La presentación de Bittel

Gonzalo García Garro-. Es oportuno hoy también recordar a Deolindo Felipe Bittel, un representante o dirigente afín a un sector del peronismo que reiteradamente sufre ataques, muchas veces injustos, especialmente de los sectores de la izquierda gorila, en relación a los hechos acaecidos en aquellos días de dictadura militar.

"Don Ata" y Entre Ríos: una relación de amor


Santiago Zorrilla.- Héctor Roberto Chavero, conocido popularmente como Atahualpa Yupanqui, visitó en más de una ocasión la provincia de Entre Ríos, por la cual sentía mucho amor y afecto. Atahualpa Yupanki es considerado como el más importante músico de folclore de la Argentina.




El propio Atahualpa Yupanki cuenta en este relato su relación con Entre Ríos, su canto y la gente. Lo hace en su obra conocida "El Canto del Viento" donde cuenta:


"¡Entre Ríos! ¡Cuánto viví en ese año, allá por mil no­vecientos treinta, desconocido músico, ignorado coplero, improvisado maestro de escuela, tipógrafo, cronista, va­gabundo y observador, recorriendo pueblos, aldeas, cam­pañas donde sembraban y domaban potros los famosos gauchos judíos de Gerchunoff, donde el matrero entraba a las pulperías y bebía junto a la puerta, a un tranco de su caballo que lo esperaba con la rienda arriba; donde la palabra superaba a todo documento; donde la queja y el ay eran patrimonio exclusivo de las muchachas; donde el alarido era una aguda flecha del regocijo paisano; donde el alma se poblaba de nuevas fuerzas bro­tadas de un paisaje sin mansedumbre: monte de tala y ríos con remansos, haciendas chúcaras, gauchos bagua­les, toda la tierra en armas, lanza, vincha, espuela y co­razón, bajo una luna redonda que pasaba sin descubrir el misterio que anidaba en el fondo del hombre y del paisaje(...) Para tomar el callejón hacia el monte en que vivía, en Tala, pasaba junto a una ancha casona, de varios balcones. Era un severo edificio color gris, con jardín interior. El abanico de una palmera señalaba el tope de los techos. Yo aprendí a quitarme el sombrero junto a la puerta de esa casa, sin haberme atrevido a entrar jamás.
Cada cual tiene su manera de honrar a la gente que distingue. Y yo no hallaba otro modo que manotear el barbijo de mi sombrero, rindiendo mi mejor saludo para el caballero criollo que habitaba esa casa: don Martiniano Leguizamón. Tiempo después he tratado a su gente, a sus hijas, damas emparentadas con los Finocchietto de Buenos Aires. Me ha ligado a ellas una gratísima amistad. Pero nunca confesé estas cosas que hoy escribo, quizá porque abrigo la esperanza de que alguien, en mocedad pru­dente, sienta cómo reconforta ese minuto en la noche, al pasar frente a la casa de quien nos enseñó a querer la Patria, la comarca, el pedacito de tierra, cántaro guar­dador de todas las ternuras. Flotaban en el aire entrerriano los versos de Fernández Espiro, de Andrade, de Panizza, de Saraví. Borroneaba su primer cuaderno de estudiante Martínez Howard. Vibraban las guitarras cultas del coronel Machado, de Surigue, de González y Barreiro. Cantaban las vihuelas populares de Bartoli, de Badaraco, de Pitín Carlevaro, troveros de la costa del Paraná. Allá, por Feliciano, el moreno Soto levantaba sus coplas en la noche, entre el gramillal de los Kennedy. En Diamante se desvelaba el chango Tejedor, la más dulce voz de esa costa. Pero nada hacíame olvidar el rincón espinoso de las puertas de Montiel, pasando Lucas González, donde rezaban su entrerrianidad Climaco Acosta y Cipriano Vila. Ellos también devolvieron al Viento las hilachas del canto perdido. Ellos nutrieron de temas ejemplares mi alforja de muchacho andariego, sin calendario ni fortuna, caminador por los montes bravíos sin más brújula que un desvelado corazón paisano. Alguna vez retorné a las ciudades entrerrianas: Paraná, Concepción, Concordia. Pero no he vuelto a pisar la hosquedad montielera, donde viví un año ejerciendo los más diversos oficios. Evoco ahora sus caminos, el misterio de los montes emponchados de niebla en las mañanas, el galope de mi caballo sobre suelos polvorientos o en los anchos calle­jones barrosos. Me detengo frente al rancho de los Cuello, viejos hacedores de carunchos, cigarritos de noble ta­baco oscuro; charlo con Aguilar y Pajarito Ayala; oigo el típico grito del gaucho en el fondo del monte, y lo siento a mi poncho como si me abrazara".


La relación de "Don Ata" con Entre Ríos no se limita a esta obra, que no es de carácter autobiográfico sino mas bien una composición literaria, ya que en la ciudad de Urdinarrain, se produjo el nacimiento de su primer hija, Alma Alicia.



También Atahualpa -que por ese entonces todavía era conocido como Hector Chavero, había tenido una estrecha colaboración con el movimiento revolucionario de los hermanos Kennedy que convulsionó a toda la provincia. Siendo peón de los Kennedy se sumó a la toma de la comisaría de La Paz, en el marco de la lucha revolucionaria contra el primer golpe de estado que derrocó a Yrigoyen. El alzamiento falló en Paso de los Libres, como lo cuenta Jauretche en un libro de nombre homónimo a la ciudad correntina, que tuvo un prólogo de Jorge Luis Borges, que luego él mismo decidió no publicar en sus Obras Completas.
Incluso en Rosario del Tala hay quien todavía recuerda que Atahualpa al escapar de las tropas golpistas, llegó a instalarse por un año a la vera del Gualeguay.
Allí en Rosario del Tala fue periodista y tocaba la guitarra para ganar algún dinero.



Muchos años después del nacimiento de su hija y de haber cultivado varias amistades, Atahualpa Yupanqui va a expresar musicalmente sus añoranzas con la milonga "Sin Caballo y en Montiel", canción que popularizó a Entre Ríos y que la cantaron desde Jorge Cafrune hasta Alfredo Zitarroza. En la milonga dice Atahualpa: 
En la orilla montielera 
Tuve un rancho alguna vez, 
Lo habrá volteado el olvido 
Será tapera no sé.



Pasaron varios años para que Atahualpa Yupanqui vuelva a Entre Ríos.
Lo hacía para visitar a sus amigos: el doctor Nani y a nada mas ni nada menos que al padre de la chamarrita, Linares Cardozo.
En una de esas visitas, Linares le hace escuchar a una joven promesa del cancionero popular entrerriano: se trata de la canción Madrugada del pescador del en ese entonces jóvencísimo Miguel "Zurdo" Martínez.