Las dos Españas en la Revolución Americana




Jorge Abelardo Ramos aborda la Revolución de Mayo en el libro Las Masas y las Lanzas 1.810-1862, luego compilado en Revolución y Contrarevolución en Argentina. Aquí el fragmento denominado "Las dos Españas en la Revolución Americana"



La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó un día la mitad de América del Sur. 
¿De dónde proceden nuestros límites actuales?
El origen de estas fronteras ¿responde acaso a una razón histórica legítima? ¿Nos
separa una barrera idiomática, cierta muralla racial evidente? ¿O es, por el contrario,
el resultado de un infortunio político, de una vicisitud de las armas, de una derrota
nacional? 

Sin duda aparece como fruto de una crisis latinoamericana, puesto que
América Latina fue en un día no muy lejano nuestra patria grande. 
Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en
ser americanos. 
Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá.


El ímpetu continental de los revolucionarios de Mayo había nacido en límites más vastos y complejos que los que hoy nos definen como Estado. Nuestra irrupción a la vida histórica se expresa en grandes campañas que recorren la América toda. Pero el reflujo posterior disuelve la antigua unidad. Aquella grandiosa nación que midieron las espadas de Bolívar y San Martín es amputada en veinte estados.

 Los ejércitos de argentinos, colombianos y orientales, altoperuanos, venezolanos y chilenos que mezclados combatieron contra la reacción absolutista en América, se disociaron en dos decenas de ejércitos opuestos. Allí permanecen, montando la guardia en las fronteras de nuestra insularidad. 

De ese hecho nació el mito antihistórico de nacionalidades que jamás existieron en el común origen y
que son el símbolo provincial de nuestra debilidad frente al imperialismo moderno.
La Nación, que hasta 1810 era el conjunto de América hispana, y en cierto sentido, también España, se disgrega en una polvareda difusa de pequeños estados.

Vanidosos y ciegos, se reservan la soberanía de su propia miseria. 
Mientras disputan con sus vecinos mezquinas lonjas territoriales, los grandes Imperios,
poderosos por esta balcanización, ofrecen sus buenos oficios como árbitros de
nuestras disensiones de campanario. 
En el siglo que presencia el movimiento de las nacionalidades, la América indo ibérica pierde su unidad nacional. 
En nuestros días se festeja dicha tragedia: esta monstruosidad ilumina sombríamente la pérdida de la conciencia nacional latinoamericana. 
Recobrarla por un acto de reposesión de nuestro pasado histórico, será el primer paso de nuestra revolución.
El proletariado latinoamericano del siglo XX se ha convertido en el heredero de todas las tareas nacionales que la historia dejó sin resolver. 


Sería imposible evaluar lo que fuimos y lo que somos, si ignoramos por qué dejamos de ser. 
La Revolución de Mayo, que los reaccionarios seudo democráticos de la Argentina actual santifican para ocultar su significado es parte indivisible de un grandioso proceso ibero americano que encuentra su centro hirviente en la revolución española de 1809. Examinar la historia de las dos Españas nos permitirá comprender su patético desdoblamiento y su aventura americana.


La clave de la decadencia «lenta e ingloriosa» de España debe buscarse en la debilidad orgánica de su burguesía industrial, el único y verdadero elemento centralizador de los Estados modernos. Ortega y Gasset señalaba en «El Espectador» que «a España le había faltado el gran siglo educador (...) Cuanto
más se medita sobre nuestra historia, diría, más clara se advierte la desastrosa
ausencia del siglo XVIII. Este ha sido el triste destino de España, la nación
europea que se ha saltado un siglo insustituible». 
Ortega aludía al siglo de las luces tan injuriado en nuestros días por la reacción feudal refugiada en los ideólogos fascistas pero que al fin de cuentas fue el siglo del triunfo político e intelectual de la
burguesía moderna. Al suprimir en su revolución victoriosa las estalactitas feudales, abrió el camino no sólo a la emancipación de la personalidad, sino a una potente expansión de las fuerzas productivas.

El carácter históricamente atrasado de España pesó como un fardo sobre las espaldas de sus hijos. ¿Cuáles eran sus causas? 
Después de alcanzar un período de grandeza mundial –la palabra grandeza será una palabra forzosamente española– en España se puso el sol. Mientras Europa desarrolla el capitalismo y la burguesía conquista el poder político, España queda al margen de ese proceso y, en cierto sentido, fuera de Europa, es decir de ese Occidente magnético que daría cosas tan importantes al mundo. Si en su viaje a la península Sarmiento dirá: «He estado en Europa y en España»9, disociando despectivamente a la tierra ibérica del tronco continental, en nuestros días se plantea todavía la «desafricanización» de España, es decir, su integración al orbe técnico y espiritual del Viejo Mundo.
Todos los españoles insignes han juzgado el hecho de que África comience en los
Pirineos como la gran desgracia nacional de España.

La burguesía española había sido frecuentemente aplastada. Una de ellas fue la derrota de la sublevación de los Comuneros de Castilla y de las Hermandades de Valencia. Esta tentativa antifeudal de las ciudades españolas en el siglo XVI ahorró el poder económico de los centros urbanos, los derechos políticos del «tercer Estado» y las reivindicaciones de las masas populares. 

«Las cabezas de los conspiradores –escribía Marx aludiendo a Don Juan de Padilla y sus amigos– cayeron en el patíbulo y las viejas libertades de España desaparecieron». 
La unión de la monarquía, la Iglesia y la nobleza totalmente sobrevivida, fue fatal para el crecimiento económico de España; las propias disensiones de la casa real con los señores, a los que aplastó sin transigir con la burguesía, no dejaron a las ciudades la posibilidad de intervenir independientemente en el destino nacional. 
El duelo clásico se entabló entre la España negra y la España revolucionaria.

Apoyado en las inmensas riquezas de la lejana América que constituían un patrimonio personal de la monarquía, Carlos V pudo reprimir sin dificultades en 1519 y 1520 la rebelión de los Comuneros. Los metales preciosos bañados en la sangre de Atahualpa fueron inyectados en las arterias esclerosadas de una sociedad agonizante. 
Ellos aceleraron la crisis de España. La ausencia de una gran industria imprimió su sello a la exangüe economía española. Al despreciar la moneda y elevar los salarios, todos los precios se fueron a las nubes: tales fueron los resultados de la lluvia de oro proveniente del Nuevo Mundo. La «revolución de los precios» arruinó a la España Imperial. Si su gloria nunca estuvo más alta que en los siglos
del descubrimiento y la conquista, la formidable empresa destruyó los fundamentos
de la sociedad española.


Un rey burócrata y sombrío, espejo de un mundo en disgregación, gobernaba
el maravilloso país de Alfonso el Sabio. Felipe II abandonará la explotación de las
minas españolas. Los ingenieros desaparecieron; los técnicos no sabían cómo
emplear sus conocimientos. Felipe ordenó cegar las minas de España para no
despreciar el valor del «oro de las Indias». 

Toda la vida económica y financiera reposaba en los audaces galeones que cruzaban el Atlántico. Durante su reinado la población de España desciende de 10 millones a 8 millones de almas. El
historiador portugués Oliveira Martins escribe:

Sólo el obispado de Calahorra tenía 17.000 clérigos, tan
dignos de castigos, dice Cabrera, que el empleo de alcalde de la
prisión episcopal estaba dotado con 1.500 ducados. La clerecía
representaba la cuarta parte de la población adulta; un censo hecho
durante el reinado de Felipe II (1570) dio 312.000 curas,
200.000 clérigos de órdenes menores y 400. 000 frailes La vitalidad
de los órganos nacionales, agotada en tantos años de grandiosas
empresas, desapareció de la tierra patria, y España parece un
espectro, oprimida por un trono que todo lo absorbe. Gil Vicente
dice que Pronto ya no habrá villanos
¡Todos del rey! ¡Todos del rey!


Una locura tenebrosa parece gobernar los actos del monarca frailesco. 
Los magos y charlatanes de las finanzas, que prometen fórmulas providenciales, suscitan su interés. 

Alguien propone un día de ayuno de toda la nación para dar su importe al rey; otro dice haber descubierto un polvo misterioso que se transforma con un poco de azogue, en plata rutilante. Felipe II escucha a todos con delectación.

Durante el gobierno de Carlos V había en Sevilla 16.000 telares de seda y lana; cuando sube al trono Felipe II sólo quedan cuatrocientos. 
A comienzos del siglo XVIII, el siglo que asistirá al triunfo de la Revolución Francesa y la Independencia de las colonias norteamericanas, la situación de España podía reflejarse en unas
pocas cifras: si dejamos a un lado el ejército de hombres de sotana, había 722.724
nobles, 276.900 criados de nobles; 50.000 empleados en la hacienda pública; 19.000 empleados en otros ramos y 2 millones de mendigos.
Toda la España ulterior del chulo y del torero estaba prefigurada en esa desdichada tierra de frailes, nobles y mendigos, envuelta en las miasmas feudales que caracterizaron históricamente el poder de Los Austria. Sobre el imperio en ruinas se eleva el genio de la picaresca. Entre las risas y las ahogadas lágrimas de sus grandes espíritus, la altanera España engendra una literatura nutrida de su
propia tragedia.



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