"Anacleto"

Juan Basterra-. Un nuevo capitulo de la novela "La Cabeza de Ramirez"  En este capitulo el autor habla del lugarteniente de Ramirez, Anacleto Medina



Algunos lo llamaban “el indio”. Hasta el último día de su vida, en el que habría de ser supliciado antes de ser muerto y descuartizado, sintió como un insulto el apelativo.
 Analfabeto, solía decir a Gerónimo Machado, su secretario y compañero hasta la muerte:
 -Me dicen indio. Eso es cosa del coronel Arredondo que siempre me tuvo en la mira y me tiraba mentiras. Por suerte de mi lado tuve al general Francisco Ramírez, que siempre me defendió como a un hermano de los infundios.
 Pasaba el mate con agua hervida –como le gustaba cebar- a Machado y continuaba:
 -Que voy a ser indio, si mi padre fue santiagueño y mi madre, con la piel del color de la nata, relucía al sol del mediodía. Soy pardo por la inclemencia, no por otra cosa. En “las víboras” me decían gringuito, fíjese bien. En de seguro que no erraban.
 Machado sonreía: las defensas de Medina lo enternecían y miraba al viejo y desgastado coronel de Dragones con el aire complaciente y afectuoso que se adopta con un hermano. Su respuesta no tardaba en llegar, a tal punto era siempre la misma y casi sin matices:
 -Lo sabemos, coronel, lo sabemos. Ser indio no es ninguna desgracia, casi todos lo somos. No reniegue coronel. Su madre blanca como la perla, pero su padre pardo como la oreja del timbó.
 Medina largaba la carcajada y golpeaba con su callosa y enorme mano el muslo de Machado. El mate seguía circulando entre los dos mientras las sombras iban ganando la tarde del campo santiagueño por orden de la altura: primero los pastos y el  suelo revuelto por los cascos; después, los pequeños espinillos, como ese viejo vinal que el coronel amaba tanto y por último los grandes quebrachos -inmensos, elevaciones pétreas-  que culminaban el dosel del monte.
 -Cuente coronel, cuente la última batalla de Ramírez- Machado sabía muy bien que el coronel era una especie de niño en el placer de la repetición, y se preparaba a escuchar el viejo relato que el coronel repetía hasta el hartazgo en las soledades de los últimos años, años que habrían de ser tan desgraciados por esa ceguera del diablo que le cegaba los caminos y hasta el estado de su rostro.
 -Ya le dije a usted –comenzaba el coronel fijando en la última luz el blanco grisáceo de sus ojos exánimes -, era por julio del 21. Había un paraje llamado San Francisco, sobre el norte de Córdoba. Hicimos noche en ese lugar. A la mañana temprano se nos vino una división fuerte pero la cargamos y la echamos para el palmar. Yo tenía menos de sesenta hombres. El general estaba lejos. Se nos vinieron tres escuadrones. Salieron del palmar dos divisiones que persiguieron al general. No lo volví a ver. Yo me retiré con mis hombres a un algarrobal donde perdimos a la partida que nos seguía. Al rato nomas, un soldado de su escolta viene y me dice: “a nuestro general lo han muerto. Póngase a la cabeza de la fuerza”. No quedaban ni sesenta de los míos –volvía a repetir Medina-. Los del piquete que acompañaba al general contaron que en la carga que les hizo a los que lo perseguían, fue herido en una descarga.
 Medina calló. El enorme hecho que había arrebatado a su jefe lo atravesaba como una lanza pampa que lo seguía hiriendo a pesar de los años transcurridos. Como siempre que contaba la historia, dirigía los ojos hacia poniente y esperaba que la noche absoluta que comenzaba a cercarlo –una noche que para él había comenzado hacía más de cincuenta años, con la muerte de su general-, llegara de una vez por todas y para siempre.