¡Vos (sí, vos) tenés razón!

Lucas Carrasco-. Cómo internet nos hace creer que las ideas más estúpidas y equivocadas son creídas por todo el mundo.



Ejercicio para el lector: imagine 10 personas que conozca. Imagínelas paradas frente a donde ud esté leyendo esta nota. Piense, uno por uno, en fila, en sus nombres, sus vidas, por qué lo conocen o por qué ud los eligió.
¿Son tres de esas personas, pobres?
¿Es una de esas personas indigente?
¿Son una de esas personas del decil más rico del país?
Arriesgo: probablemente, no. Porque ud no vive en un mundo estadístico, vive en su propio mundo y está bien. Todos lo hacemos.



Gracias a internet, mucha más gente sabe que tres de cada diez argentinos, son pobres. Antes de internet, esta información solo la hubieran sabido quienes leían los diarios en papel. Corrección: Quienes leían los diarios que traían esta información y quienes leían, de esos diarios, la sección menos leída (que es la más importante) de los diarios, que es la sección de economía. Un "universo estadístico" obligadamente pequeño que, a diferencia del universo estadístico de la probabilidad imposible está pensado, diseñado y publicitado como masivo y definitorio. Probablemente, sea menos definitorio de lo que pretende definir en la realidad (políticas públicas, rumbos económicos, tendencias electorales) pero tiene un rasgo definitorio porque ese universo estadístico era y aún es pequeño pero con peso en diversas estructuras de decisión.



Gracias a internet, podemos tener, cada vez más gente, más acceso a información. Lo cual crea la sensación  de masividad y de integrar el cada vez más expandido círculo de "informados".

Aunque también, gracias a internet, podemos convencernos de cosas inexactas, reafirmar prejuicios, creer que son muchos los que tienen las ideas más idiotas del planeta y armar minorías intensas sobre cualquier tema de cualquier rubro.

Estos cambios, que afectan la percepción de la realidad en la vida cotidiana de millones de personas, llegaron para quedarse. Como un tigre que de pronto se acuesta a dormir la siesta en tu patio, si uno sabe manejarlo, puede ser una grata compañía, que nos haga más humanos y reflexivos. O puede volvernos miedosos, llevarnos a hacer cosas estúpidas y hasta tentar los instintos agresivos del tigre, por lo tanto, de los nuestros. La agresividad siempre es un mecanismo defensivo. La mayoría de las veces, ante un miedo irreal.

Por vagancia intelectual o decomiso conceptual, se suele llamar "posverdad" a la multiplicación de relatos que aunque puedan contradecirse entre sí en la lógica formal, conviven en el mismo sujeto.
Pongamos otro ejemplo: ¿cuántas veces escuchó decir "hay que matarlos a todos" en relación a un criminal, por el delito que sea? Bien. Piense en una persona, dos o tres concretas, que digan eso.
¿Las imagina trabajando de verdugos si el país declarara la pena de muerte?
Probablemente, no.
¿Las imagina matando a alguien?
Quizás, en determinadas circunstancias...pero son esas mismas circunstancias en las que usted mataría a alguien. Circunstancias que quizás nunca se den. Y si se dieran, probablemente, no tendría el valor para asesinar a nadie. O las perforaciones éticas necesarias para esos juicios sumarios que envilecen.



"Por muchos mundos donde quepa solo mi mundo" ´podría ser el lema del Subcomandante Google, aunque la droga preferida para los que van a cazar al zoológico sea Facebook, ese lugar donde el estado civil y las fotos de gatitos tienen una enorme importancia.
Como el "no lugar" de la sobremodernidad descrito por el antropólogo Marc Augé, Facebook es un no-lugar: como un aeropuerto, un hotel, un shopping: estimulan la idea de individualidad, de elección, de autonomía, de manera engañosa e histérica. No por tratarse del territorio digital en sí, sino por tratarse de un lugar preconstruído, donde el usuario agrega sus cosas "personales" e interactúa suponiendo que decide con quién, cuándo y sobre qué interactuar. Decide, sí, pero no tanto como cree.

En las novelas de J. G. Ballard o algunos poemas de Borges, el no-lugar tiene también la dimensión temporal. Esa temporalidad es apariencia: uno cree que pasa el tiempo que quiere y cuando quiere, pero no es uno el que decide.
¿Sabías que, por el solo hecho de leer esta nota, estás dejándome -en este sitio donde no tenés que registrarte, llenar ningún formulario, ni pagar nada por leer las notas- la mayoría de los datos que le interesan a un editor para fidelizar visitas; por ejemplo tu residencia, tu edad, tu estado civil, tus intereses, tus hobbies, tu edad, tu rubro laboral, tus gustos, tus compras?

Sí.
Pero tranquilo: esos datos son estadísticos, no de cada lector. Buscarlos de cada lector es ilegal (y lo hacen todos los servicios de inteligencia, privados y públicos, además de las grandes empresas de internet, para luego venderlos y que te vendan a vos "justito lo que querías" en el caso de las empresas de internet, en el caso de los servilletas para que te hagan "una oferta que no podés rechazar").

Esos datos se obtienen de la siguiente manera.
Al entrar en cualquier página de internet, hay cookies (que quiere decir, literalmente, "galleta informática") que son pequeños robots que ingresan a tu navegador -hay otros, ilegales, que entrar a tu computadora o teléfono (la mayoría de los aparatos está llena de estos pequeños robots ilegales, robando información más sensible aún)- y acopian información, luego la clasifican y luego recién mandan las estadísticas. Aunque dura segundos elaborar ese proceso.
No hay nada ilegal en ésto, ni se hace, en la mayoría de los casos, un uso ilegal. Eso sí: me permite saber, por ejemplo, qué notas quiere el lector, de qué tontería lo puedo convencer, con cuáles lograré muchas visitas y repudios (que es lo mismo) y cuáles bocados quieren los dragones.
Permite conocer el público visitante sin cuantiosos estudios de marketing, focus groups o laboratorios de ciencias sociales. Entrando, no más, a un contador de visitas avanzado.
Si estás en España y entrás por primera vez, te aparecerá un cartel que te indica el uso de cookies. Una ley obliga a poner ese cartelito a todo sitio del mundo al que se ingrese desde España. El cartel te da la opción de no aceptar las cookies: si no lo hacés, no podés ver esa página.
Los editores españoles pegaron el grito en el cielo, porque no todos tienen la capacidad para organizar un sistema donde el cartel no aparezca si entrás desde cualquier otro país del mundo. Los grandes productores de contenido español, sí.
Es una ley de mierda.
Lo mejor es la educación. Pero...
¿Alguien se imagina a los docentes argentinos -dicho con todo respeto, ja- tratando este tema, vital y de suma importancia, en las clases de matemática? Porque, señores, la aritmética y la física son los que crean estos algoritmos que luego dan forma a las cookies.

Tanto Google como Facebook como Microsoft como tu proveedor de internet, condicionan tus visitas a los sitios que presumen que te van a interesar o les interesa a ellos que te interese a vos (como la red social Google + o el video chat de Outlook) . Lo hacen por diversos motivos.
En el caso de los proveedores de internet, en Argentina Fibertel te ralentiza Netflix, que tiene un acuerdo con la empresa de cable e internet de Canal 26 (no está en Entre Ríos) donde Netflix funciona como Usain Bolt, el corredor más rápido del mundo, excepto que quieras ver una película por Cablevisión Play.
Esto, en Estados Unidos, fue regulado y está prohibido.
Google, cuando buscás Hotmail te corta en Hot -si ves mucho porno- y te llena la pantalla de sitios porno. Microsotf, dueño de Hotmail, te manda al Outlook (y Skype te va a funcionar para la mierda) y te regala el Window 10, pero usar el Facebook Live es más difícil que entender el arameo.



En el plano político y cultural pasa lo mismo. La actual internet, especialmente sus redes sociales y los grandes diarios -donde hay que darles la información de alguna cuenta tuya para poder leer sus notas, excepto las publinotas que les interesan- priorizan el contenido que reafirman tus ideas.
Si a eso le sumamos que un usuario de internet, en promedio ve no más de diez páginas al mes, viéndolas una y otra vez, lo que tenemos son círculos concéntricos que tanto pueden servir para la alienación política (¿o cómo, acaso, sino entender, que jóvenes sueltos, disfrutando a pleno de las bondades del capitalismo imperialista, se inmolen radicalizados por un Estado Islámico que no conocen y donde, por vestir como visten nomás, los decapitarían?) como para la especialización en Química Avanzada Aplicada o los estudios sobre Saussure.
El problema radica en tener conciencia de este sesgo, preconcebido. Y de saber que el mundo es más grande que uno mismo.

El problema puede plantearse del siguiente modo.

¿El hombre llegó a la luna?
Un niño inculto buscará en internet para saber. Le saldrá, probablemente, el sitio RT del gobierno ruso, que tiene un interés específico en darlo por cierto pero resaltar el aporte (medianamente cierto) de Rusia a este viaje. Pero le aparecerán, también, sitios como Taringa, entre otros, repletos de estupideces monumentales y luego, al lado, le ofrecerán más teorías idiotas que le entretendrán más: conspiraciones mundiales, fenómenos paranormales, interpretaciones ridículas de películas naif, y así.
No es culpa de internet: mucha gente creyó que Los Protocolos de los sabios de Sion eran reales, y en eso se basaron muchos pogroms.
Un niño culto sabrá rastrear fuentes, consultar con adultos, diferenciar lo serio de la tontería.  Eso sí: ese niño sabrá que la verdad no es una cosa indiscutible, no es producto innato de la autoridad.

El problema tampoco es enteramente nuevo. Tiene una pequeña historia. Ya en el año 412 antes de Cristo, en la Ilíada de Homero (¿fue Homero? ¿Si yo googleo Homero, me aparecerá Homero Simpson u Homero, el poeta griego?), el asunto estaba planteado.

La democracia occidental, tal y como la conocimos, está en proceso de mutación. Es una democracia de minorías intensas, más que de mayorías silenciosas (que construyeron tanto el mito del "pueblo" y los trabajadores como entidades homogéneas, como el de las derechas conservadoras).
La revolución digital, en el plano de la percepción cognoscitiva, refuerza - aunque no la produce- esta tendencia.
 De ahí la poca eficacia de clivajes como populismo y republicanismo. Sin que estos conceptos, tomados como momentos, dejen de ser caducos.
La democracia de minorías intensas requiere una actualización de sus pactos principales. Especialmente, del Código Penal y las formas republicanas mínimas de gobierno sobre el bien común. Pero requiere una discusión más radical, que afectará necesariamente todos los planos de la vida pública, especialmente, la educación; requiere una definición nueva, que incluya la igualdad y la diferencia, una definición nueva de qué es el Bien Común.
No es una tarea fácil.
Pero es la única manera de salvar la democracia.



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