La crisis estructural del peronismo

Osvaldo Quinteros-. La crisis del peronismo que nadie quiso ver.


Corría el año 2015 y el gobernante Frente Para la Victoria tenía 13 candidatos presidenciales. Trece. Uno de ellos, el más activo en merchandise, el entrerriano Sergio Urribarri. A diferencia de Scioli y Randazzo (los dos que terminaron quedando en la recta final del dedazo, que solo eligió a uno) Urribarri había ganado en su provincia. Ganar, algo que nunca experimentó Agustín Rossi en sus múltiples candidaturas, pero sin embargo se lanzó a Presidente. Así de disparatado fue ese año. Donde Capitanich expresó públicamente cien metas de gobierno -siendo Jefe de Gabinete- y el modo en que las auditaría, además de en cuánto tiempo se concretarían. El resultado fue cero. Absolutamente cero.
Por lo tanto, fue eyectado de la Jefatura de Gabinete y volvió al Chaco, donde revalidó sus títulos electorales, con un gobierno municipal tan conservador que haría sonrojar al PRO de Recoleta.
Mientras tanto, lanzó su candidatura a la Presidencia de la Nación.
Entrado el año 2016, tuvo algunos meses de euforia ultraK (junto a Enrique Cresto, entre otros revolucionarios) en Facebook donde explicaba cómo debía seguir el kirchnerismo. Obviamente, argumentaba que era necesario "profundizar" vaya uno a saber qué...
Hoy es considerado un aliado por el macrismo. Aunque no tanto como Enrique Cresto. Ni menos que menos por Gustavo Bordet.
Las personas cambian.

Una fuerza política con 13 candidatos presidenciales puede estar expresando tres cosas:

1) Una potencia enorme y mayoritaria, que recicla un montón de cuadros y que está por redefinir quién lidera un proyecto de cara al futuro.

2) Un angustiante microclima, donde se comieron el verso de ser la hegemonía y que solo basta ganar la interna para ganar la general

3) Una muestra de la descomposición general del proyecto que los encolumna.





Hay una cuarta visión posible para quienes se nieguen a ver la política en profundidad: Cristina Kirchner es una semidiosa, sin  cuya presencia la izquierda peronista no tiene futuro, dado que se tendría que encarnar en personas mortales y falibles, no como la Gran Santa. En resumen, esto es lo que dicen los edecanes más delirantes de Cristina. Tomarlos en serio es perder el tiempo. 




Pasados casi dos años, viendo en qué andan los ex candidatos a presidente del FPV -se bajaron todos, quedó solo Scioli y perdió- la realidad muestra que el punto 2 y 3 eran los acertados.

Se trataba de un microclima. Erradísimo, como se vio luego en las urnas.

Aunque también se trataba de un proyecto político en descomposición, como puede verse hoy: el cristinismo considera su enemigo a Randazzo, quien era su candidato; y ninguno, absolutamente ninguno de los ex candidatos presidenciales tiene un rol nacional de liderazgo de una facción de lo que fue el kirchnerismo. Incluso la mayoría ya no son kirchneristas.
Por si fuera poco, el Frente Para la Victoria, que fue una alianza nacional, ya ni siquiera existe.


Hay quienes tratan de mirar al futuro recordando al menemismo (y aunque sea un Pecado Original decirlo, recordando a Perón: ya no se aplican en los municipios y gobiernos las políticas obreristas que Perón desplegó, pero el peronismo trascendió) que fue como el kirchnerismo, un episodio más del peronismo.
Esta mirada simplista y efectista cree que se trata de hacer borrón y cuenta nueva, esperar que caiga del cielo un nuevo líder y listo, el movimiento se volverá a encolumnar.
¿Y si eso no pasara nunca?

Tengamos en cuenta que el justicialismo no pudo, luego de la derrota electoral, escoger sus autoridades partidarias en elecciones internas. Aunque también hubo muchos precandidatos, exaltación del futuro y entusiasmo. Se bajaron todos y quedó un gélido Gioja presidiendo el partido formalmente. Nadie lo toma en cuenta.

Hoy el peronismo es como el radicalismo luego del 2001: una federación de entidades provinciales cuyo único denominador común es el poder del estado o la vocación de arribar al estado.
No está mal la vocación de poder, pero en su estado puro no sostiene partidos políticos sino en todo caso algunos políticos profesionales que harán zizagueos detrás del que mejor mida en las encuestas, dentro del mismo partido aunque expresando ideas políticas antagónicas o desde distintos partidos.




De crisis anteriores similares, el peronismo resurgió a través de "su columna vertebral" que eran los sindicatos. Hoy, eso no fue posible ni parece a mediano plazo que sea posible.

Cuando se busca rastrear la descomposición ideológica del radicalismo, que supo abrazar con sus matices republicanos un ideario nacional y popular, se achaca toda la culpa a De La Rúa. Sin reparar que al convertirse la UCR en un entramado de partidos provinciales nucleados de vez en cuando en una Convención para ver detrás de qué candidato extrapartidario negociar lugares, se perdió toda condición de posibilidad de un ideario "nacional".
Lo "nacional" pasó entonces a ser una aspiración de los dirigentes radicales de distritos donde el partido no gobernaba. Es decir, lo "nacional" pasó a ser sinónimo de debilidad partidaria.


Lo "nacional" como sinónimo de debilidad en el territorio, se puede explicar con un ejemplo contrafáctico: si el kirchnerismo o el "massismo" hubieran ganado en Corrientes capital, en Entre Ríos varios se adjudicarían el triunfo. Ganó un delfín de Colombi, que como tiene votos y gestión, no es querido en el radicalismo entrerriano. Ricardo Colombi es radical. Fue radical K hasta el 9 de diciembre del 2015, luego pasó a ser radical macrista. Pero siempre fue de la UCR: Unión Correntina de Ricardo.

¿Cómo rezar para que en provincia de Buenos Aires haya una "lista de unidad" si ni siquiera se saluda a los peronistas chaqueños y riojanos que acaban de ganar una elección, justamente, bajo la forma de la unidad partidaria?


La unidad del peronismo se dará en cada provincia y bajo el formato de cada provincia, siempre con eje rector en el estado. Lo cual plantea de por sí una crisis estructural del peronismo.

Un movimiento nacional que sea, por definición, antinacional -en el sentido de provincialismo- está en crisis. Es una crisis de identidad.
Si se prolonga, puede tener consecuencias aún más graves.



¿Qué pasa si el próximo Menem o la próxima Cristina decide armar su propio partido político? ¿Qué harán las entidades provinciales que agrupadas en Federación constituyen hoy el peronismo?
Probablemente, irán detrás de ese candidato de arrastre, con el que negociarán sus propios votos en la comarca provincial.
De hecho, es a lo que apuestan la mayoría de los gobernadores: a que aparezca alguien, del partido que sea, que los deje integrar la torta del poder nacional.