Borges, Veiravé y López Merino

Juan Basterra-. Un relato de sobre Borges, el platense Lópes Merino y el entrerriano Veiravé



La tarde del 22 de Mayo de 1928, Francisco López Merino recogió el par de guantes que guardaba en el último cajón del escritorio de la gran biblioteca familiar, envolvió en un pañuelo bordó el revólver calibre 38 con el que su abuelo materno se había jugado la vida en un duelo de honor en el corazón del bosque de La Plata y con paso firme se dirigió a los salones dorados y bordó del Jockey Club. Los pocos comensales que aguardaban desapaciblemente el horario de la tertulia saludaron apreciativamente al joven poeta (uno de ellos, inclusive, le guiñó el ojo, en tácita convención de condiscípulo simbolista) y cuatro minutos después escucharon el sonido atronador y cóncavo de un disparo. Se miraron sorprendidos pero acaso conociendo perfectamente la respuesta a la misma pregunta no formulada por ninguno de ellos.


Dejaron un desorden de sobretodos y sombreros sobre los sillones del salón y corrieron escaleras abajo hacia el baño de caballeros. López Merino estaba arrodillado frente al lavatorio de mármol. El arma estaba en su mano derecha. Sobre el piso y velando también los reflejos amortecidos de las lámparas en el espejo, la sangre era una deflagración rojiza. “Panchito” sonreía. La joven muerte no había podido solemnizar su último gesto. Jorge Luis Borges, que era su amigo y confidente, escribiría para siempre su final en “Mayo 20, 1928”, acaso equivocando deliberadamente la fecha de su muerte, acaso sabiendo perfectamente que el “común olvido” terminaría confundiendo la cronología. Pocos días antes de la muerte de López Merino, el padre de Borges fue visitado por el tímido muchacho platense. Jorge Guillermo Borges estaba cabeceando la siesta en la cama matrimonial. Se levantó parsimoniosamente y abrazó a López Merino. Hasta el último día de su vida  “Georgie” recordaría la despedida de su padre y el joven dandy platense.

Cincuenta y cuatro días antes de la muerte de Merino nacía Alfredo Veiravé. Comenzó a leer a Borges a los catorce años; dos meses después decidió y se juró a si mismo escribir como Borges. Se dijo:
“Si el destino no me es avaro, algún día seré digno de su ejemplo”. 


En “Cuaderno San Martín”, del mismo Borges, a mediados de la década del cuarenta, dio con  López Merino en el angélico retrato borgeano que epiloga la joven vida del poeta desaparecido. Lo sobrecogieron los versos:

“Si te cubriste,
por deliberada mano,
de muerte,
si tu voluntad fue rehusar todas las mañanas del mundo,
es en vano que palabras rechazadas te soliciten,
predestinadas a imposibilidad y a derrota”.

Durante dos días buscó los libros de  López Merino en Gualeguay. Fue inútil: era uno de los tantos buenos poetas argentinos de principios de siglo y como tantos otros, comenzaba a ser olvidado. Pocos meses después viajó a La Plata. Compró en una librería de saldos “Tono menor” y “Las tardes”. Los leyó de un saque en la confitería “París”. Paseó por las diagonales. Al llegar a la calle 49, estampó un sonoro beso en uno de los muros de la monumental casa familiar de los López Merino. Recitó ese poema que tanto lo había impresionado, “Ligeia”, con lágrimas en los ojos. Escuchó el chirrido del tranvía. Anochecía. Comenzó a ensayar un verso. Íntimamente sabía, con absoluta certeza, que ya era un poeta.


En el 52 Borges visitó Gualeguay. El joven presentador del poeta en la gala a celebrarse la noche del 25 de julio en los salones del club Social, era Alfredo Veiravé. Él mismo pidió alojarlo en su casa. Borges tenía problemas con la vista y un paso lento y vacilante. Se le dio la pieza del fondo de la gran casa familiar. A un costado estaba el baño. Detrás, los jardines. Borges salió a respirar el aire balsámico de los árboles acompañado por Veiravé. Cada tanto apoyaba su mano sobre el hombro de su joven y nuevo amigo. Caminaron por las calles de la ciudad. Se recitaron poemas. La formidable memoria de Borges comenzaba a reemplazar  imágenes por palabras. Veiravé preguntó por López Merino. Borges hizo una pausa deliberada antes de decir: “que curioso. Anoche soñé con panchito. Estábamos sentados con dos de sus hermanas en la plaza Moreno. Siempre lamentaré no haberlo acompañado a La Plata el día de su última visita a casa.”
Esa noche Veiravé semblanteó a Borges antes del discurso y la cena. Leyó:
“Borges dijo alguna vez, y para siempre, que Evaristo Carriego es un personaje del mismo Carriego. Pensándolo, he extendido esta posibilidad a todos los hombres. De manera que Borges mismo es también producto ideal de él mismo, superior a su realidad misma”.
Pocas horas después y antes de acostarse, Borges dijo a Veiravé:
“estuve pensando en sus palabras y vea usted, en panchito Merino, del que hablábamos esta tarde. Es probable que el Merino que buscó la muerte en el baño del Jockey no sea el verdadero Merino, sino un producto ideal de su propio anhelo y el verdadero Merino, aquel que no podremos ver jamás, siga agotando las calles de su ciudad querida. Desearía ese destino para Merino”. 
Fueron sus últimas palabras en la noche insomne y dilatada de Gualeguay. Al otro día emprendió el viaje de regreso a Buenos Aires. Antes de subir al colectivo susurró al  oído de Veiravé: “¿quién sabe? Acaso Merino apruebe nuestras tonterías. Acaso sonría con nuestro cariño”.

Ambos poetas sobrevivirían a Merino muchísimos años; Borges falleció en la Ginebra de su adolescencia, el 14 de junio de 1986; Veiravé lo acompañaría algunos años después. La tarde del 22 de noviembre de 1991, después de una siesta presagiosa y sobresaltada, miró por última vez el cielo en los ojos de Pía Rizzotti, su querida  esposa, alargó el brazo casi exánime hasta el velador más próximo posado sobre “Tono menor” de Francisco López Merino y fue dando comienzo, en el torbellino fragoroso de la vida que lo abandonaba para siempre y entre los retazos cada vez más dispersos de su conciencia, a su último e inacabado poema.

Suscribirse