Habitual complacencia

Habitual complacencia

Emma Barrandeguy














Nada más que para darte la mano.
Nada más
que para reunir nuestras cabezas,
a menudo cansadas,
o nuestros ojos, eso sí, insaciables.
Nada más que para contarte la infancia.
Nada más que para ver los juegos de las palabras
y tocarte la cara.
Para eso levanté mi cariño.
Pero teníamos otras manos que se tendían,
tenías otros hombros más seguros,
teníamos en donde prender
nuestra aún tímida admiración adolescente
sin que nos conformara nunca la respuesta.
Y yo no tengo para ti
lo que pudiera hacerme apetecible.
Así, sin prometerte nada,
por no temer al Tiempo
o la mentira
puedo hoy complacerme
en exhibir ante ti esta otra ruina,
como todas
sin gracia y sin ventura.

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