comunal” que fue muy importante y tenía muchas sucursales en todos lo pueblos de los alrededores, tenía muchos comercios de ramos generales, tenía un hospital en la época en que no había muchos hospitales que fueran mutuales, hechos por los socios, por los inmigrantes. Otras cosas, que los inmigrantes hacían enseguida: una sinagoga y una biblioteca. No podía faltar, y la escuela, por supuesto. Así progresó el pueblo. Después las segundas y terceras generaciones ya empezaron a irse. Eichelbaum [Samuel, también nacido en Villa Domínguez], el escritor, lo ha definido en forma excelente, siempre me quedó esa definición de él: “Eran inmigrantes que sembraban trigo y cosechaban doctores”. Porque los hijos o nietos casi todos salieron universitarios.

¿Qué diferencias entre aquel Domínguez y el actual le llaman más la atención?

Era un pueblo muy cultural, comercial, con muchas inquietudes. Y hoy en día todos los descendientes de aquellos inmigrantes no están. La población cambió totalmente. Cambió para peor. La gente no tiene la culpa: no hay fuentes de trabajo. En un tiempo había ferrocarril, elevador de granos, correo y telecomunicaciones, el telégrafo de la provincia, fábrica de aceites vegetales… Hoy no queda nada, no tienen fuentes de trabajo, la única fuente de trabajo que hay es la municipalidad que da changas quincenales para darle ocupación a más gente. Ocupa a grupos cada 15 días y los va renovando para que tengan trabajo. Lo que sí tienen ahora y es una gran ventaja es el colegio secundario y nivel terciario, cosa que nosotros no teníamos, pero una vez que terminan el secundario, ¿cuál es la salida? No la tienen, no hay fuentes de trabajo. Murió el ferrocarril, cerró el Fondo Comunal, desapareció el elevador de granos y la fábrica de aceites, el correo es una oficinucha, porque no se puede definir de otra forma, con un solo empleado, el telégrafo de la provincia desapareció... así que cambió, cambió muchísimo.

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