¿Está en juego la gobernabilidad?

Osvaldo Quinteros-. Desde lo peor a lo mejor, los escenarios posibles luego de las elecciones de octubre.




Todo puede pasar después de octubre. Desde el peor escenario, que va de una complicadísima gobernabilidad, a una continuidad de lo que hoy vivimos. O el mejor escenario: una recuperación económica que, en el marco del actual diseño, deje la desocupación debajo de un dígito,, aumente la desigualdad social y baje la pobreza a un tercio de los habitantes (es decir, las condiciones sociales en que Cambiemos recibió el país, aunque desendeudado y, a la vez, en default).
Para esperanzarse realmente con un desarrollo en serio, no hay ningún elemento en la realidad que incentive tal imaginación.
Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.




En primer lugar, hay que tener en cuenta que tras las elecciones legislativas la composición de fuerzas en el Senado no cambiará drásticamente, sea cual sea el resultado electoral total del país. Ni en el mejor escenario para Cambiemos, logrará mayoría en diputados y menos aún, en Senadores.
Ni en el peor escenario para el kirchnerismo, perdería la sobrerepresentación que ostenta hoy (el caso entrerriano es paradigmático, con legisladores que no responden a Bordet, ni responderán dado que tienen mandato hasta el 2011, como Julio Solanas y Juan Huss).
El peronismo tampoco definirá un líder, porque son 24 elecciones distintas y los gobernadores enemigos del macrismo triufarán probablemente (Insfran, de Formosa, Rodríguez Saá de San Luis y Verna, de La Pampa) con excepción del caso patético de Santa Cruz donde el brutal ajuste de Alicia Kirchner se contrasta con el enriquecimiento lícito (el ilícito se tramita en Buenos Aires, como parte de la campaña electoral del macrismo y sus medios satélites) de su staff de funcionarios.
El bloque de gobernador naif u oficialistas rabiosos como Bordet y Urtubey, aunque ganen en sus provincias, pondrán candidatos afines al macrismo.
La unidad nacional del peronismo es, sin un líder, algo improbable. Antes y después de las elecciones legislativas.

Luego de las elecciones surgirán las eventuales y habituales estrellas electorales. Su fugacidad dependerá de muchos factores. Pero si las potenciales estrellas electorales pierden, aumentarán su acercamiento al gobierno, como en el caso de Lousteau, Massa y el socialismo santafesino.
Carrió está tramitando su salida de Cambiemos, intentando no parecer, como Chacho Álvarez en la Alianza, el culpable de lo que ve como una debacle de la gobernabilidad.
Probablemente, Carrió siga ocupando el lugar de principal opositor al gobierno nacional y María Eugenia Vidal, la principal apuesta del PRO a mediano plazo si la economía sigue siendo un desastre y la institucionalidad se sigue degradando al ritmo actual.



La economía podrá estallar, pero los argentinos tienen marcado a fuego la lección del 2001: destituir presidentes empeora las cosas, no las mejora. Algo que recién están aprendiendo en Brasil.
La situación social hace años que es explosiva. Pero como demostró la ola de saqueos, represión y muerte del 2013, ya no voltea presidentes. En parte por el trauma del 2001, en parte por cierta indiferencia de la clase media hacia la creciente miseria.
El rol de la Iglesia Católica seguirá aumentando como contención social y los planes sociales, heredados del kirchnerismo, seguirán conteniendo el hambre en los sectores caídos del mapa (que no son los que generan los saqueos y turbulencias, sino que éstos son los sectores medios bajos).
El Papa Francisco, más allá de su demagogia discursiva, seguirá sosteniendo el gobierno si la clase política sigue de espaldas a la sociedad en la cruzada contra el aborto, contra la educación pública y laica y contra las drogas.
Esta agenda conservadora no está, ni estará en discusión.
No lo estuvo cuando Bergoglio era cardenal, no lo estará ahora que es Papa.
La contrapartida que la clase política exige por silenciar estas demandas ciudadanas es que la Iglesia ayude en la contención de los desfavorecidos por la creciente desigualdad social. Lo viene haciendo.
Como en el 2002, la jerarquía católica está comprometida con el mantenimiento del statu quo a cualquier precio. En este sentido, es una garantía de gobernabilidad.



Una continuidad del actual estado de cosas es lo más probable. Una especie de cogobierno oculto y tapado -por cuestiones de marketing y conveniencia de ambos- entre peronistas y macristas, excluyendo al kirchnerismo y la izquierda, y con los radicales como furgón de cola a cambio de cargos y prebendas. Un esquema de gobernabilidad que le permitió a Macri manejar los principales resortes de poder del país: la Corte Suprema, el Banco Central, el endeudamiento de las provincias, la discrecionalidad en el envío de partidas a las provincias, la compra y venta de legisladores a cambio de obras públicas, la ubicación de constructoras, bancos y estudios jurídicos en las áreas opacas y claves de la gestión. Con eso, hasta ahora, el equipo gobernante se contenta. Mientras tanto, proseguirá la negociación entre kirchneristas y macristas por frenar un eventual proceso tipo Brasil de limpieza en la corrupción de las empresas estatales y la obra pública.
La sociedad no parece castigar estas conductas, como evidencia la alta popularidad que gozan tanto Cristina Kirchner como Mauricio macri, a pesar de las evidentes denuncias de corrupción, que son más difundidas en el exterior que aquí, tal como sucedía durante el kirchnerismo.


La gobernabilidad no parece estar en juego.
Incluso la bomba de tiempo de la deuda externa parece estar controlada, dado que el gobierno nacional volvió a apelar a "mecanismos K" de endeudamiento como la toma de créditos pagadios de la ANSES y los bancos amigos.

Después de las elecciones, si el kirchnerismo -como todo indica- queda como el Rey Desnudo, su capacidad de daño institucional para frenar las causas por corrupción interrumpiendo la gobernabilidad, quedará debilitada. Más aún de lo que ya está.
Si ganara alguna relevancia electoral, no le convendría agitar buscando inestabilidad, pelearse de nuevo con la sociedad e interrumpir un probable retorno al gobierno en el 2019.
En cualquier modelo de conflicto, el kirchnerismo es más un factor estabilizador que desestabilizador, a su pesar.
La izquierda seguirá siendo marginal y su crecimiento gremial se vio frenado ahora que el peronismo sindical volvió a ser oposición. A los sindicalistas les interesa la caja de la salud. Macri lo sabe y por eso compró con relativa impunidad e indiferencia social a los principales sindicalistas.



El talón de Aquiles de la gobernabilidad seguirá siendo la cuestión social, pero por los factores anteriormente dichos, no es probable que los desbordes y saqueos interrumpan el ciclo institucional federal. Sí, quizás, se cobren el puesto de intendentes y eventualmente algún gobernador pero es difícil que escale al punto de que el Congreso, como hizo con De La Rúa, amenazara con un Juicio Político sino renunciaba.
La coalición oficialista no parece probable que se rompa en su sector más numeroso, los radicales. Las deserciones de Carrió, eventualmente del Grupo Clarín (si desembarcan en el fútbol empresas internacionales que le compitan) y de algunas entidades agropecuarias, no alcanzan para derribar el gobierno, que no se encuentra frágil ni desmotivado y parece comprender, mucho más que la Alianza en 1999, que no se puede gobernar exclusivamente para los ricos sin prestar atención a los de abajo.
Ese aprendizaje de la derecha es el que le va a dar continuidad en el tiempo y proyección electoral.

Lo más probable -y lo más deseable- es que Macri termine su mandato. Será el primer presidente no peronista en terminar su mandato democrático desde Alvear, en los años 20 del siglo pasado.
 

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