El regreso

El regreso

Juan Manuel Alfaro-. Al final, siempre terminamos hablando de lo mismo. Cada vez que nos reunimos, cada vez que un acontecimiento familiar nos reúne (¡es increíble cómo la vida va espaciando los encuentros familiares!), terminamos hablando de lo mismo. Es como si lo demás no le importara a nadie, aunque nos esforzamos en mostrarnos interesados por la salud, el trabajo, los hijos de los otros. Nos demoramos comentando el invierno, las heladas, la humedad insoportable, los accidentes, los programas de televisión; puteamos al Gobierno, intercambiamos muertos, paros cardíacos y recetas, y describimos fiestas y mostramos fotos como medallas sin memoria, pero, en verdad, lo único que nos interesa es hablar del regreso, lo único que, en realidad, nos reúne, es el regreso.

Todos estamos pendientes de que alguien diga “la casa” o cualquier otra cosa: “el molino”, “el galpón”, “el tajamar”, “las parvas”, “los maizales”. Todos estamos pendientes de que alguien diga algo que quiera decir “la casa”. Entonces, el tema del regreso vuelve. El tema del regreso nos junta, nos pone frente a frente, sustituye los rótulos, los báculos, los títulos, los cálculos, los cúmulos, y nos expone, nos luce pobres diablos, hermosos pobres diablos con panaderos, pisingallos y cimbras con perdices y el bosque de la siesta y esa cometa azul que cortó el hilo y fue a caer, ¡tan luego!, en los linares florecidos.


El tema del regreso nos reúne. Nos pone en orden la ausencia, nos permite “la casa”: el siglo de la vida y el verano… Y nos acordamos de la galería, del banco largo, de la escopeta que no nos dejaban tocar, de la vez que una yarará mordió al perrito que sólo Francisca, la mayor, recuerda cómo se llamaba. Nos acordamos de la higuera y de los perales que nunca daban frutas, esos perales altos, tan altos y tan viejos, tan sin nada, tan ellos hacia arriba. Nos acordamos de la abuela, del desvelo de la abuela que se le daba por barrer o por regar las plantas o darle de comer a las gallinas, a las dos o a las tres de la mañana… Nos acordamos del mate cocido bajo los paraísos, después de la siesta que nos imponía “La solapa”. Nos acordamos de aquella noche en que las luciérnagas invadieron, como nunca, el campo, y nos quedamos levantados hasta tarde, sólo para ver esas chispitas, esos papelitos encendidos que no pudimos encontrar, al otro día, por más que buscamos y buscamos… Nos acordamos de una tormenta de Santa Rosa, del corderito con que Helena jugaba como si fuera una muñeca; del pesebre que Mirta hizo con chalas de maíz; de la tiza que Hilda trajo de la escuela, con la que escribió en una chapa la palabra “mamá” y la palabra “oso”, tan ajena a las liebres y a los potrillos y a los terneritos…


Nos acordamos. Nos reímos y nos prometemos el regreso, hasta que, invariablemente, nos vamos poniendo tristes, silenciosos, como si la memoria común se dispersara y a cada uno tocara sólo un pedacito íntimo que procuramos proteger. El pedacito propio, borrado para los otros, porque no estaba en los sucesos, en los juegos comunes, en las aventuras o en los mínimos quehaceres compartidos, sino en algo que ni entonces, ni ahora, sabríamos definir. Porque, ¿qué significaba el viento en el molino, para María o para Helena? ¿Era lo mismo el repentino florecer de los ciruelos, para Manuel y para Francisca? ¿Quién de nosotros podría haber sentido lo mismo que la pequeñita Albertina, cuando acariciaba la pelusa amarilla de los pollitos? ¿Qué suavidad o qué tibieza, cuando los frotaba contra su carita paspada, que no pudo llegar a contarnos nunca? ¿Quién podría, en verdad, reconstruir los mínimos y, acaso, imperceptibles movimientos del alma? ¿Quién podría retener en el mundo nuestras imágenes de entonces?... Yo creo recordar la vocecita de Albertina, pero ¿cómo decirle a Helena la vocecita de Albertina? ¿Cómo decir los ojos de Manuel, cuando me había subido al techo del galpón y él me buscaba, desorientado, por todas partes? ¿Cómo saber los pies, los pasos, la mirada, el pensamiento de María, cuando la llevaron al pueblo, a la casa de las tías, para que fuera al colegio, y se volvió, al otro día, caminando solita sin decir nada a nadie?

Pero, igual, nos prometemos el regreso. Nos juramos el regreso. Pero no la simpleza de decir “volvamos a vivir en la casa”, sino el posible “¿Por qué no vamos a mirar la casa?”. Una excursión. Ya somos grandes, no nos vamos a engañar. “Vamos, un día, y la vemos, nos sacamos unas fotos y…”, pero siempre encontramos una excusa para que no sea esta vez, sino la próxima.

Nuestro padre fue el último que vio “la casa”, es decir, fue el único que la volvió a ver, y nunca conseguimos que nos hablara de ella. Nos negó esa imagen. Él, que nos daba todo, nos negó esa imagen. Pobre padre, acaso temiera perderla si la compartía. Tal vez pudo pensar que se le borraría del todo si la mencionaba…
Veo, en mis hermanos, las partes de mi padre: Manuel se le parece bastante, sentado ahí, en un rincón, con la cabeza gacha y ese traje antiguo que se ha puesto y le hace caer más los hombros y lo vuelve más triste y más hermano. Helena ha entrado con un ramito de fresias y no sabe dónde ponerlo. María fue a buscar café y Francisca, sentada aquí a mi lado, tal vez piensa que María, quizás, se fue a buscar el cuadernos que olvidó en el banco del colegio cuando se volvió solita y sin decir nada a nadie, caminando las cinco leguas, las eternas cinco leguas que existieron y existen entre el pueblo y nuestra infancia…

Y yo me acuerdo de Albertina, la pequeñita Albertina, frotando los pollitos contra su carita paspada…y pienso que esta tarde, cuando volvamos del cementerio, antes de despedirnos, alguien, uno de nosotros mencionará “la casa” o “el molino” o “el galpón” o “el tajamar”…y nos prometeremos que la próxima vez que nos encontremos iremos juntos a pasar un día en la casa de nuestra infancia, y nos acordaremos de la galería, del banco largo, de las parvas, de la escopeta que no nos dejaban tocar, del desvelo de la abuela y de la noche en que las luciérnagas, como nunca, invadieron el campo y nos quedamos levantados hasta tarde.