Sobre las políticas culturales


Joakito-.Podríamos decir que las políticas culturales son ese conjunto estructurado de acciones y prácticas sociales del sector estatal y de otros agentes sociales relacionados, en la cultura; entendiendo a  esta tanto en su versión restringida, como es el sector concreto de actividades culturales y artísticas, pero también considerándola de manera amplia, como el universo simbólico compartido por la comunidad.


En los últimos años hemos asistido, por un lado a la homogeneización cultural en las formas y manifestaciones culturales y, por otro, se da también, la coexistencia de diferentes grupos sociales dentro de un mismo territorio en donde, poco a poco, una cultura hasta ahora más o menos común y homogénea reconocible por todos, va perdiendo su carácter de cultura única porque en un mismo territorio conviven un mosaico de culturas y de realidades diversas. Entonces, entendiendo esto, se hace necesario que las políticas de estado en términos culturales tengan en cuenta las diversidades culturales y la realidad social del ámbito en el que nos encontremos. Nada fácil, pero imprescindible.
Es en este punto donde la llamada Asamblea en Defensa de la Cultura (ADC) comete su primer error al realizar actividades solamente con quienes comulgan con sus ideas y proyectos, dejando de lado la tan mentada diversidad.
Eso por un lado, por el otro, no se puede reclamar al Estado por la inexistencia de políticas culturales justamente utilizando a la cultura o la manifestaciones artísticas como una bandera política o mejor dicho, detrás de una bandera política.  
De lo que se trata es de empezar a pensar a cultura y a las políticas culturales desde el principio, ya que  proyectar políticas culturales va mucho mas allá de llevar unos payasos y las témperas a determinados playones barriales de la ciudad. La elaboración de políticas culturales es un poco mas compleja. Se trata, en primera instancia  de poder pensar en la diversidad cultural de toda la ciudad, de pensar en la defensa del patrimonio de nuestros museos y bibliotecas, de rescatar los espacios públicos disponibles y de pensar junto al conjunto de la sociedad donde y cuando es necesario que haya expresiones artísticas.
Tampoco se trata de centrar el debate -como lo viene haciendo la ADC- en "cuánto se gasta" o  "en qué se gasta";porque esto, por más que sus integrantes no se den cuenta, es reducir la "cultura" y pensarla como recurso, aunque para ser más preciso, debería decir como negocio, creativo, pero negocio al fin. Por lo tanto, se cambia el concepto: ya no se trata de políticas culturales sino de industrias culturales. Es otra cosa. Y pedir que el estado haga una industria cultural privada -y designar a sus privatizadores- es un disparate.
No quiero decir con esto que fortalecer con más presupuesto o estructura no sea deseable o necesario, no, sino que, a veces, más recursos no significan necesariamente mejores políticas culturales, sino fijémonos en la provincia y en el crecimiento cuantioso que tuvo en términos presupuestarios y estructural; sin embargo, al día de la fecha, no encontramos una sola política cultural que atraviese transversalmente todo el territorio provincial.



Otro de los puntos para la reflexión es que además de la subordinación de la cultura a instancias económicas y políticas de la propia sociedad, el campo cultural sufre en nuestra ciudad de la dependencia de las metrópolis (querer parecerse a Buenos Aires o a Rosario),siendo una de sus consecuencias por lo tanto, el debilitamiento de las instituciones del campo cultural.

También lo que se ha dejado de lado en el debate es que lo que cambió básicamente en estos años es el llamado "producto cultural"  que es lo que ha cambiado: ahora está estrechamente atravesado por las nuevas tecnologías, cambian las formas de presentación y difusión del producto cultural, se modifican los espacios de circulación de la cultura, así como también el sujeto que la consume.




Por un lado, este formato dominante obstaculiza la posibilidad de democratización de la cultura, la condiciona.
¿De qué manera, entonces, pueden intervenir las políticas culturales formuladas por el Estado?
Se trata de pensar de que si bien este formato mediático de la cultura es dominante y el más próximo a la vida cotidiana de los paranaenses no es el único, porque en muchos casos el hacer cultura, es una forma de vida.
Es cierto, como plantea la ADC que se debe potenciar la producción local de la industria cultural, pero ¿qué hacemos con aquello que no es industria? ¿Qué hacemos con la experimentación, las escuelas de arte, las orquestas de cámara, aquello que no es rentable, que no tiene lugar en el mercado, que no genera ganancia y que cada vez parece importar menos? ¿Dejamos -en la confusión de conceptos- librado a las políticas culturales todo lo que no sea rentable en la industria cultural? De ser así, ¿por qué se le pide al estado que financie la industria cultural local?


Otros reflexiones tienen que ver con  preguntarse si es la lógica del mercado capitalista la que define un direccionamiento de las políticas culturales hacia la industria cultural. Si la cultura no está sostenida por valores vinculados a un proyecto emancipatorio, entonces ¿sobre qué ejes debería orientarse? ¿No podemos opinar sobre los valores? ¿Sobre qué imágenes construir un sentido colectivo? Una vez comprendida la necesidad de reflexionar en torno al financiamiento en un contexto signado por la relación costo-beneficio y el fuerte debilitamiento de nuestros estados, ¿cuál es el sentido de invertir en cultura?

Es importante pensar también a la cultura -o las políticas culturales- y en su  promoción junto con las políticas de salud, de asistencia social, de educación. Este propósito es uno de los más difíciles desafíos en momentos de anomia social y crisis de la función del Estado en el contexto de aplicación de recetas económicas fundadas en el control del gasto y la regulación del déficit fiscal, como estamos viviendo hoy en día.
Es necesario elevar un poco mas el tono de la discusión y el debate. Es necesario empezar a reflexionar acerca de que pensar las políticas culturales no supone adoptar un sentido nostálgico en relación a la existencia del Estado Kirchnerista. Hay que reconocer la necesidad de la intervención en el plano de la desigualdad. En toda sociedad capitalista, el Estado, dicho en términos clásicos,
tiene esa función, pero aún así, es necesario reflexionar en torno a las características del escenario social y cultural actual, que no es el mismo que cinco años atrás. También el sujeto, productor y consumidor de la cultura, ha sido radicalmente transformado.
Y la confusión entre industria cultural y políticas culturales, no hace más que empantanarse en uun reclamo que, al fin y al cabo, se centra en torno al reparto del gasto.


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