Cerrado por melancolía

 Isidoro Blaisten-. Entonces fui, despegué el poster de los delfines (con mucho cuidado para no romperlo), lo apoyé extendido sobre el mostradorcito, busqué la tijera en la caja de zapatos donde estaban los moñitos para regalo, corté bien al borde (bien al ras) los pegotes de dúrex que sobresalían, di vuelta el poster (la parte de atrás, la parte blanca hacia arriba), abrí el cajón del mostradorcito, saqué la plancha de aluminio con el número uno (las más grandes) de las letras autoadhesivas color naranja, descolgué la regla T que estaba disimulada detrás del estante de los best-sellers, me senté en el sillín de los clientes, tracé sobre el revés del poster, con lápiz, dos líneas perfectamente paralelas, insinué (a mano levantada) el contorno y la separación de las letras, saqué (ayudándome con la yilet) las letras de la plancha de aluminio, las pegué apenitas a lo largo del lápiz, apreté el lápiz entre los dientes (como hacía el príncipe Valiente cuando mordía la daga y salía nadando de la cisterna de la mazmorra de la fortaleza de Ulfrún), me levanté, abrí la escalerita, la dejé preparada, me colgué el poster sobre el brazo extendido, subí con cuidado y en la vidriera del frente, del lado de adentro, con los catorce pedacitos de dúrex perfectamente distribuidos (tres en los lados menores, cuatro en los lados mayores), puse el cartel.

          Después me bajé de la escalerita, salí al pasillo, me paré frente a la vidriera, retrocedí algunos pasos (para apreciar la perspectiva) y lo observé detenidamente.  Quizás la presencia (aunque transparente) de las catorce tiritas de dúrex distrajese un poco del núcleo central, quizás el centro de atención estuviese un poco torcido a la izquierda pero de cualquier forma el encuadre del cartel respetaba las leyes de la asimetría.  Las grandes masas de blanco y naranja estaban muy bien balanceadas y el fondo blanco (el dorso del poster de los delfines) le otorgaba a las letras naranjas (que es el color que más y mejor se ve, por eso lo usan los astronautas) una sensación grata y aérea como en las estampas japonesas. Así es. Las letras autoadhesivas lucían como pintadas (con un dejo de reminiscencia fosforescente), y era notable cómo el seno enhiesto de la muchacha del poster que estaba pegado a la derecha en la vidriera principal (Ser feliz es algo maravilloso, se llamaba) coadyuvaba a la composición apuntando con su pezón (como una señal o un indicio) hacia los laterales del cartel.

           Entonces volví a entrar.  Cerré la escalerita que estaba estorbando el paso, la apoyé contra el estante de los best-sellers, me senté en mi silla, apoyé los codos sobre el mostradorcito, apoyé la cara  entre las palmas de las manos y contemplando el poster de los delfines (que ahora eran la parte de atrás del cartel), me puse a pensar.

           Pensé en todos estos años de la librería, pensé en veinticinco años atrás cuando yo empecé a escribir el primer cuaderno Gloria, pensé en los diecinueve cuadernos Gloria, y pensé en el último, en el que estoy escribiendo ahora.  Pensé también que durante los últimos cinco años no había dejado de pensar un solo día en lo que iba a pasar cuando pusiese el cartel.  Y ahora que el cartel estaba puesto, pensé, no tenía en qué pensar.  Entonces miré el poster de los delfines.

          Ahora el poster de los delfines estaba horizontal y distinto.  Parecía que los delfines estaban también distintos, parecía que estaban más hacia arriba, más en diagonal.  Creo que hasta los veía más violentos y decididos que cuando estaban detrás del vidrio de la puerta rebatible.  Ahora los veía como de flecha certera, de jabalí embistiendo bajo el agua, algo de jabalina y recuerdo que me sonreí porque me pareció distinta la estela, esa estela iridiscente, como de mica mojada, que dejaban.

           En cambio ahora al mirar la puerta rebatible se sentía una sensación sucia.  Ahora se veía el rectángulo transparente que había dejado en el vidrio el poster de los delfines.  Un rectángulo de nada, solo y vertical con una tira de dúrex reseca colgando del borde abajo.  Daba esa sensación de cuadro que ya no está en la pared y el contorno era nítido y cruel porque alrededor se notaba la zona opaca, surcada de lamparones, surcada de pelusas, percudida.

           De pronto vi algo extraño.  Al mirar a través del rectángulo vi que ahora se veían los libros a través de la puerta rebatida.  Mejor dicho, la parte de atrás de los libros que estaban en la vidriera principal.  “Bueno”, recuerdo que pensé, “todo lo que me queda por hacer es entrar el exhibidor de las tarjetas humorísticas, apagar todas las luces, cerrar para siempre la puerta rebatible, salir a la calle y tirar la llave en la alcantarilla”.  “O mejor aún”, pensé, “en la lata de la municipalidad donde dice Papeles”.  Pensé también en prenderle fuego a la librería.  Empezaría (por ejemplo) haciendo una pila con los noventa Quijotes de Barcelona que estaban en la mesa de ofertas (los noventa Quijotes de Barcelona que eran una maravilla y realmente baratos).  Los juntaría en un solo haz, los rociaría (bien rociados) con el thiner de la garrafita del sótano (a cuya vera habían estado los diecinueve cuadernos Gloria) y les prendería un fósforo.  “Un único y simbólico fósforo” (recuerdo que pensé).  Pensé también en los kafkas y en los faulkners, en los henri james y los rilke, ahí, en los estantes casi vacíos y sentí algo parecido al dolor, algo como una punzada.

           Así es.  Los noventa Quijotes de Barcelona eran una belleza y realmente baratos.  Se los había comprado a la firma “Llovet y Segur”.  Al contado.  Los últimos noventa Quijotes que le quedaban a la firma “Llovet y Segur”.  Los había comprado como compré los cincuenta posters de los delfines a “Posters del Plata”.  Los últimos noventa Quijotes que le quedaban a “Llovet y Segur”, los últimos cincuenta posters de los delfines que le quedaban a “Posters del Plata”.  En cinco años no había vendido ninguno.  Ningún Quijote de Barcelona, ningún poster de los delfines.

           Ahora, mientras escribo en el último de los cuadernos Gloria, mientras voy pensando en cómo el óxido y el tiempo se parecen, en cómo ha ido cambiando mi letra, voy recordando el día en que llegaron los cincuenta posters de los delfines.

           Recuerdo que lo primero que hice fue romper el paquete circular.  Después (tironeando) saqué uno del paquete, lo despojé de la bolsita tubular de plástico y (con abundante dúrex) lo puse en exhibición pegándolo por el lado de adentro de la puerta rebatible.

           Y ahora aquel poster estaba ahí, en lo alto, horizontal, convertido en el dorso del cartel.

           En fin (recuerdo que pensé), quizás un fósforo no, quizás dejar todo cerrado.  Que los kafkas y los faulkners y los henry james y los rilke y los noventa Quijotes y los cincuenta posters de los delfines se queden siempre ahí, encerrados, olvidados, volviéndose amarillos.  Entonces miré oblicuamente a la izquierda y vi las baldosas relucientes del pasillo desierto y pensé: “No hay nada peor que las baldosas relucientes de un pasillo desierto cuando no hay nadie”.  Y no había nadie.  Los dos locales que daban sobre la vidriera de infantiles estaban cerrados.  El de compro oro, con todo el frente tapado con diarios; el acuario, vacío, con un cartel bermellón en el suelo que decía “Vendo o alquilo” y el teléfono de la inmobiliaria.  Al fondo, el local doble del camisero con la vidriera rota y las dos vigas cruzadas.  Después el localcito del ciego, el quiosco con la cigarrera pelada, el polvo borrando el color de la madera y el cartelito enlozado que decía en letras celestes: “Prohibido escupir en el suelo”.  Al final, al lado del extinguidor de incendio, el caballito mecánico, eternamente descompuesto, tapado con dos cajas de cartón, asomaba el hocico despintado a través del agujero abollado de la caja.  No había nadie.  Adelante, arriba, tampoco había nadie y se podía escuchar el más leve roce del frío.  Salvo la chica de la zapatería a la entrada de la escalera y la novia de América en el localcito de enfrente, en la galería no había nadie. Miré a la novia de América. La novia de América seguía peinando la peluca como si nada hubiese pasado, como si yo no hubiese puesto el cartel.  Entonces me levanté.  Volví a salir al pasillo.  Me paré frente a la vidriera principal (de espaldas a la novia de América) y volví a mirar el cartel.  Me paré como se paraba el príncipe Valiente cuando meditaba al borde del ventisquero, las manos en jarras, las piernas separadas, los codos sobresaliendo y la capa.  Casi sentí sobre los codos la sensación de la capa.

          Ahora, mientras estoy escribiendo en el último de los cuadernos Gloria, mientras hago minúsculos dibujos en el borde amarillo de la página, trazo líneas de puntos, flechas que se encuentran, paralelas, círculos concéntricos, trato de recordar qué fue lo que recordé.

           Fue un jueves.  Faltaba poco para las cinco.  Hacía frío.  De vez en cuando alguna bocina en la calle cortaba el silencio de la galería y el resplandor de algún coche que pasaba se reflejaba en los vidrios.  Era temprano todavía y todavía no habían empezado a pasar el disco de los Beatles, todavía no había llegado el que nunca compraba, ni habían empezado a venir las adolescentes agónicas que pedían el mapa de la plataforma submarina, ni los adolescentes que me preguntaban si yo vendía posters, ni las señoras con ruleros que confundían los posters arrollados de los delfines con papel de forrar araña azul.  En el localcito de enfrente la novia de América había dejado de peinar la peluca que estaba sobre la cabeza de telgopor y agachada, a través de los libros de la vidriera principal, a través del espacio entre las redecillas, las bufandas a cuadros y los cinturones colgantes, con el peine en la mano, me miraba.

          Volví a entrar.  Sentía en los hombros la mirada de la novia de América.  Estaba seguro de que no había visto el cartel.  Me senté, medité y miré la caja de zapatos con los moñitos para regalo.  Entonces me di cuenda de una cosa.  Me di cuenta de que cuando uno espera, cuando uno se imagina lo que va a pasar, siempre lo que pasa es distinto.

           Escribo, recuerdo que guardé el lápiz que había quedado sobre el mostradorcito, y no me puedo explicar cómo en ese momento no me acordé de mi cuñado.  Durante cinco años, todos los días, estuve seguro, absolutamente seguro de que cuando pusiese el cartel me iba a acordar de mi cuñado.  Lo que pasó fue muy distinto, pero yo estaba seguro de que me iba a acordar, (por ejemplo), de cuando mi cuñado antes de hacer la pausa larguísima hacía callar a todos, a todos sin excepción (a los grandes y a los chicos) diciendo: “Atención.  Escuchen.  Escuchen.  Hagan silencio.  Todos.  Shhhhhh”.  Porque hasta que mi cuñado no tenía la absoluta seguridad de que todos, todos sin excepción, (los grandes y los chicos), habían hecho silencio, mi cuñado no hablaba.  Recuerdo que, siempre, alguno de los chicos que venían con las visitas se ponía nervioso al ver ese silencio de los grandes y entonces le venía de pronto la tos o se le daba por ponerse a tironear de las borlas de la carpeta de terciopelo que cubría la enorme mesa ovalada de la sala.  Entonces la madre le pegaba en el dorso de las manos o lo pellizcaba en las costillas.  Recién entonces, cuando el silencio era total, cuando se podía escuchar el más leve roce de los codos sobre el terciopelo de la carpeta o el lejano chasquido de la leña ardiendo y crepitando en la cocina económica o el ruido del motor bombeando en la frigidaire (que era la única en toda la cuadra), recién entonces mi cuñado hacía la pausa larguísima, ponía aire de misterioso, achicaba los ojos y mirando uno por uno a todos sin excepción (a los grandes y a los chicos), volvía a repetir la frase capicúa que repetía cada vez que venían las visitas: “dábale arroz a la zorra el abad”.

           Siempre lo que pasa es distinto.  Eso pensé en aquel momento (mientras guardaba la tijera en la caja de los moñitos para regalo) y eso pienso ahora, mientras voy haciendo la lista en el margen izquierdo de esta hoja ya amarilla del último de los cuadernos Gloria.

           Estoy escribiendo la lista (con letra bien chiquita para no salirme del margen) de todas las cosas que no recordé.  No recordé a El príncipe Valiente, no recordé las cuarenta y ocho láminas del diccionario de Saturnino Calleja (todo descuajeringado) que fue lo único que quedó de mi padre.  No recordé lo que decía en la portadilla del Quijote que mi cuñado había traído de Norteamérica junto con los breeches y las polainas y la birome y los tiradores de nailon que mi cuñado mostraba a las visitas, ni lo primero que escribí (hace más de treinta años) sobre el papel de seda de un atado de cigarrillos “Fontanares” (que eran los cigarrillos que fumaba mi cuñado) sobre el mármol veteado del aparador.  No me acordé de los espejos.

           Releo todo lo que he escrito hasta ahora, releo la lista y me doy cuenta de que falta algo fundamental.  Falta la lámina de los guerreros, faltan los jueves al volver de la feria.  Y por más que hago croquis no logro recordar por qué en aquel momento no recordé el segmento de hierro T que estaba empotrado debajo del almanaque de Gath y Chaves (donde mi cuñado colgaba la bolsa de hule).  No recordé los jueves volviendo de la feria.   La tricota alta, el pantalón corto, las medias Morley.  Los coches pasándome al lado, rozando la bolsa de hule, y yo cruzando la calle sin mirar, sin poder sacar los ojos de El Mundo Argentino abierto en la página de El príncipe Valiente.

           Ahora trato de recordar ese jueves.  Dije que hacía frío, que de vez en cuando una luz como una sombra venía de la calle y se reflejaba en los vidrios de la galería y que por el pasillo no pasaba nadie.  Arriba, en el segundo nivel tampoco debía pasar nadie porque en el techo no se escuchaba nada, ningún ruido de pasos, ningún taconeo, nada.  En el localcito de enfrente (que estaba prácticamente empotrado en el rellano de la escalera que daba al segundo nivel) la novia de América había dejado de peinar la peluca sobre la cabeza de telgopor y había empezado a mirarme.

           Dieciséis palabras atrás escribí la novia de América y ahora siento que siempre la voy a recordar.  Siento que voy a recordar la peluca y voy a recordar la cabeza de telgopor y voy a recordar las orejas.

           La cabeza de telgopor era una cabeza sin rostro, lisa, monda y blanca con algunas vetas siniestras como de mármol podrido.  El color de la peluca tenía el mismo color que el color de las ojeras y las ojeras parecían dos canoas quietas vistas desde muy lejos, debajo de los ojos de la novia de América, y muchas tardes durante cinco años, con los codos sobre el mostradorcito y el mentón entre las palmas de las manos, yo miraba y miraba y pensaba que las ojeras se irían como navegando.  Y cuando la novia de América dejaba el peine quieto (como un director de orquesta que deja la batuta detenida en el aire) y empezaba a mirarme, yo (que ya la había visto a través del espacio que había entre los libros de la vidriera principal) pensaba que alguna tarde de éstas la novia de América se iría navegando por sus ojeras y que no volvería nunca y que iban a quedar para siempre los chales y las redecillas colgando inmóviles en ese cordel de nailon y que el localcito seguiría siempre abierto y sin nadie y que sobre el mostrador de fórmica los cartelitos de los precios irían poniéndose amarillos.

           Pero (y ahora lo voy recordando), ese jueves, mientras pensaba en la novia de América (que no había visto el cartel) (y que nunca llegaría a verlo), miré por última vez los kafkas y los faulkners, los henry james y los rilkes, solos, en los estantes vacíos y finales, y sentí el dolor de la despedida.

           Entonces guardé la yilet en el cajón del mostrador, la tapé con la plancha de aluminio, lo cerré y esperé.

           Las dos únicas clientas que pasaban por día ya habían pasado.  La de la mañana en el momento exacto en que estaba abriendo.  Acababa de sacar al pasillo el exhibidor de las tarjetas humorísticas y me disponía a bajar al sótano para subir el escobillón cuando apareció una señora con ruleros (dos ruleros asomando debajo de un pañuelo violeta) y me preguntó si no tenía posters con frases.  Le dije que todo lo que tenía estaba a la vista y le señalé Otoñal, Ternura, La mona Chita, Alta y pequeña mía y el del pobre Jim Clarck en el coche en que se mató.  Le señalé el poster de los delfines y le dije que se fijara al salir, levantando la vista, en la vidriera principal.  A través del vidrio la señora me dijo que no con la mano y sonrió.  Nunca pude saber si había visto el cartel.  Recuerdo, eso sí, una cosa que me llamó la atención.  La señora tenía tacos, más que tacos botitas.  Sin embargo, cuando la vi alejarse por el pasillo hacia la calle, no oí nada, ningún ruido de tacos, nada.  Se alejó nomás.

           La de la tarde llegó antes de las cinco.  Era una mujer muy mayor y me pidió “Por siempre ámbar”.  Le ofrecí el Quijote de Barcelona.  Me dijo que no con la cabeza.  Le sugerí que mirase en la vidriera principal.  Salió y miró para abajo.  No saludó.  No taconeaba.  No vio el cartel.

           Entonces voy y agrego a la lista en el espacio que hay entre las cuarenta y ocho láminas del diccionario de Saturnino Calleja todo descuajeringado que fue lo único que quedó de mi padre y la lámina de los guerreros: sobretodo azul modelo Ulster.  Tendría que agregar también los cornalitos y las galletas de miel entre El príncipe Valiente y mi cuñado.

           Mi cuñado nunca sonreía y sus anteojos eran gruesos.  Eran tan gruesos como el borde de las galletas de miel que yo tenía que traer todos los jueves de la feria (junto con los cornalitos y El Mundo Argentino).  Los vidrios de sus anteojos eran muy gruesos (o quizás yo los veía así en aquel tiempo) y detrás de los cristales, los ojos de mi cuñado parecían dos mojarritas muertas y tristes, del color de los cornalitos que yo tenía que ir a devolver todos los jueves a la feria.  “Ni muy grandes ni muy chicos”, me decía mi cuñado, “medianos.  tenés que elegirlos medianos. Pero elegirlos vos.  Si lo vas a dejar al pescadero te va a dar la primer porquería que encuentre a mano.  En cuento te das vuelta son capaces de darte hasta pescado podrido.  Son lo peor que hay.  Fijate el volumen de los cornalitos, pensá que siempre el volumen de los cornalitos es lo fundamental.  El volumen es la premisa mayor.  ¿Sabés lo que es el volumen? No.  Eso es peso específico.  Te voy a explicar.  El volumen de los cornalitos hace que cuando vos los sumergís en la harina éstos se impregnen en forma directamente proporcional a la superficie que ocupan, ¿entendiste? ¿Y a qué no sabés por qué? Porque el agente vehiculizador, el aglutinante, el cementante, es el huevo.  Es como en una pintura cualquiera.  Si vos tomás cualquier pintura tenés: por un lado el pigmento, la sustancia colorífica, el color.  Por otro lado tenés el agente adherente, el cementante, el medio o el agente aglutinante, ¿entendiste? Muy bien. Andá y cambialos”.  A veces no hacía los dibujos, pero la mayoría de las veces que yo volvía de la feria, mi cuñado, después de abrir el paquete de cornalitos sobre la plancha de acero de la cocina económica, me decía: “vení que te voy a explicar”, y me llevaba a la sala, bajaba del aparador el block de Vialidad (lleno de números y columnas), lo apoyaba sobre el mármol, sacaba uno de los lápices que estaban en el cubilete, y haciendo los dibujos me decía: “¿Ves? Muy bien.  Ahora fijate vos: ¿qué sucede al freírlos, es decir al sumergirlos en el aceite hirviendo? No.  Ésa es la segunda fase.  En la primera fase se dilatan primero y se comprimen después.  Mirá.  Fijate.  ¿Ves? Es como la resistencia de materiales.  ¿Ves? Si son demasiado grandes, cuando se fríen toman ese amargor que es imposible de soportar.  En cambio, si son demasiado chicos, te podés morir atragantado por el espinazo.  ¿Entendiste? Muy bien.  Andá y cambialos”.

          Sólo quedaba esperar.  Esperar a las cinco.  Quizá el que nunca compraba viese el cartel.

          Ese jueves hizo más frío que nunca y yo, mientras esperaba, me había quedado pensando en que los pasos de los tísicos invisibles no resuenan, cuando de pronto, al levantar la vista vi que lejos, afuera, en la calle, una sola raya de sol cruzaba en diagonal la persiana de la joyería.  Entonces miré al costado.  Me pareció ver una sombra cerrada.  Me pareció que era el que nunca compraba.  Pero no había nadie.  Todavía no habían empezado a pasar el disco de los Beatles.

           Seguí mirando al costado.  Apoyados contra el vidrio, a todo lo largo de la vidriera de infantiles, enrollados y embutidos en sus respectivas bolsitas tubulares de plástico, estaban los cincuenta posters de los delfines.  Entonces vi algo.  No había cincuenta.  “Cuarenta y nueve, claro”, pensé (porque había que descontar el que estaba en la puerta rebatible, el que ahora estaba en lo alto, el que ahora era el dorso del cartel). “Sin embargo, no”, volví a pensar, “son cuarenta y ocho”, “porque el ajado” (pensé con más precisión), lo había doblado, hecho un bollo y tirado hacía cinco años (una tarde de lluvia) en la lata de la Municipalidad donde dice Papeles.  “De manera que eran cuarenta y ocho”, pensé, y dejé la vista fija en las baldosas del pasillo porque cuarenta y ocho eran las láminas del diccionario de Saturnino Calleja, porque yo tenía cuarenta y ocho años.  Entonces bajé al sótano.

           Aún ahora trato de recordar lo que pensé mientras bajaba las escaleras.  Lo más lógico era que yo hubiera recordado al príncipe Valiente bajando los escalones gastados de la mazmorra de la fortaleza de Ulfrún para rescatar a Aleta.  Pero trato de dibujar la curva de la escalera, trato de explicarme por qué no prendí la luz, por qué bajé.

           Bajé tanteando las paredes, hasta que pisé algo que se movía y algo duro me dio en la cara, en la oscuridad.

           Los diecinueve cuadernos Gloria estaban en una de las cajas donde venían los noventa Quijotes de Barcelona.  Recuerdo que eran cajas sólidas, cartón corrugado de primera, con una hermosa leyenda azul impresa en diagonal.

           “Llovet y Segur” los había enviado hacía cinco años en cinco cajas, cuatro llenas y una por la mitad.  Yo le había regalado cuatro cajas al camisero y en la que quedaba (bien precintada con abundante dúrex, atada con doble vuelta de hilo sisal, al lado de la garrafita de thiner, junto al escobillón) estaban los diecinueve cuadernos Gloria.

           Aparté el escobillón que me había dado en la cara y en la oscuridad, con la caja en los brazos, subí las escaleras.  Faltaba muy poco para las cinco y ahora, antes de que llegase el que nunca compraba, antes de que pasasen el disco de los Beatles, antes aún de que llegasen las adolescentes agónicas que pedían el mapa de la plataforma submarina, empezarían a venir los jóvenes de ambos sexos que me preguntaban si yo vendía posters.  Y eso que, aparte del poster piloto en la puerta rebatible (que ahora era el dorso del cartel), aparte de Ser feliz es algo maravilloso (que ahora está haciendo “pendant” entre el nombre de la librería y el cartel), todas las paredes de la librería  (donde no había estantes), y la columna del medio también, estaban llenas de posters.  Posters horizontales y verticales, en lo alto, bien pegados, con abundante dúrex (tres tiras de dúrex por el lado menor, cuatro por el lado mayor), haciendo “collage”, entrelazados en forma artística entre sí, como ser, el poster mudo, el de la gran frutera llena de mandarinas, tocándose con la leyenda y los senos de la chica de Otoñal (que surgían túrgidos de entre las hojas secas), superponiéndose a su vez con los senos de la muchacha de Ternura y estos a su vez encimándose sobre la cabeza del chimpancé con la manzana en la boca (La mona Chita, se llamaba) y que también se tocaba con los tres paisajes  de La Angostura, con el de Neruda (Alta y pequeña mía) y con el del pobre Jim Clarck en el coche en que se mató.  Incluso más: yo había puesto cartelitos colgantes en toda la estantería (hechos con el número 2, las medianas, de las letras autoadhesivas color naranja) que decían: “Posters: en venta aquí”, “Regale un poster”.

           Entonces subí, apoyé la caja sobre el mostradorcito, busqué la tijera, corté bien el borde, bien al ras, los pegotes de dúrex, deshice el nudo de hilo sisal (los dos nudos), guardé el hilo, abrí la caja y saqué los diecinueve cuadernos Gloria.

           Ya eran las cinco.  La raya de sol ya no estaba sobre la persiana de la joyería.  Hacía más frío que nunca y ahora iban a pasar dos cosas: iban a pasar el disco de los Beatles e iba a llegar el que nunca compraba.  Mientras iba mirando uno por uno los diecinueve cuadernos Gloria, sintiendo el olor húmedo, el vaho del tiempo, mirando el color inaudito de la tinta, llegó el que nunca compraba.  Cerré el último de los cuadernos Gloria.

           El que nunca compraba fue el primer cliente que entró la tarde en que abrí la librería.  Desde aquella tarde no faltó una sola tarde.  Venía y se sentaba en el sillín de los clientes.  Pero en el último tiempo fui notando en mí una conducta extraña.  Tuve el primer indicio cuando noté que mientras él hablaba a mí no me salía la voz.  El segundo indicio lo tuve cuando me sorprendí a mí mismo mirando a través de el que nunca compraba.

           Ahora, escribiendo en el primer cuaderno Gloria (el primero en la pila de la caja, el último en el tiempo), dibujando en los márgenes amarillentos la posición en que estaba sentado esa tarde el que nunca compraba, recuerdo el sobresalto cuando lo vi entrar, el gesto repentino con que volví a guardar los diecinueve cuadernos Gloria en la caja de “Llovet y Segur” y veo cómo ha ido cambiando mi letra en este cuaderno interrumpido hace veinte años, veinticinco años.  Sentado en el sillín de los clientes, el que nunca compraba esperó.  Pero a mí la voz no me salía.  Aterrado (ya se había dado cuenta de que yo estaba empezando a ver a través de él) el que nunca compraba trató de recomponer el rostro.  Pero era tarde.  Yo había empezado a ver los espejos a través de él.  Alcancé a ver mi cara de adolescente en el espejo del aparador, treinta años atrás, peinado al medio, la nariz alargada, los ojos un poco torcidos (como urdiendo algo).  Estaba escribiendo sobre el papel de un atado vacío de cigarrillos “Fontanares” sobre el mármol veteado del aparador.  Había alcanzado a ver, también, todos los espejos de las pensiones donde viví, donde escribí los diecinueve cuadernos Gloria.  Había visto ya todos los espejos de luna, ovales, rectangulares, sucios y viejos, con el azogue levantado como si fueran leprosos, redondos, con un piolín, colgando de un clavo, con el reborde de bakelita, de plástico colorado, y los espejos rajados, de bordes rotos, detrás de las puertas de los roperos, sucios por dentro, percudidos y donde había quedado el alma peinada de todos los que alguna vez, después de peinarse con brillantina o gomina, se miraron por última vez en ese espejo.

         El que nunca compraba se levantó y se fue.  Se fue y yo di vuelta la cara y me quedé mirando y me quedé mirando los delfines.  Se alejó por el pasillo desierto.  Por primera vez me di cuenta de que no se le oían los pasos.  Entonces supe que ya nunca más iba a volver a ver a el que nunca compraba.

         Ya habían pasado las cinco.  Ahora iban a empezar a pasar el disco.  Entonces, por primera vez en cinco años, sentí unas extrañas ganas de escucharlo.

          El disco de los Beatles era el único disco que pasaban en la galería.  Lo pasaban a eso de las cinco y se llamaba Please, please me y del otro lado nunca supe lo que había porque nunca, en cinco años, lo dieron vuelta.  Yo me sabía el disco de memoria.  Conocía anticipadamente y con toda exactitud las partes en que estaba rayado.  Podía predecir cuándo el disco iba a empezar a girar en falso y cuándo los Beatles se iban a atascar e iban a empezar a cantar ininterrumpidamente camon, camon, hasta que la chica de la zapatería levantaba la púa y entonces había como una tierra de nadie, y después los Beatles volvían a cantar uno por uno Please, please me como si no hubiera pasado nada.  Conocía de memoria todo eso; sin embargo, esa tarde sentí una ansiedad, unas ganas extrañas de volver a escuchar el disco.

          Me esfuerzo por recordar y creo que lo consigo.  Fue por la mañana, a eso de las nueve, cuando ya había sacado al pasillo el exhibidor de las tarjetas humorísticas y me disponía a barrer.  El frío que venía de la calle se me incrustaba en las manos y yo trataba de barrer lo más rápido posible, cuando al intentar sacar el escobillón que se había metido de perfil por el hueco de la puerta rebatible vi el poster de los delfines.  El escobillón no quería salir y mientras tironeaba del palo, los miré.  Primero los miré sin ver, como se miran las cosas cotidianas.  Porque hasta ese momento yo miraba el poster de los delfines como podría mirar Otoñal o Ternura o el poster de la mona Chita o los tres paisajes de de La Angostura o el de Neruda (Alta y pequeña mía) o el del pobre Jim Clark en el coche en que se mató.  Así es.  Los delfines seguían estando ahí, inmóviles y borrosos bajo el agua, desteñidos.  Pero de pronto vi que se movían.  En medio del frío del pasillo, con el mentón apoyado en el palo del escobillón, los vi avanzar bajo el agua, en diagonal, como prolongándose.  Los acababa de ver como si se hubieran movido.  Rápidos, azules, seguros, violentos, como una firma o un relámpago.

          Entonces entré, bajé el escobillón al sótano, volví a subir, me senté en mi silla, apoyé los codos sobre el mostradorcito, metí la cara entre las palmas de las manos y me puse a recordar.

           Ahora no lo podría precisar con exactitud, pero creo que en ese momento tuve como un vislumbre.  Porque creo que entreví el sobretodo aquél, azul, modelo Ulster, que me compré una tarde (por más que me esfuerzo no puedo recordar dónde), veinticinco años atrás cuando me fui de la casa de mi cuñado.      

          De lo que sí estoy seguro es de que esa mañana (si no me hubiera interrumpido la única clienta) yo habría estado a punto de relacionar el primer hecho (la premisa mayor, como decía mi cuñado) con los subsiguientes hechos que se precipitaron después.  Porque esa mañana al entrever el sobretodo azul modelo Ulster lo habría relacionado con los tiradores de nailon.  Lo habría relacionado con mi cuñado mostrándoles a las visitas los tiradores de nailon que había traído de los Estados Unidos, junto con los breeches y las polainas.

         Cuando mi cuñado mostraba los tiradores de nailon, lo primero que hacía antes de levantarse de la mesa era apoyar las dos manos sobre la carpeta como para darse impulso.  Entonces en el terciopelo de la carpeta quedaban las marcas de los dedos como si el verde se hubiera vuelto húmedo.  Después se oía el ruido de la silla al correrse, y mi cuñado, ya de pie, señalaba hacia el aparador y decía: “Ahora van a ver lo que es esto”.  Pero no iba directamente hacia el aparador sino que daba la vuelta entera alrededor de la mesa para crear el suspenso.  Por fin, cuando ya estaba frente al aparador, hacía girar la llave de bronce, abría la puertita encristalada y mientras decía: “Shhhhh.  Hagan silencio.  Ni se imaginan lo que van a ver”, sacaba de la bandeja de la licorera el estuche de los tiradores de nailon.  Después, mirando a todos con los ojos entornados (a los grandes y a los chicos), se sentaba, levantaba la tapa de celofán duro, la dejaba al lado del centro de mesa, corría el precinto de cartón, se levantaba y mirando hacia la araña mantenía en alto los tiradores con las dos manos, estirados, para que todos pudieran ver el contraluz que producían las lámparas en forma de vela de la araña.  “¿Ven todos?”, preguntaba mi cuñado.  Pero no acercaba los tiradores.  “Más cerca no se puede.  No insistan”, decía mi cuñado, “se puede sobrepasar el punto de dilatación”.  Entonces los grandes se paraban, se apretujaban alrededor de la mesa, levantaban los brazos y trataban de tocar los tiradores con la mano.  “De a uno, de a uno por vez.  Prontito”, decía mi cuñado.  Los grandes hablaban todos juntos: “Tengan cuidado con el centro de mesa que es de cristal”. “Es increíble.  Son transparentes”. “Van a tirar la carpeta al suelo”.  “¡Pero si son de vidrio, de vidrio!”.  “De vidrio, de vidrio, de vidrio. ¡Qué descubrimiento! De vidrio líquido son.  Son de Norteamérica.  ¿Qué te creés?”  “¿Ya está?”, preguntaba mi cuñado.  “Prontito que se me cansan los brazos…”

          El hermano de mi cuñado, siempre sentado, siempre hablando al final, en la otra punta de la mesa, pasando el dedo por la carpeta de terciopelo (opacándola allí donde tocaba), decía: “Esto va a ser la muerte de la tela. Y de la goma también si se descuidan”.

          Después mi cuñado volvía a sentarse, volvía a guardar los tiradores en el estuche, volvía a ponerle la tapa de celofán duro, volvía al aparador y mientras volvía a abrir la puertita encristalada, decía: “Lo que van a ver ahora es otra cosa.  Vayan haciendo silencio”.  Y después de acomodar el estuche de los tiradores sobre la bandeja de la licorera, cerraba la puertita y bajaba el Quijote (que estaba al lado del teodolito).  Antes de sentarse lo depositaba suavemente sobre la mesa y después iba sacando lentamente el libro de la caja especial que se había hecho hacer por el encuadernador de la imprenta de Vialidad.

          “Shhhhh”, decía mi cuñado, “hagan silencio”, y señalaba la tapa con el índice (pero sin tocar el cuero para nada) y mostraba (como si estuviera señalando en un mapa) los galones de los cantos, el gofrado en la guarda árabe, el señalador de badana carmesí.  Después esperaba un momento, miraba a todos (uno por uno) con los ojos entornados y abría el broche. “Fijensé los movimientos helicoidales”, decía.  “Atención que voy a abrir la tapa.  Vayan prestando mucha atención a los dibujos. Shhhhhh.  No toquen”.  Y lentamente, con una lentitud que ponía nervioso, mi cuñado iba levantando las hojas de papel de seda que protegían los grabados.  Entonces los chicos se apretujaban alrededor de la mesa y se pisaban los pies tratando de ensartar el mentón sobre la carpeta de terciopelo para poder ver las ilustraciones de Gustavo Doré.  “¿Ya está?”, decía mi cuñado.  “¿Ya vieron todos? Prontito que voy a pasar”.  Los grandes se empujaban detrás de mi cuñado  y hablaban todos juntos y decían: “¡Qué maravilla!”, “¡Mirá qué natural!”, “Parece una fotografía”.  “Es una fotografía”.  “¿Cómo una fotografía? Es un dibujo, es”.  “Un dibujo, dijo.  Lo acaba de decir”.  “Esto sí que aquí no se ve”.  “Aquí no se ve porque no se vende aquí, ¿qué te creés?” “Claro que sí, si lo trajo de Norteamérica”.  “Lo trajo de Norteamérica pero es de España”.  “Es de España, es de España, es de España.  Es de España pero lo compró en Norteamérica, ¿qué te creés?”.

       A continuación mi cuñado mostraba la birome.  “Ahora van a ver”, decía mi cuñado, y poniéndose de espaldas volvía a girar la llave de bronce, abría la puertita y de al lado de la licorera sacaba la birome de Norteamérica.  “Esto no se los tengo que explicar”, decía mi cuñado, “esto es todo gráfico”.  Entonces mi cuñado, antes de volver a sentarse, sacaba del estante el block de Vialidad y seguido por la mirada de todos se sentaba y escribía.  Lo primero que escribía era la frase capicúa “dábale arroz a la zorra el abad”, después las otras palabras capicúas, “Yatay, Natán, yo soy”.  Después escribía: “Buenos Aires, 15 de agosto de 1947”.  Después escribía su nombre y apellido (su apellido primero y su nombre después).  Después firmaba, garabateaba sobre los números y las columnas de las hojas del block de Vialidad.  “Observen el trazo”, decía, “miren con atención. ¿Ven? Si uno lo pone así, en chanfle, escribe más fino, ¿ven?”  Todos los grandes estaban definitivamente parados por detrás de mi cuñado, los chicos en puntas de pie alargando el mentón, mientras el hermano de mi cuñado seguía sentado y solo en la otra punta de la mesa.  “Observen, observen”, decía mi cuñado y seguía escribiendo y escribiendo dando vuelta las hojas: “Ana, oso, ala, Neuquén”.  Los grandes decían: “¡Qué maravilla!”, “Es increíble”, “Sin pluma”, “¿Cómo hace?”, “Sin pluma, sin pluma, sin pluma.  Sin tinta escribe.  ¿O no te diste cuenta todavía?”, “Tinta tiene que tener, lo que pasa es que no es tinta líquida”.  Hasta que el hermano de mi cuñado, que siempre hablaba al final, pasando el dedo por el terciopelo de la carpeta decía: “Es una bolita.  Una bolita chiquita que va girando con la presión de la mano”.

          Ahora escribo, hago garabatos, largas espirales en los bordes y me veo (treinta años atrás) la tarde en que mi cuñado se fue a hacer una mensura a Madariaga.  Voy recordando que lo primero que vi esa tarde al volver del colegio (antes de ver el atado vacío sobre el mármol del aparador) fue que al lado de la caja del Quijote, el teodolito no estaba.  Porque en el estante de arriba se veía un rectángulo distinto: se veía el rectángulo flamante en el empapelado, los florones dorados y escarlatas, en el mismo rectángulo que ocupaba el teodolito, igual al rectángulo que dejan en las paredes los cuadros que ya no están.  Después vi el atado vacío.  Y ahora me recuerdo con el pelo negro, peinado al medio, la nariz alargada, los ojos bajos (un poco torcidos como urdiendo algo), abriendo el atado, sacando el papel, desdoblándolo, alisándolo con la palma de la mano, dándole vuelta, el dorso hacia arriba, la parte plateada (la del papel plateado), para abajo, la parte blanca (la del papel de seda), para arriba, apretándolo para que se alise contra el mármol veteado del aparador.  Recuerdo lo que escribí.  Lo primero que escribí.  Doce días después me fui de la casa de mi cuñado.

          Ahora siento que el recuerdo es como una acechanza, algo agazapado que está por saltar.  Siento que aquella mañana quizás lo haya sabido todo, lo haya visto todo.  Pero recién ahora veo nítidamente el último grabado, la amplia camisa, las manos flacas, los ojos hundidos, don Quijote muriéndose.

          Los grabados de Doré estaban en las páginas impares, en páginas distintas, de papel más grueso, satinado, de fondo ocre (o amarillo marfil).  tenían un papelito de seda impecablemente pegado en el borde de arriba (en el lado menor).  Pero mi cuñado mostraba primero la tapa, y la tapa era de cuero, granate en el centro, púrpura en los costados.  Tenía punteras empastadas, con vetas ocres, tenía un redondel repujado en el medio, con guardas árabes gofradas alrededor, tenía un filete dorado en los cantos y estaba impreso en Barcelona por Jaoquín Gil editor, Calle de Montaner 68.  Sólo la caja era distinta.  Y cuando mi cuñado se iba al campo (a hacer una mensura, a Madariaga), y se llevaba el teodolito, la caja donde guardaba el Quijote quedaba sola y distinta junto al rectángulo vacío que dejaba el teodolito y entonces se veía el empapelado flamante.

          Recuerdo la sugestión que la palabra mensura tenía para nosotros, los chicos; más que teodolito, todavía; más que agrimensor, más que vialidad, más que sobrestante.  Sólo era comparable con la sensación que nos producían los grabados de Doré, casi azules por el fondo marfil del papel, cuando don Quijote se alejaba rayita por rayita hasta hacerse casi imperceptible en la neblina del crepúsculo, y Sancho Panza era sacado a espadazos de los establos y en la perspectiva veíamos cómo el aliento de los bueyes se esfumaba en una sensación de frío llena de luz.

          Me levanté bruscamente.  Volví a salir al pasillo.  Ya la única clienta estaba llegando a la calle.  Sus pasos no resonaban y entre la pila de frascos de esmalte para uñas, los paquetes de horquillas y las gorras de baño, la novia de América, con el peine inmóvil sobre la peluca, me seguía mirando.  Entonces di la vuelta y caminé hacia el fondo.  Llegué hasta el caballito mecánico.  Pasé delante de los locales vacíos, miré las paredes del local doble del camisero, las marcas más claras en el lugar donde habían estado las estanterías, las dos vigas en cruz en la vidriera rota, los diarios viejos tapando el frente de compro oro, el cartel bermellón en el acuario vacío, el polvo cubriendo el quiosco del ciego.  Entonces volví.  Miré la calle.  Pero la raya de sol no estaba ya sobre la persiana de la joyería.  Caminé, entré, volví a sentarme.  “Otra vez sentarme”, pensé.  “Esperar que se hagan las cinco.  Decirles que no, que mapas de la plataforma submarina no”.  “¿y qué pasa?”, pensé de pronto mirando los delfines, “si a las cinco de la tarde don Quijote y Sancho Panza, con un buen traje de buzo para caballeros andantes, don Quijote; con un buen mameluco para burros, el burro de Sancho Panza; con la lanza en ristre, don Quijote (bien protegida por una buena bolsa tubular de plástico) embistieran los molinos de viento en el fondo azul de la plataforma marina.  “¿Habrá delfines en la plataforma submarina?”, recuerdo que pensé.

          Ahora la novia de América no me miraba.  Había vuelto a peinar la peluca.  Tenía los ojos bajos con las pestañas postizas como arañas absortas.  Y entre las puntillas que colgaban, las cintas de colores y los cierres envueltos en celofán vi sus ojeras marrones como canoas quietas en un agua estancada.  De pronto parpadeó y se quedó mirando lejos.  Entonces la vi en la noche.  Un reloj de porcelana, panzudo, la mesa de luz, el vaso de agua por la mitad, las pastillas, el insomnio, las revistas pornográficas caídas por la alfombra, la novia de América con la boca abierta, la pintura corrida por la cara como lágrimas de tiza, la cara contra la pared, crispada y quieta, doblada, volteada, doblegada entre la almohada, el llanto y el velador.

          Cerca del medio día la idea del único fósforo se fue adueñando de mí.  Después me persiguió durante toda la tarde.  Pensaba en la garrafita del thiner, en el sótano, junto a la caja de “Llovet y Segur”, junto a los diecinueve cuadernos Gloria.  Después, no sé por qué, recordé la bolsa de hule y pensé en la premisa mayor.

          La bolsa de hule era la premisa mayor y mi cuñado me había explicado qué significa una premisa.   La bolsa de hule colgaba de un segmento de hierro T  empotrado en la pared de la cocina y mi cuñado me había explicado, haciendo los dibujitos en las hojas del block de Vialidad, el principio del hormigón armado.  Después hizo el agujero en la pared de la cocina y yo miraba mientras empotraba el segmento de hierro T, al costado de la frigidaire, pegadito al almanaque de Gath y Chaves (Gato y chivo decía el hermano de mi cuñado, cada vez que entraba a la cocina, señalando el almanaque con el dedo y riéndose para adentro como si no hubiera nadie).  Entonces yo, todos los jueves, a las diez de la mañana, me ponía en puntas de pie y descolgaba la bolsa de hule. Lo primero que tenía que hacer era traer los cornalitos de la feria, sacarlos de la bolsa de hule y ponerlos encima de la plancha de acero de la cocina económica.  Entonces entraba mi cuñado, abría el paquete, desplegaba el papel de estraza y verificaba si eran medianos.  Después yo tenía que volver al puesto del pescadero y pedirle que me los cambiase.  Recuerdo que recién después tenía que comprar El Mundo Argentino y después las galletas de miel y ponerlas en plano inclinado.  “Quiere decir en diagonal”, me decía mi cuñado; “oblicuas, en chanfle.  ¿Entendiste? Te voy a enseñar: vamos a suponer que El Mundo Argentino es la hipotenusa de un triángulo recto.  Muy bien.  Ya tenemos entonces uno de los tres elementos del triángulo.  ¿Qué otros dos elementos del triángulo nos faltan? No.  Los catetos.  Entonces tenemos que: el interior de la bolsa de hule es el cateto mayor, el borde lateral de la bolsa es el cateto menor y El Mundo Argentino es la hipotenusa.  Entonces si vos ponés las galletas de miel sobre la hipotenusa, las galletas de miel no se impregnan con el olor a pescado.  ¿Y sabés por qué?  Porque el papel de estraza, que tiene la cualidad de ser muy absorbente, no se moja en absoluto.  Es como si vos pusieras un objeto cualquiera sobre un plano inclinado.  ¿Qué sucede si yo dejo una pelota, por ejemplo, sobre la parte superior de un plano inclinado? Se cae, muy bien.  Es decir, entonces, que los cornalitos se sustentan sobre la propia base.  ¿Entendiste? Es el principio de la represa.  Andá y cambialos.”

         En este momento estoy dibujando sobre el margen amarillo del último de los cuadernos Gloria, la espada cantora del príncipe Valiente.  Durante cinco años, durante treinta y cinco años, no me había acordado nunca del príncipe Valiente.  Ahora lo recuerdo.

          El príncipe Valiente ocupaba siempre una página impar de El Mundo Argentino.  El príncipe Valiente tenía textos y dibujos de Harold Foster y un circulito con una C  en el medio y después decía Copyright y unos números y una dirección.  El príncipe Valiente vivía en un castillo de Thule.  El príncipe Valiente era el hijo del rey Aguar.  El príncipe Valiente era el caballero más alegre y animoso de la Tabla Redonda.  Luchaba contra los vikingos, los normandos, los pieles rojas y los visigodos.  El príncipe Valiente era el amigo de sir Camelot.  El príncipe Valiente había recorrido a caballo todas las costas de Britania.  Había vencido a Genserico, el poderoso rey de los vándalos.  Había derrotado al gran Gungir, el gran señor de Overgaard.  Había derrotado al hijo del gran Gungir, el feroz Ulfrún, al que obedecían hasta la muerte todos los vikingos.  El príncipe Valiente amaba a Aleta, que era rubia y de esplendente belleza y que guardaba una daga en su seno para defender su honra.  El príncipe Valiente protegía a su viejo amigo, el lisiado Gundar, el constructor de barcos, el que le había construido al príncipe Valiente un bajel de magníficas líneas y que había quedado lisiado al ser sorprendido por sus enemigos durante una cacería de lobos marinos en el lejano norte.  El príncipe Valiente cazaba osos y ciervos y alces en la selva y antes de entrar en batalla desenvainaba la Espada Cantora y sobre su empuñadura hacía el juramento de perseguir a Ulfrún hasta la muerte.  El príncipe Valiente salía todos los jueves en El Mundo Argentino que yo tenía que sacar de la mitad de la pila y mirarlo bien.  “Miralo bien”, decía mi cuñado, “tenés que sacar uno de la mitad de la pila y mirarlo bien.  Tenés que elegirlos de la segunda porción de la pila, como si hubiera una línea imaginaria.  ¿Entendiste? Tenés que elegirlo de la mitad de la pila hacia la base.  Siempre las primeras revistas están deterioradas, llenas de mugre, asquerosas.  Por eso las ponen arriba.  Es lo primero que hacen los diarieros.  ¿Y sabés por qué? Para sacárselas de encima, para evitar la devolución.  Son lo peor que hay.  Andá y cambiala.”

          Ahora estoy por llegar al final.  Estoy por dar vuelta la última página del último de los cuadernos Gloria.  Ahora recuerdo cuánto da un número elevado a la potencia cero. Recuerdo dónde compré el sobretodo azul modelo Ulster.  Lo compré en una tienda que ya no está, en la calle Bernardo de Irigoyen. Recuerdo una por una las cuarenta y ocho láminas del diccionario de Saturnino Calleja.  Recuerdo la lámina y recuerdo los guerreros: los fusileros del rey, los dragones de la reina, los ulanos, los legionarios, los infantes espartanos, los ballesteros gascones, inmóviles y litografiados en la trama imperceptible del papel ilustración.

           Recuerdo las largas tardes mirando la lámina de los guerreros, los centuriones rígidos como las figuras en las barajas, los aurigas duros en los carros, los coraceros inconmovibles.  Recuerdo que los miraba (treinta y ocho años atrás)  tratando de adivinar sus vidas.  Después supe que iban a quedar en el barro para siempre, en el fondo de los desfiladeros, en ciénagas, páramos y fangales, tronchados y con los ojos abiertos y ahora recuerdo a los húsares que van a morir de cara al cielo, la guerrera ensangrentada, el morrión pisoteado por los cascos de los caballos, el musgo que irá creciendo entre las charreteras.  Recuerdo los samuráis que van a morir en bosques de abedules, los príncipes polacos rodando en la última embestida y los que van a morir en las Galias y en la Martinica, en las llanuras del Lacio, en una vieja casa de madera de Estambul.  Recuerdo lo que decía en la portadilla, al dar vuelta la tapa entelada del diccionario de Saturnino Calleja, decía: Saturnino Calleja, editor, calle de Noguer 95, Barcelona 23, España, 1915.  Y veo a mi cuñado volviendo de hacer una mensura en Madariaga, bajando del coche, bajando el teodolito, el trípode con los herrajes pintados de rojo, los breeches embarrados, las polainas embarradas, el cordón de cuero desatado, mi cuñado lo va a pisar, siento que tengo que avisarle, siento que ya es tarde.  Mi cuñado está midiendo con el teodolito.  Mide hasta dónde han llegado mis palabras.  Va a empezar por lo que escribí en su casa sobre el papel de los cigarrillos “Fontanares”, va a medir la distancia, las pensiones, los espejos, va a llegar hasta el último de los cuadernos Gloria.  Pobre mi cuñado.  Se va a perder.  Oscurece.  No sabe dónde está.  Apenas si reconoce unas totoras confusas, unos mimbres envarados, unos juncos que se le atraviesan entre los ojos y los anteojos y algo le va a golpear la cara en la oscuridad.  “Escuchen, escuchen todos.  Atención”, dice mi cuñado  tratando de apartar algo con la mano.  “Atención.  Hagan silencio.  Shhhh”.  Es como si apartara un mechón sobre la frente.  Pobre mi cuñado.  “Todo número elevado a la potencia cero es igual a uno”, dice mi cuñado.  Pero no hay nadie.  “Escuchen todos.  De a uno en vez.  Ana, oso, Yatay, Neuquén, Natán, yo soy, dábale arroz a la zorra el abad”.  Pero el silencio es tan grande que se escucha el lejano chasquido de la leña en la cocina económica y el bombeo del motor en la frigidaire.  Mi cuñado busca con los ojos al hermano (que siempre hablaba al final), pero en la otra punta de la mesa, lejano, pasando el índice por el terciopelo de la carpeta (opacándola allí donde tocaba), el hermano calla.

           Y ahora, que es de día, que mi cuñado pálido y ojeroso, con una polaina menos, con el cordón de cuero de la tobillera de la otra polaina arrastrándose, con los breeches rotos, embarrados, ladeado y rengueando, consigue clavar el trípode del teodolito, alguien impreciso y necesario como su sombra en el suelo lo tapa.  Después se cruza un tren.  El tren se va por un andén solitario y la sombra corre y corre junto a una ventanilla cerrada.  El tren se separa de la  mano  de la sombra.  La sombra de la mano de la sombra se estira desesperada y mi cuñado se queda mirando el humo final y la curva lejana y quieta de las vías.

           Faltan diecinueve renglones para terminar el último de los cuadernos Gloria.  Pero por más que dibujo tres croquis en el margen izquierdo, por más que ahora recuerdo que mi cuñado tenía un casco de corcho con barbijo, un casco de corcho que a nosotros los chicos nos parecía de explorador, no puedo saber de quién es la sombra.  Tal vez sea la sombra de mi padre.  La sombra de mi madre.  No sé.  Del Quijote de mi cuñado baja don Quijote.  El príncipe Valiente desenvainó la espada cantora.  Con la punta de la espada abre el broche helicoidal.  Con la punta de la espada levanta (con toda prolijidad) el papelito de seda que cubre el grabado de Doré y don Quijote y Sancho Panza (con la lanza en ristre don Quijote) se internan en la plataforma submarina seguidos por los delfines de este poster que estoy despegando de la puerta rebatible, mientras pasan el disco de los Beatles, la novia de América me está mirando, va a llegar el que nunca compraba, escucho los pasos de los tísicos invisibles, voy a bajar al sótano, voy a subir la caja de los cuadernos Gloria, apoyo sobre el mostradorcito (con mucho cuidado para no romperlo) el poster de los delfines, corto al borde (bien al ras) los pegotes de dúrex que sobresalen, doy vuelta el poster (la parte de atrás, la parte blanca hacia arriba), abro el cajón del mostrador y saco la plancha de aluminio con el número uno (las más grandes) de las letras autoadhesivas color naranja.

Suscribirse

Información sobra. Falta entenderla

Medios locales y redes sociales

Stella Berduc, la avanzada

"Hay gente que teme más pensar que morir"

Laura Forchetti: poesía y feminismo

Zidane, crónica del pájaro que daba cuerda al mundo