El finado

Manuel Langsam-. En un campo de Bergara había un peón al que todos llamaban "El Finado” o “El Finadito". ("El Finau", traducido al entrerriano).

Los riesgos de reprimarizar la economía




Ezequiel Bauman-. Ya en 1866, Domingo Faustino Sarmiento le advertía a la Sociedad Rural que "el ganado y sus productos como industria exclusiva y única del país, tiene el inconveniente, de que su precio no lo regulamos nosotros, por falta de consumidores sobre el terreno, sino que nos lo imponen los mercados extranjeros, según su demanda". El mismo concepto aún sigue siendo válido para el caso de la soja, el maíz, el trigo, etcétera.
Aunque Argentina en los últimos años -y en especial, la provincia de Entre Ríos- ha desarrollado un complejo agroindustrial de mediana complejidad alrededor de la venta de productos primarios, por lejos, esto no alcanza para hablar del desarrollo económico de la provincia.
Dos momentos son claves. El primero, durante la etapa menemista, incorporó y produjo una revolución tecnológica en el campo, que nunca cesó aunque sí disminuyó su ritmo e intensidad.
El segundo momento se da durante el kirchnerismo, con el boom de los commodities y aunque los precios bajaron, siguen siendo altos. En esta etapa se expandió la frontera agrícola, se frenó la diversificación de cultivos y por impulso del estado kirchnerista, la economía no se primarizó, a diferencia del resto de los países de la región, más allá de que sus gobiernos sean de derecha o izquierda o hayan tenido antecedentes de industrialización.

Dos artículos de Joakito publicados en los últimos días dan cuenta de la situación que señalaba Sarmiento con preocupación, por sus resultados concretos.
Por un lado, un impecable análisis sobre el empleo en Paraná. Por otro lado, una discutible hipótesis sobre la pobreza en Concordia, que más allá de que se pueda o no estar de acuerdo, su calidad intelectual está por encima de las estériles acusaciones entre los políticos que se tiran la pelota entre sí tras conocerse que Concordia ostenta el triste privilegio de ser la segunda ciudad más pobre del país.
En ambos artículos se da cuenta de la ausencia de una agroindustria capaz de absorber mano de obra de calidad y generar crecimiento genuino que luego derive en las alicaídas alcancías del estado, que carece de la palanca del crédito -por el rol de Eskenazi como administrador del banco provincial- y por lo tanto, de un proyecto económico serio y sustentable sobre el cual poder discutir por lo menos la inequidad distributiva, la desigualdad fiscal y su resultado, la pobreza y la desocupación crónicas, con cifras alarmantes.

La Bolsa de Cereales de Entre Ríos informa, por dar un ejemplo, que creció el área sembrada de girasol.
 Con un área sembrada con girasol en la provincia de Entre Ríos de 4.600 hectáreas (ha) en la campaña 2016/17, se presenta un aumento de 4.100 ha respecto al ciclo precedente donde tan solo hubo 500 ha, es decir el crecimiento es del 820%.
Este crecimiento del 820 por ciento se debe a distintos factores, pero lo importante es que no deriva en inversiones alrededor de la siembra de girasol para la creación, ampliación o formación de una cadena de valor en torno al girasol, que incluya, por dar dos ejemplos, aceites procesados y empacados en Entre Ríos hacia el mundo. O la venta de semillas para consumo en panadería y otros derivados, tan en boga en el consumo ABC1.

Tal desarrollo de una industria incipiente alrededor del girasol, implicaría disminuir la implicancia de la volatilidad de los precios internacionales de los cultivos, como señalaba Sarmiento en 1866, ya que no depende de los entrerrianos su precio, ni de los argentinos siquiera, por lo tanto, no depende de
nosotros mismos planificar qué hacer con nuestros principales recursos naturales y su explotación.
Si nuestro propio suelo no depende de nosotros mismos -más allá de la preocupante extranjerización de la tierra y la expulsión de mano de obra rural por la tecnificación- no depende de nosotros mismos nuestro futuro.
Seguiremos siendo una provincia dependiente de las remesas de Nación y que solo puede, a lo sumo, planificar un cronograma de pagos a los empleados estatales. Mientras se agiganta la deuda provincial con la coparticipación como hipoteca. Una política cortoplacista que tarde o temprano nos estallará en la cara.




Ya desde los albores de la patria hay una corriente teórica que sostiene que Argentina debe insertarse en la división internacional del trabajo desde una posición netamente agropecuaria. Con el correr del tiempo, se agregó a esta visión anti industrialista, la venta del petróleo, el gas y el oro, entre otros recursos naturales estratégicos.
Andando el tiempo, se fueron sumando la pesca, las exportaciones no tradicionales -de economías regionales, como las aceitunas y los frutos secos- pero en esencia, se trata de una corriente de pensamiento que con distintos matices, ha sobrevivido con éxito entre las élites intelectuales y se ha popularizado entre las masas.
Los suecos Bertil Ohlin y el premio Nobel Eli Heckscher abonan esta teoría de la especialización de las exportaciones, aunque para el caso de Argentina queda el dilema de qué hacer con los 20 millones de habitantes que quedan afuera. Y eso que se trata de un país, proporcionalmente, despoblado. Aún así, el planteo de los autores suecos se centra en el desarrollo y especialización de una idnustria alrededor de los productos donde un país o una provincia tenga mayores ventajas comparativas

Durante la última gobernación de Sergio Urribarri, este tipo de debates alcanzaron a la dirigencia política. Bajo esta lógica, se salvaron empresas agroindustriales y el estado promocionó algunas actividades, como las droguerías.
Tales políticas fueron dejadas de lado por el Contador Gustavo Bordet, probablemente por los condicionamientos estructurales que implica la política económica del Ingeniero Mauricio Macri y por las arcas enflaquecidas.
En este contexto, el debate directamente se extinguió.