El laberinto y la ventana

Ramiro Pereira-. El laberinto y la ventana

¿La sociedad quiere seguir "cambiando"?

Pablo Mori-. La fragmentación de la oposición responde en buena medida a los deseos de la sociedad.



Hay momentos donde las sociedades se hartan y encuentran en las oposiciones de distinto calibre y color, la necesidad de que se unan. Como diría Borges, no por amor, sino por espanto.
Aunque estén pegados con plasticola, la sociedad quiere terminar con un gobierno nacional y entonces surgen caudillos como Menem, que arrasó en 1989 a pesar de sus extravagancias o la Alianza, que diez años más tarde juntaría el agua y el aceite.




Hay momentos donde la sociedad no quiere juntar el agua y el aceite, prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer. En cierto modo, es un sentimiento de oficialismo crítico, de esperanza o crédito al gobierno, que sin embargo no debe "creérsela" porque sino la soberbia le devorará ese capital simbólico, ese tiempo concedido.

Así sucedió en 1995 cuando Menem fue reelecto frente a una oposición dividida entre radicales y peronistas de centroizquierda, llamados ya Frepaso.
O en 2007, cuando los radicales llevaron de candidato a presidente a un peronista, Roberto Lavagna, y el lugar del Frepaso lo ocupó el ARI, con una ex radical, Elisa Carrió.
En 2011, cuando arrasó Cristina, se dio esta misma atomización de la oposición.
¿Si se hubieran unido todos los opositores a Cristina, habrían sacado el 46% contra el 54% que sacó la viuda de Kirchner? Seguramente no. Las pruebas están en la elección presidencial siguiente: en 2015 y contra todos los pronósticos y súplicas, Macri venció sin aliarse a Massa ni Stolbizer.



Las elecciones legislativas por lo general tienen dos constantes: la primera es que dispersan el voto, porque al no elegirse puestos ejecutivos, la gente tiende a ser más fiel a sus dictados ideológicos. Suele suceder que los partidos de izquierda radicalizada o de derecha sobreideologizada crezcan y en algunos distritos accedan a bancas.
Ese escenario, como saben en estos partidos con fuerte identidad, se torna más difícil cuando la elección incluye candidatos ejecutivos.

Por otro lado, las elecciones legislativas son también un termómetro del rumbo del gobierno nacional. No un termómetro definitivo -Alfonsín arrasó en las legislativas del 85, sacó un buen caudal de votos en el 87 y luego se derrumbó en el 89, al contrario de Cristina que perdió en el 2009 y arrasó en el 2011-
El test electoral hace que se corrijan rumbos o se profundicen modelos.



Estas dos tendencias constantes se enmarcan en el sentimiento colectivo de cambio o continuidad.

Cuando la sociedad quiere un cambio, las fuerzas opositoras se unen a como de lugar.
Cuando la sociedad no quiere un cambio, la fragmentación se da por causas que el común de la gente parecen no entender pero tampoco les importa, como el caso de Randazzo y Cristina o por ejemplo, en Entre Ríos, que el socialismo no integre Cambiemos. O que Busti ahora esté junto a Urribarri.


A priori, parecería que la sociedad hoy no exige un cambio rotundo, aunque sí un llamado de atención al gobierno por su falta de sensibilidad social. Lo cual podría derivar en un voto castigo suave, hacia peronismos moderados.
Prueba de esto es la moderación de la propia Cristina en el acto de lanzamiento de su candidatura.
O el eslogan de león herbívoro "Somos Entre Ríos" que acuñó en esa provincia el peronismo.



Si se mira con atención el mapa de candidaturas y frentes que van surgiendo en el país, se ve que la tendencia a la moderación de cara al electorado, es la constante entre tanta fragmentación y diversidad.
El humor social parece guiarse hacia ahí y no hacia un enojo generalizado por el ajuste económico y la falta de respuestas republicanas, déficits que el gobierno de Cambiemos viene dejando en su año y medio de gobierno.