El 9 de Julio y las ínfulas monarquizantes

Pacho O’Donnell-. Por orden de Artigas, Entre Ríos no participó del Congreso de Tucumán de 1816.




La ciudad de Tucumán, alejada del puerto, fue elegida como sede del Congreso de 1816 porque las provincias ya estaban escaldadas por las intenciones hegemónicas de un Buenos Aires que parecía empeñado en sustituir a la metrópoli española en sujetarlas a sus intereses. Fray Cayetano Rodriguez lo explicaría en carta a un amigo: " ¿Y dónde quieres que sea? ¿En Buenos Aires? ¿No sabes que todos se excusan de venir a un pueblo a quien ven como opresor de sus derechos y que aspira a subyugarlos?".



De todas maneras los porteños contaron con la mayor cantidad de representantes, siete, a diferencia de Córdoba con cinco, Tucumán con tres y las demás provincias con no más de dos o uno.

José Gervasio de Artigas, denominado el "Protector de los Pueblos Libres", prohibió concurrir a Tucuman a las provincias bajo su influencia: la Banda Oriental, lo que hoy es Misiones, Corrientes, Entre Rios y Santa Fe. El conflicto entre el caudillo oriental y los de la clase "decente" porteña tenia como base la exigencia de Artigas de que las Provincias Unidas se constituyeran en una verdadera federación, siguiendo el modelo norteamericano, en que los estados tuvieran las mismas responsabilidades y los mismos privilegios, que designaran por sí mismos sus autoridades, que la capital no estuviera en Buenos Aires y que se repartieran equitativamente los ingresos de la Aduana que la elite porteña se resistía a compartir (obviamente, éste era el punto mas conflictivo).



Dichas propuestas habían quedado claras en la constitución decididamente independentista dictada por los "Pueblos Libres" en Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, en junio de 1815, es decir más de un año antes.
Además el caudillo oriental era un líder carismático, enraizado en lo criollo, a quien la "chusma" seguía con devoción y lealtad sin límites, mientas que las autoridades porteñas eran aristocratizantes y europeizadas.

Las sesiones de Tucumán se inauguraron, con el imaginable alboroto de esa villa de apenas doce mil habitantes, e1 24 de marzo de 1816. Su presidencia seria rotatoria y fue Pedro Medrano, representante de Charcas, quien ocupó el primer turno. El congreso sesionó en la casa de Francisca Bazán de Laguna en la calle del Rey No. 151, denominación paradojal para una proclamación independentista contra la Corona española.
Esta quedaría sellada el 9 de Julio, no casualmente con la presidencia de Narciso Laprida, delegado por San Juan, es decir bajo el influjo de San Martín quien insistió vigorosamente en ello en contra de la opinión de no pocos que preferían la postergación pues consideraban que las circunstancias no eran propicias.
Razones no les faltaban pues Fernando VII había vuelto al trono en Madrid y preparaba una poderosa expedición para subordinar a la insurrecta colonia rioplatense; por otra parte todas las revueltas americanas, incluidas las de Chile y Venezuela, habían capotado.



Pero lo que mas tiempo y energías ocupó a los congresales de 1816 fue la discusión sobre el sistema de gobierno. Eran mayoría los que se inclinaban por la monarquía constitucional, en consonancia con los vientos que soplaban en Europa, donde el absolutismo había resurgido con vigor como reacción a la Revolución Francesa y a Napoleón.
Distintos proyectos se susurraban en los pasillos dirigidos a coronar en las Provincias Unidas del Río de la Plata a un príncipe europeo debido al convencimiento de muchos, sobretodo en Buenos Aires, de que la revolución de Mayo estaba condenada al fracaso y que no habría forma de resistir la contraofensiva española apoyada por otras naciones europeas unidas en la Santa Alianza. Se trataba, entonces, y esa era la posición en un principio mayoritaria entre los delegados en Tucumán, de cambiar la dependencia de España por otra "mejor".

Meses antes Carlos de Alvear, Director Supremo, había enviado una misión secreta a cargo de Manuel José García, el mismo que años después entregaría ominosamente la Banda Oriental al Brasil, con una nota manuscrita que debía ser entregada al embajador británico en Río de Janeiro, Lord Strangford,  para que la elevara a su rey en Londres. En ella, insólitamente, ofrecía la entrega de las Provincias Unidas del Río de la Plata en protectorado al Reino Unido: "Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés y yo estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las afligen(…) Es necesario que se aprovechen los buenos momentos, que vengan tropas que se impongan a los genios díscolos y un jefe plenamente autorizado que e empiece empiece a dar al país las forman que fueren del beneplácito del Rey."

Dichas negociaciones secretas preocupaban e indignaban  a quienes confiaban el que el coraje y el patriotismo de los criollos serían suficientes para expulsar a los españoles de América sin necesidad de degradantes componendas politiqueriles. Entre ellos San Martín,.Güemes, Fray Justo Santa María de Oro, Donado y otros.

También Manuel Belgrano quien, seguramente escaldado por haber secundado a Bernardino Rivadavia en una fracasada misión de convencer al hermano de Fernando VII, el duque de Paula, propuso lo inesperado: “ Se haría justicia si llamamos a ocupar el trono a un representante de la Casa de los Incas”, tal como puede leerse en las actas del Congreso.

Nuestra historia oficial, porteñista y elitista, siempre lo contó como si se hubiese tratado de un delirio pasajero del gran don Manuel, en la misma línea de los burlones comentarios que circularon en los corrillos porteños acerca de “ un soberano en ojotas". Aunque allí no se disimulaba la inquietud de que el proyecto prosperase y entonces la capital se trasladase a Cuzco, como lo propusiera el catamarqueño Manuel Acevedo con eco considerable.

Lo de Belgrano seguramente se origina en el alto aprecio que siempre tuvo por el Alto Perú, donde combatió al frente del Ejército del Norte y conoció el generoso coraje de sus habitantes, valoración que demostraría con la donación de escuelas para las zonas más desamparadas, en contraste con la vocación porteñista de tener la mirada fija en Europa. Ello llevaría, pocos años más tarde, a que el mariscal Sucre promoviera la segregación de dicho territorio de las Provincias Unidas sin que ello mereciera ninguna reacción.



También es de considerar que Belgrano demostró siempre su condición de fino estratega, como cuando copió los colores borbónicos en nuestra bandera para sostener la ficción de la lealtad con la Corona española. Con lo del Rey Inca logró, y ésa fue seguramente su intención, sepultar temporariamente las intenciones de coronar príncipes europeos, aunque algún tiempo después , a principios de 1818, Juan Martín de Pueyrredón , designado Director Supremo por el Congreso de Tucumán con la promesa de apoyar la Campaña de los Andes, alentaría tratativas secretas en Francia para coronar al príncipe Luis Felipe de Orleáns , las que avanzaron peligrosamente gracias a los oficios del hábil enviado, Valentín Gómez, que no se detuvieron cuando Francia promovió la sustitución del Orleáns, que llegaría a rey, por el más modesto duque de Lucca. Las negociaciones fracasaron cuando lo secreto se hizo público y la indignación estalló en la ciudadanía de las Provincias Unidas.

Aunque lo más ominoso fue que los mismos delegados que habían aprobado la independencia, prontamente desplazados a Buenos Aires con el pretexto de la proximidad a Tucumán de los ejércitos realistas, en septiembre de 1816, apenas dos meses después del 9 de julio, enviaron delegados “privados” y “privadísismos” a negociar una eventual sujeción al emperador portugués Juan VI, asentado en Brasil, quien había invadido la Banda Oriental  con el beneplácito y la colaboración de Buenos Aires que privilegiaba la destrucción de Artigas aún a riesgo de convalidar la invasión de su territorio.

No fue de extrañar entonces la propuesta de Pedro Medrano quien, el 19 de julio de 1816, luego de agotadoras y esquivas deliberaciones había logrado que a la declaración de la independencia de España se agregara “y de toda dominación extranjera”, lo cual, como hemos visto, no alcanzó para detener otros proyectos monarquizantes.

Resabios de los mismos persisten en nuestro himno cuando inadvertidamente cantamos “ya su trono dignísimo abrieron”,  “ved en trono a la noble igualdad”, “coronados de gloria vivamos”; también en estrofas suprimidas como “sobre alas de gloria alza el pueblo trono digno a su Gran Majestad”.