Proteccionissstas. De cómo los tuitstars son responsables del fracaso de Twitter y otros flagelos.

Aki Tejerina-. Twitter cumple diez añitos con un problema de amesetamiento.


La base global de usuarios está flotando en los 300 y pico millones desde 2014.
Insssstagram, por su parte, muestra un crecimiento orgánico más que saludable (400 palos).
Ni hablar de Snapchat.
Para pior, alrededor del 45% de los usuarios registrados en la red del gorrión azul nunca ha twitteado nada.
Pero nada eh.

¿Freaks, voyeurs, haraganes o simplemente cuentas falsas que la compañía ha inventado para bruñir su imagen en Silicon Valley e inflar sus cifras de penetración en el mercado de los medios sociales?
Qui lo sa.

Lo cierto es que hace no mucho, cuando se purgó la red de fakes, fue un desengaño fuerte para inversores de Wall Street y analissstas del sector.
Resulta que casi el 50% de los followers de Justin Bieber son fakes.
También hay parva de cuentas duplicadas o triplicadas.
El “engagement” está estancado y en algunos casos disminuye.
“Engagement” viene a ser un palabro que los casposos del marketis de las redes y eso usan para referirse a la interacción entre usuarios, permanencia dentro de la interfaz, cantidad de twits emitidos por día, etc.

Otro de tantos clichés pretensiosos que van y vienen en las salas de reuniones de las multinacionales, sin que nadie sabe muy bien que cazzo quieren decir.
Pero es en inglés y suena bien.
Cuando lo pronuncian bien.
Si te sale “engueishmennn” mejor abstenerte.
Sobwar.
Jarvar.


En fin, decíamos que Twitter dejó de ser la supernova de Silicon Valley hace ya tiempo.
Salieron a cotizar en bolsa y ni fu ni fa.
Ipso facto cortaron cabezas, rajaron al CEO, volvió a agarrar la manija Jack Dorsey, cofundador que había sido dessssplazado en una intriga palaciega previa.
Un puterío, bah.

Lo de siempre: cuando el carro avanza las sandías se acomodan y está todo bian.
Cuando empiezan los problemas aparecen las acusaciones, las traiciones, las conspiraciones.
Verbigracia: el kirnerismo.
El puterío es manifiesssto en Silicon Valley por la simple razón de que nadie sabe bien por qué triunfan o fracasan los proyectos.
Está lleno de gurúes con el diario del lunes pero lo cierto es que nadie termina de entender, por ejemplo, por qué MySpace se dio una hostia y un imitador que surgió varios años más tarde -Facebook- hoy es el macro pulpo global que es.
Ahora me van a venir con que Facebook en realidad mejoró esto y aquello.
Sí, Ok, seguí participando.
Nadie sabe.
Ni siquiera Zuckerberg lo tiene claro.
Estuvo en el lugar indicado en el momento indicado, se jugó las pelotas, barrenó la ola y la pegó.
Como dicen en Hollywood: nobody knows anything.
Nadie tiene ni puta idea porqué una película triunfa y otra fracasa.
El que diga que sabe miente o alucina.
Lo mismo en el fobal.
Nadie sabe a ciencia cierta por qué el meshizo está haciendo caminar a Boca y el vasssco chocó la calesita.
Vaya uno saber qué pasa realmente en el vestuario y en los escritorios.
No por nada los actores y los deportistas son tan supersticiosos y cabuleros.
Me fui por las ramas.




Volvamos a Twitter.
Resulta que algunos especialissssstas han detectado una posible explicación del amesetamiento.
Una explicación que podríamos resumir así: los tuitstars son unos guardabosques.
Los tuitstars, en su afán de mantener el essstatus quo, meten el palo en la rueda.
Se volvieron reaccionarios.
Sólo se hablan entre ellos.
Han dejado de retuitear.
Se miden el micropene.
Han metido el engueishmen en un círculo vicioso.
Se han vuelto endogámicos, angurrientos, mezquinos.
Obstruccionistas.
Miopes.
Obturan el crecimiento orgánico del ecosissstema.
Han asfixiado la gallina que les daba de comer (les daba de comer a sus egos, ok, porque a diferencia de YouTube o Instagram, guita en este foro no hace nadie).
Son como machos alfa de una manada de gorilas que han dejado de cogerse hembras y se la pasan matando a pajas arriba de un árbol.
Perros del hortelano tratando de morderse la cola.
Lo que en inglés llaman un circle jerk (un grupo de sujetos sentados en círculo, en el que cada uno masturba al que tiene al lado).
Tremendo tiro en el pie.
A ver, hay que tirar todos del mismo carro, chicas.
Cambiemos.
Estamos todo en el mismo barco.
Cuando sube el agua suben todos los barcos, compañeros.
En fin, nada que no supiéramos.
Acaso nuestras fórmulas han perdido poder de fuego.
Nos quedamos sin ideas.
Estamos grandes.
Se nos mojó la pólvora y nos hemos refugiado en el proteccionismo: esa conducta tan habitual en la historia humana.
Como esos inmigrantes latinos que apoyan a Donald Trump enclosetadamente porque no quieren que entren más sudacas a EEUU.
Ahora que estoy adentro cierren la tranquera y tiren la llave.
Disculpen si más arriba hablé en primera persona de plural: La Línea no es un tuitstar, es apenas un twittero de culto.
Algunos tuitstars que cayeron en esta trampa, acaso inconscientemente, son ..... (Vds. Saben quiénes son, no me hagan dar nombres).
Hay otros que siguen viendo más allá y mantienen viva la relevancia de esta alicaída red, pero son los menos.
Otros se pasan a Snapchat o Instagram y dejan de hacerse preguntas esixtenciales.
Ojo, no disparen, sólo soy el mensajero, esta teoría no es invento mío: lo leí en un paper de la Université de California, Berkeley, por los profesores Stan Greenfeld y Craig Morton, quienes dicen estar a cargo del departamento de Applied Behavioral Sciences de la citada casa de essstudios cerca de San Francisco.
Lo leí es una manera de decir, bueh.
Lo hojeé por encimita.
Atenti, bien puede ser este paper una operación mediática de los responsables de la red del pajarito.
Ya sabemos como funciona esto, una donación a la université y los profes te escriben cualquier cosa que les pidas.
El intelectual es muy agradecido con la mano que le da de comer o le da una palmadita en la espalda.
En inglés se les llama “eager to please”.
El intelectual es un sujeto muy sufrido, un ganapán con el ego herido y el bolsillo agujereado, un cagatintas muy dado a besar el anillo de quien se fija en su trabajo.
One word: Laclau.
Más aún si le elogia el trabajo y se le hace una contribución.
En nuestro medio sudaca y periférico este fenómeno se ve notoriamente en la confección de encuestas de opinión.
La pregunta habitual en círculos políticos y periodísssssticos: ¿quién contrató a esa encuessstadora, quién la garpó?
El que garpa un trabajo de opinión pública siempre obtiene resultados agradables a sus ojos.
Nadie le lleva malas noticias a un cliente.
Es suicida.
Si le presento una encuesta desalentadora al equipo de campaña de un político estoy haciendo una crítica oblicua al consultor político del citado candidato.
El candidato nunca dice “soy un paquete”.
Su cerebro no está diseñado para admitir algo así.
El candidato dice “las encuestas me dan mal, mis asesores me están asesorando mal”.
A lo cual el asesor se cubre el que te jedi aduciendo que “esa encuestadora no está dando en el clavo, busquen otra”.
Sabés qué, mejor no llevar malas noticias.
No le conviene a naides.
Y que ni loco se te filtre una encuesta poco feliz al periodisssmo.
Alpiste, bichi.
Ergo, siempre hay que tener cuatro encuestas: una para el candidato, otra para sus asesores, otra para la prensa (ninguna de las tres es totalmente cierta) y la cuarta, la que queda bajo siete llaves en un cajón, la de verité.
Una verité que tampoco es tal.
Las encuestas de opinión la vienen pifiando épicamente: durante los últimos años han errado fiero los resultados de elecciones en EE UU, Reino Unido, España, Brasil, Venezuela, Argentina.
El esssstablishmen político de EEUU nunca vio venir el fenómeno Trump y, en menor medida, la anomalía socialista de Bernie Sanders.
Al parecer, el problema sería la metodología anticuada que se utiliza en el negocio de la investigación de mercados sumada a un elevado cinismo y paranoia en el público encuestado.
Los entrevistados estarían contestando cualquier verdura, juegan al truco con el encuestador, un poco por joder y un poco por paranoias de protección de la privacidad.
Me fui de tema otra vez, a ver: la caída de Tuirer también respondería a una realidad generacional.
Las plataformas sociales reclutan nuevos usuarios en los mocosos que se van incorporando al uso de tecnología.
Los nuevos gurises que se compran su primer telefonito tienen una imagen de Twitter o Feisss como redes geriátricas.
Se vuelcan a Snapchat o Instragram, donde los botijas puede ser auténticos, subir selfies con genitalia y frontal nudity lejos de la supervisión de adultos impresionables.
Twitter acaso perdió el tren cuando Zuckerberg le ganó de mano y se compró Instagram por mil palos.
El gorrión azul estaba en tratativas pero había ofrecido sólo 200, no hablemos más.
Nada.
Eso.
Hay que reinventarse.
O saber retirarse a tiempo (como bien hiciera la mejor pluma que dio esta red social: @Liebermanss)
Los dejo con una frase que no viene al caso pero siempre me gustó: toda organización tiene un interés en la perpetuación del flagelo o flagelos que fue creada para combatir (la DEA y la farlopa, los laboratorios farmacéuticos y los enfermos, el peronismo y los pobres).

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