Ana Fabani: la muerte y la niebla

Joakito.- Tal vez es la propia Ana Teresa Fabani la que mejor describe su vida. "Mi hogar de niebla", obra editada después de su muerte, recrea las circunstancias que rodearon su desenlace y tal vez sea una síntesis de su legado literario.


Esta escritora nacida en Concepción del Uruguay en 1922 quiso ser diplomática y se aventuró a estudiar en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Litoral pero problemas con su salud dejaron en el camino sus sueños de embajadora.
Ana se enferma apenas se recibe de maestra y debido a su enfermedad se traslada a la provincia de Córdoba donde se interna en una clínica, "Mi hogar de niebla" refleja y describe por dentro los días vividos por ella en esa clínica de la provincia mediterránea.

Ana Teresa Fabani, una de las poetas que fue parte de la generación del cuarenta, reconocida por su vertiente neorromántica y su herencia elegíaca, empezó a publicar sus primeros poemas en el diario "La Calle" de su ciudad natal en el año 1943 y unos años después lo hace en los diarios porteños "Clarín" y "La Nación".
Sin embargo, a pesar de colaborar constantemente con las paginas literarias de los principales matutinos tanto nacionales como de Montevideo, Fabani en vida solo tiene una obra publicada. Se trata del poemario  “Nada tiene nombre”, que apareció poco antes de su muerte en enero de 1949 en ediciones Botella al Mar. Esta obra fue reeditada a fines de la década del 90 del siglo pasado por la Editorial de Entre Ríos cuando era manejada por la poeta Marta Zamarripa.
Además de este poemario Ana había escrito la novela citada arriba que quedó inconclusa y estaba en etapa de corrección cuando la sorprende la muerte a los 27 años.


En "Mi hogar de Niebla" Ana cuenta cómo es vivir con tuberculosis, cuenta de los dolores, de la internación y de por qué no, la anunciada muerte.
Esta obra fue impresa en Buenos Aires, en 1950, y se mantuvo mucho tiempo casi en el olvido hasta que fue rescatada, corregida y editada por la Universidad Nacional de Entre Ríos a través de su editorial en febrero de este año.

Leer a Ana Teresa Fabani es una invitación a lo oscuro, pero también al pasar por las páginas de "Nada Tiene Nombre" es fácil para el lector darse cuenta que es un mismo sentimiento el que motiva cada una de las páginas, creando bellas imágenes que se complementan con sus vivencias.

Compartimos con ustedes dos poemas de este libro, y quien quiera interesarse más puede acercarse a la Biblioteca Provincial de Entre Ríos donde están resguardadas sus obras.




La tristeza de estar no es la tristeza 


que se llora en la lágrima del llanto.
es esa soledad que duele tanto, 
es esa soledad, es sólo ésa
quieta manera de mirar la brisa 
cómo pasa y se vuelve, de oír el canto 
del pájaro y del agua y de la risa, 
y no poder cantar, tener un manto 
delante de la voz y la mirada; 
tener esta tristeza trastornada 
adentro de mi ser, y sufrir tanto...
II
Sensación de tenerme y no tenerme,
apenas sueño acaso no olvidado 
y aún esta ansia de ser, enamorado
vaivén, que nunca nada ha de traerme.
Esta manera de vivir sin paso, 
de viento que pasó, de mero acaso, 
de soledad pequeña y extendida 
sobre el ángulo roto de la vida.
III
Nada se detendrá sobre mi hastío, 
ni el pájaro que canta ni la rama, 
ni la mano o la sien, sólo este mío 
corazón que ni nombra ni se llama.
Sólo la soledad, muerte apagada 
desde el pino y el alba acompañada. 
Sólo la soledad y acaso eso 
que permanece siempre y es la nada. 
Sólo la soledad, constante peso 
sobre mi corazón, iluminada.





Si nada te quedara, cuerpo mío


Si nada te quedara, cuerpo mío, 
ni la sombra ni el paso... Si ni el alma 
te pudiera quedar!... Y en esa calma 
de no ser nada más, siguieras mío...
Si nada te quedara y no sintieras
más el tiempo que pasa, ni el hastío; 
si al besarte unos labios no sufrieras 
un agudo dolor… Y aún fueras mío...
Si nada te quedara y, sin embargo, 
el viento se estrellara todavía 
contra ti, como en árbol fino y largo… 
Y al dejarte te oyera decir: mía...
Si no fueras ya más, ni más yo fuera, 
y quieto este equilibrio, cuerpo mío, 
entre tu ser y yo, se nos muriera; 
¿sentirías después que has sido mío?