Cara conocida

Manuel Langsam-. Si había alguien hábil para todo tipo de trabajos en el campo, ese era Lucho. Se lo podía llamar tanto para tender una línea de alambrado, hacer instalaciones de corrales, manga o cargadero o para un desmonte con entrega de marras y postes perfectamente pulidos.
También amansaba baguales y los entregaba listos para trabajar.





Pero donde se sentía más a gusto era en las tareas con hacienda. Se lo llamaba para arreos, apartes, aplicación de antiparasitarios, vacunaciones, castración de vacunos o yeguarizos.
Siempre tuvo buenos caballos para trabajar, amansados y enseñados por él mismo. Y es sabido que con un caballo bien adiestrado, se facilita enormemente la tarea.
Yo solía llamarlo para ayuda en toda oportunidad en que debía hacer un trabajo con ganado. Y siempre me respondió bien.
Una tarde en que habíamos terminado las tareas, quedamos hablando por un rato, después se despidió, montó su caballo y enfiló hacia la salida.
Se me presentó una estampa muy atractiva con él en una vista de tres cuartos desde atrás, enfilando hacia la tranquera, con el fondo de eucaliptus y el sol semioculto en el poniente, lo que daba una linda tonalidad rojiza al cielo. Lo enfoqué y saqué una foto. Como me gustó, la hice imprimir ampliada y luego la pegué en un almanaque que tenía colgado en la pared del escritorio.
Una tarde estaba reunido con él para arreglar nuestras cuentas por sus últimas tareas. Saqué mi libreta de anotaciones y empecé a detallarle con fechas e importe s correspondientes a lo realizado.
En eso estaba cuando advertí que no me prestaba mucha atención. Se distraía con algo que veía a mis espaldas. Me llamó la atención ya que él solía seguirme atentamente porque llevaba en su memoria el detalle de todo lo realizado. Interrumpí la tarea y miré hacia atrás para buscar la razón de su tan particular interés y advertí el motivo: era el almanaque con la foto adosada.
Te gusta esa foto, Lucho? Le pregunté. Te la saqué ese día cuando habíamos terminado de hacer el aparte de terneros y ya te ibas. Voy a hacer una copia y te la voy a regalar…
Se le iluminó la cara, sonrió y me dijo: Ahhhh! Ya me parecía que ese era mi zaino…pero no me podía imaginar cuando le sacaron esa foto para almanaque…
No se había reconocido él mismo, no había reconocido el lugar. Pero sí estaba seguro que ese era su caballo.