"La Portuguesa" otro capitulo de "La Cabeza de Ramirez"

Joakito.- Un nuevo capítulo de la Novela de Juan Basterra, "La Cabeza de Ramirez", donde cuenta el amor del Supremo Entrerriano con La Delfina.
Éste es el segundo capítulo de la novela de este original autor. El primer capítulo puede leerse acá. 


Entre las mujeres capturadas a las tropas que combatían a Artigas, había una portuguesa de pelo dorado y dormán rojo a la que los hombres llamaban “la Delfina”. Había nacido en Porto Alegre en una casa de rameras, y no fueron pocos los que atribuyeron el feliz acontecimiento a la potencia genésica de un virrey portugués - hombre licencioso, divertido y muy procaz en el tratamiento de las anécdotas -que en una misma noche era capaz de satisfacer el apetito desfallecido de cuatro putas antes de pagar condenarios de su propio peculio los favores recibidos.

El pelo de la portuguesa estaba cortado al ras y daba un aire viril a sus rasgos casi perfectos. Por debajo de la boca, un pequeño hoyuelo y un mentón prominente revelaban un espíritu aguerrido y sin complacencias que solamente se trocaba en ternura durante las lides del amor.



 Así la conoció Ramírez y así la amó a primera vista. A las peculiaridades de su belleza se habrían de sumar los fulgores de una mente despierta -expresados en un español que la mujer había aprendido de su comercio con hombres uruguayos- y la sabiduría de un lenguaje de alcoba que
habría de salpimentar largamente los encuentros con el caudillo.

Alternaba en su vestuario dos chaquetas de aladares dorados ya deslucidas por el uso y la friega y tres ponchos calamacos -obsequios de un amante que habría de descerrajarse un tiro después de la catástrofe de Tacuarembó- que en su color bermejo resumían la pasión de su corazón desbocado y el tinte arrebatado de sus mejillas.

Ramírez la vio por primera vez durante una revista de sus tropas en las proximidades de Arroyo de la China. Preguntó quién era la mujer y le respondieron que era una portuguesa que tomada como rehén de guerra por las tropas de Artigas, habíase pasado a la causa de los libres.
El caudillo pidió verla a la sombra de una pulpería requisada que hacía las veces de cuartel general. Los hombres esperaban afuera. La portuguesa llegó montando una mula
y antes de que Ramírez hubiese preguntado nada, selló con dos besos sonoros en las patillas del entrerriano su inagotable curiosidad de amazona. Ramírez sonrió y dijo:
-Veo que en el Brasil los regalos vienen pronto. Por estos lados somos más cautos con el enemigo. Primero, aprendemos a conocerlo.
La Delfina sonrió y dijo:
-No ha ganado ninguna prenda, general. Solo quiero conocer el sabor de un entrerriano.
Ramírez, a quien los halagos convertían en un hombre
vulnerable, sucumbió. Solamente dijo:
-Quisiera volver a verla pero esto está, claro, a su arbitrio.
Dígame como puedo hacerlo.
-Ponga un catre cerca del suyo. Tengo unas pocas ropas y mis armas. No me haga hacer el mate. En eso no soy buena.
-Al agua la calentamos los hombres -respondió Ramírez en medio de sus sonrisas-. De lo otro, se encarga su alteza.
A partir de esa tarde, durmieron juntos. Ramírez, de sueño liviano, contemplaba durante sus despertares el perfil imperioso de su querida. Los reconcomios y las culpas lo asaltaban durante esos momentos pensando en Norberta Calvento. El desasosiego no duraba demasiado: muy pronto
la portuguesa despertaba, vestía su cuerpo casi desnudo con las prendas guerreras, acercaba sus labios finos y apretados a la boca del caudillo y en un registro reposado de mezzosoprano madura -en la proximidad de la ventana por la que ya comenzaba a clarear el alba- entonaba un fado de hondísima tristeza sobre la infelicidad de los amores truncos.

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