La dolarización de facto

Ezequiel Bauman-. Los ciclos de constante inflación han hecho que la economía argentina esté dolarizada de hecho. Entre Ríos es el mejor ejemplo.



Cuando era candidato a gobernador, el Contador Gustavo Bordet celebraba lo que llamaba el "desendeudamiento" que consistía en aumentar la deuda pública provincial en pesos para pagar la deuda contraída en gestiones anteriores a la de Urribarri. Esa deuda anterior estaba nominada en dólares.
Las mini devaluaciones licuaban la deuda pública y la baja del precio de los commodities menguaba las arcas públicas debilitando también los salarios y las obras públicas. El proceso era lento y aún se recordaba con cierta melancolía las épocas de vacas gordas, cuando la soja llegó a tocar los 600 dólares la tonelada.
Ya asumido en el gobierno, el Contador Bordet festejaría el endeudamiento en dólares hipotecando la coparticipación como garantía, con tasas exorbitantes que superaban  a la de los países devastados por la guerra o los países africanos más pobres del mundo.
Este giro se explica porque la economía entrerriana, al igual que la economía del país, está dolarizada de facto.
Aunque en las ciudades entrerrianas las transacciones importantes -por su bajo volumen- se puedan realizar en pesos, la economía estructural está más dolarizada que en ciudades más ricas del país, porque Entre Ríos es más dependiente del complejo agropecuario, cuya mirada está puesta en el dólar.


Recientemente triunfó en Ecuador el candidato Lenin Moreno, que representaba la continuidad de Rafael Correa. De haber triunfado en el ajustado balotage el candidato opositor, los medios argentinos hubieran hablado de un corrimiento a la derecha, un fin de ciclo y demás epítetos apresurados.
Pero lo más importante es que triunfara quien triunfara, la economía de Ecuador seguiría exactamente igual, con el dólar como moneda circulante.
No es una extravagancia. Por el contrario, fue un consejo de Domingo Cavallo como asesor de un presidente que, al igual que Menem, asumió con un discurso populista de izquierda y viró hacia el neoconservadurismo, llegando a contratar a Cavallo como Ministro de Economía.  El presidente en cuestión, Abdalá Bucarám, fue destituido por no encontrarse mentalmente sano, pero la dolarización persistió.
En aquella época, existía en Argentina una disputa entre dolarizadores y devaluadores. Ganaron los segundos tras la renuncia del Doctor Fernando De La Rúa a la Presidencia y la asunción del Doctor Eduardo Duhalde.
Desde entonces,, gobierna el partido dolarizador, con sus matices. Por ejemplo, en cada año electoral, se atrasa el tipo de cambio como ancla electoral. Luego de las elecciones, se devalúa durante el verano, con las lamentables consecuencias ya habituales de desmanes, saqueos y desnutrición.
En las calles de Paraná, Buenos Aires o Viedma no circula el dólar como sí sucede en las ciudades ecuatorianas, pero la economía está de hecho dolarizada.
Sucede así cuando los actores económicos piensan sus activos y pérdidas en dólares, lo cual es natural en un país con inflación crónica y tantas crisis económicas.
Más aún, los principales inversores del país - y de Entre Ríos- dependen de manera extrema del valor del dólar para calificar sus activos. Mientras que el sector bancario desde hace décadas que hace grandes negocios en pesos y las ganancias, antes de girarlas al exterior, las dolariza.



El dólar es visto, además, como moneda de ahorro.
De manera que si los fundamentos de una economía -ahorro, inversión, ganancias- están pensados en dólares o en relación al valor del dólar, la economía está dolarizada de facto.
Muchos economistas creen que esto se debe a un factor cultural y nos comparan con Brasil, país que no ha tenido crisis económicas terminales cada diez años, ni una inflación crónica de dos dígitos durante más de 70 años.
Lejos de ser un problema cultural, se trata de un problema matemático clásico de la economía.
La inflación crónica ha logrado que todas las estructuras de poder se adapten a este escenario. 
Los sindicatos, por ejemplo, basan su poder en la inflación crónica, lo que los vuelve imprescindibles para la negociación paritaria anual o a veces, bimestral.
Los empresarios como ya se dijo, tienen en la inflación crónica su horizonte de ganancias y las apuestas que hacen a futuro se basan en la percepción del valor del dólar a futuro.
Los activos financieros son los más dolarizados, aunque las grandes ganancias -ganancias por cierto extraordinarias- se obtienen en moneda local.
Lo curioso es que nuestra economía, basada en la renta agropecuaria, es una variable financiera más y como tal se maneja con el dólar como referencia, aún cuando exporte menos a Estados Unidos que al resto del mundo o a la zona Euro, por ejemplo.


La desigualdad social, principal problema económico de nuestro país, encuentra su caldo de cultivo en esta grieta: los de abajo piensan en términos de inflación crónica como un mal del cual defenderse, mientras que los de arriba piensan en dólares y con la inflación crónica como aliada.
 La mayoría de los políticos no consideran que la desigualdad social sea el principal problema económico del país, sino que creen que lo es el valor del dolar y la inflación.
Como la inflación es crónica y todo indica que seguirá siéndolo, deberíamos considerar que lamentablemente se volverá crónica también la desigualdad social extrema que vivimos, aún cuando los argentinos hayamos conocido épocas de un Estado de Bienestar, fundado por el Coronel Perón y mantenido por diversos gobiernos radicales y militares, donde el ascenso social era una realidad a través de herramientas genuinas como la educación pública y el trabajo asalariado.