De dioses, hombrecitos y policías




Lucas Carrasco
#UPDPARANA
Las patrullas voluntarias que abundan en el periodismo tienen preparado el arsenal de estigmatizaciones contra la juventud. Aliados incondicionales de los partes de guerra emitidos por comisarios cuyo glorioso esfuerzo por hablar con sujeto y predicado y sinónimos que la RAE -Real Academia de Estigmatizaciones- considera de personas de buen hablar. Dos masculinos. Una femenina. Resistencia a la Autoridad, con mayúsculas del original. Incautaron. Disturbios. Velar por la Seguridad. Ciudadanos de origen etcétera. Portaban elementos sospechosos. Alteración del Orden.
Cuando yo era joven no había boliche donde no se cagaran a trompadas los del CAE con los del Rowing, los del Normal con el Nacional y los de Crespo con los de Paraná, los de todas las provincias contra los porteños y así, todas cuitas de una profundidad ideológica tan insustancial que da verguenza. Eso sí, jamás nos cruzábamos de clases sociales.
Los bailes del Universitario no eran para nosotros, chicos de Excándalo. Los Tercer Tiempo del rugby superaban en sadismo a los barras de Patronato pero los chicos bien apenas si hacían travesuras, los negritos iban a la cárcel por deporte.


El último primer día es como la Fiesta de la Primavera cuando yo hacía como que iba a la secundaria. Solo que con menos violencia, sin bandas musicales idiotas con canciones idiotas y mensajes idiotas ni los intendentes repartiendo folletos con su cara dándonos consejos copiados de Fleco y Male, artistas exclusivos de la campaña antidrogas que lideraban -como funcionarios estatales de Menem- Diego Maradona y Charly García, que estaban más duros que el pan de la semana pasada.
El último primer día es menos violento, se consumen menos drogas, las que se consumen son menos peligrosas, beben menos y tienen mayor empatía con sus escuelas y menos rivalidades pelotudas que las que teníamos los que éramos jóvenes en los noventa. Los que hoy levantamos el dedito como preceptor de gomina y bigotes. Los que nos volvimos buchones y canalizamos nuestras frustraciones en las nuevas generaciones. Los que hacemos lo mismo que los mayores hacían con nosotros. Y lo hacían porque a ellos los perseguían por hacer cosas tan peligrosas como ir a un recital de Miguel Cantilo. Oh, ese Miguel Cantilo, que tipo violento, eh. Parece Paolo el Rockero de tanta peligrosidad social.
Sin la captura deleuziana de la maquinaria estatal, la juventud es, además de sospechosa, condición que jamás pierde, es culpable. A priori.
Se despliegan más policías para que unos pibes no vayan a la escuela sin dormir que para atrapar a los que asesinaron una mujer y desparramaron el cuerpo mutilado en Bajada Grande. Claro que la mujer era pobre y prostituta.
Y luego del último primer día viene el catálogo previsible de reclamos al intendente, al gobernador, al brigadier, al coronel, al suboficial, la maestra enojada, el presidente de la Asociación de Amigos de la Comisaría que opina que.... y la psicóloga de la UCA da su sermón didáctico sobre la importancia del látigo y un obispo, todo calmo y calvo, pide que vuelva la colimba porque hay una crisis de valores y ay que miedo, nos invaden los marcianos.
Miedo.
Es solamente eso.
La gente con miedo no soporta la alegría de los jóvenes. No soporta que tengan sus propios miedos. Les quieren inculcar, a toda costa, su rosario interminable de miedos. Miedos correctos. Miedos apropiados. Miedos de buena vecindad. Miedos burocráticos.
Hay que comprenderlos.
Protegerlos.
Educarlos.
Con buena educación y un poco de amenazas y castigos sin excesos, los imbéciles pueden llegar a entender que lo mejor es dejar que los jóvenes vivan sus vidas.
Sino no queda otra que pedir el retorno del Servicio Militar para todos aquellos que lo añoran. Les vendría bien. Para bajar el colesterol.





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