Elevar la calidad del debate público

Ezequiel Bauman-. La falta de calidad del debate público, mezclado con la farándula, el espectáculo y los golpes bajos.


Es asombroso cómo el debate público transcurre en carriles cuasi policiales, escándalos sexuales u de corrupción estatal.
Ciertas cuestiones básicas, como la honestidad, deberían ser el punto de partida para cualquier discusión pública. Nunca la razón de ser ni menos opacar cualquier posición del prójimo.



Por otro lado, hay cuestiones que hacen a la esfera privada de las personas. Uno queda como un conservador cuando plantea estas cosas, cuando en realidad, es al revés. Conservador es el que mira y juzga la vida privada de los demás, con cierto atractivo perverso hacia las desgracias o humillaciones ajenas. El hecho de no importarle a uno lo que hacen o dejan de hacer los demás, en especial esos seres tan huecos llamados "famosos", es lo contrario del conservadurismo.
Incluso la vida de un artista: ¿importa acaso con quién se acuesta si uno disfruta de la calidad de su música, la densidad de su literatura, la profundidad de su pintura?
No, para nada. Que de su vida privada, haga lo que quiera.


 
Es cierto que hay personas que se desviven por contar su esfera privada de la vida, los llamados "mediáticos", pero bajo esa lógica quedan atrapados por los medios de desinformación personas que no quieren que su vida privada, así sea repudiable desde el punto de vista moral, sean expuestas en público.
Las discusiones políticas o todo lo que atañe a lo público, lo de todos, no debería tener estas bajezas. No deberíamos como sociedad hacer de todo lo importante un espectáculo banal.



Si hay público para las bajezas y los escándalos, ese público debería poder con todo derecho consumir el producto que gusta, así tenga sabor a bosta.

En realidad, siempre existió este cotilleo, desde la revista Radiolandia hasta los actuales programas de chimentos.

Lo que ha ido cambiando es que ahora se los toma en serio a estos productos de baja calidad moral e intelectual. Sus protagonistas se quieren dedicar a la política, ya sea como candidatos o como periodistas de dudosa capacidad intelectual en ambos casos.


Tanta obscenidad es una muestra también del grado de descomposición de nuestra sociedad.
La cultura, el saber, el enriquecimiento de ideas, la ciencia, los debates complejos, han sido reducidos a un conjunto de chicanas y distorsiones de la esfera privada que sorprenden incluso hasta el que no está interesado en estos escandaletes. Es tal el bombardeo mediático que es difícil escapar de esta lógica y uno acaba enterándose de la existencia de bailarines y actores de medio pelo metidos en peleas bizarras al lado de noticias científicas, columnas de opinión o artículos en profundidad que pierden así toda seriedad.

Ranking mundial de la felicidad por países


Entiendo que éste no es un problema particular de Argentina y que mucho tienen que ver las nuevas tecnologías, como las llamadas redes sociales y demás.
Pero hay países, particularmente los que mejor ranquean en equidad y felicidad social, donde los debates públicos no caen en estas bajezas. Existen en estos países la prensa partidaria, los mercenarios de ocasión y la farándula, pero tienen su lugar y su público bien diferenciados de la prensa seria. Ni siquiera las noticias deportivas ocupan la primera plana de un medio de comunicación serio.

Los resultados de uno u otro tipo de debate público están a la vista. La degradación cultural es un síntoma que a menudo precede a altos grados de inequidad, violencia social, aumento de la criminalidad y desorganización de la vida cotidiana.

La calidad del debate público tiene también un sentido pedagógico para la sociedad. De enseñanza para la gente. Por eso es importante que en la escena pública se luzcan los mejores y se respeten las posiciones disimiles sin necesidad de escandalizarse ni agredir al otro.
Por eso debemos contemplar la sobriedad en la palabra y respetar la solemnidad de las instituciones, tratando de que las distintas ideas se enriquezcan mutuamente aunque no se llegue a un grado de síntesis o grandes acuerdos. El solo hecho de respetarse implicaría un gran acuerdo nacional.



Elevar la calidad del debate público es un paso imprescindible para construir una sociedad más democrática, tolerante, feliz y equitativa.
El camino contrario deriva en personajes como Trump.



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