Pablo Marchetti, guerrillero del cinismo




Joakito

Pablo Marchetti es un artista previsible. Nunca va a hacer lo obvio.
Periodista, escritor, músico, compositor, humorista, provocador, Pablo Marchetti es una máquina de producir y producir, atentando siempre contra el sentido común y con una audacia por la originalidad y los contrastes que desconcierta a quien quiera encasillarlo en un estilo, género, escuela o lo que sea. Sensible y cínico, el creador de la revista Barcelona, ex panelista en Duro de Domar y columnista del diario Perfil dialogó con Noticias Entre Ríos sobre su último disco, su retorno al tango, sus diversas facetas y por qué odia que le digan humorista.


¿Nos podés contar de qué se trata el nuevo disco Tangócratas?

-Tangócratas es una especie de manifiesto de lo que para mí es el tango hoy y de cómo me inserto en ese mundo. Armé un dúo con Rafael Varela, un músico extraordinario. Que es un gran guitarrista, pero también canta, compone, hace canciones. Toca la criolla, pero también la eléctrica, tiene el lenguaje del tango, pero también mucho rock, vuela. Es un formato mínimo, guerrillero, que nos permite también jugar lugares poéticos y teatrales. Pongo en escena poemas, textos. Y el disco es un poco eso y también hay una interacción con muchos de los mejores músicos del tango actual: Adriana Varela, Diego Schissi, Acho Estol, Pablo Mainetti, Agustín Guerrero, Ignacio Varchausky, Marcelo Mercadante, Horacio Avilano, Federico Marquestó. Hacemos tangos propios y tangos ajenos. Tangos clásicos y tangos contemporáneos. Y una versión tanguera de “Ya no sos igual”, de 2 Minutos. 



-También has hecho rock ¿que te tira más, el tango, el rock, o hay puntos en común?


-El rock y el tango son para mí parte de lo mismo. Vengo de la cultura rock, pero el tango siempre estuvo presente para mí. En mi casa siempre se escuchó tango, mi viejo es un melómano sibarita con una discoteca alucinante. Y en la adolescencia, cuando mucha música cayó en la purga parricida, el tango no sólo sobrevivió sino que fue parte esencial de mi vida. Yo iba a escuchar a Pugliese, a Leopoldo Federico, a Salgán o a Goyeneche y después me iba a ver a Los Redondos o a Los Brujos. Siempre canté tango, siempre tuve un repertorio de tangos para pelar en un asado o en una reunión. Y creo que hoy existe una escena tanguera que es mucho más rockera que buena parte del rock. Una escena que me hace acordar al rock de fines de los 60...

En qué momento de tu vida te agarra este disco...

El disco llega en un momento donde me siento más conectado que nunca con la música, en que por primera vez me considero músico y también me consideran así mis colegas ilustres. Me siento feliz con cómo estoy cantando, con el fraseo, con la interpretación. No es que me apoyo en el texto, como me pasó siempre. Me siento orgulloso de poder cantar clásicos del tango y sentir que aporto una mirada nueva.

-¿Como compatibilizas la intrínseca melancolía del tango con tu fase de humorista?

-Aclaro algo: no sólo no soy humorista, sino que además odio la palabra “humorista” con el mismo énfasis con que odio el fernet o las crocs. Me parece que quienes se asumen humoristas son gente que no tiene demasiado para decir. Y muchas veces, quienes usan el término humorista lo hacen para descalificar a los demás. Y, lo que es peor, se creen que lo que hacen es “serio” y son unos imbéciles. El humor es un recurso, una forma directa de comunicar, que depende de un contexto. Yo uso ese recurso y aparece en todo lo que hago: desde textos periodísticos hasta poemas o letras de tango. Porque la idea de la melancolía en el tango es un cliché. Hay mucha melancolía en el tango, sí, pero también hay mucho humor. Y una de las características de Tangócratas es que aparecen ambas cosas. No sólo en los temas ajenos: también en los propios. Escribo letras melancólicas, tristes, de desamor. Pero siempre lo había hecho para que canten otros u otras intérpretes. Esta vez me animé a encarar parte de ese repertorio. Por eso que te decía sobre cómo me sentía al cantar.

-¿Como compatibilizas tu figura de rockstar con tu último libro, reflexivo e intimista?

-Me causa gracia lo de la figura de rockstar. Ando como ando, qué sé yo. Lo que sí tengo claro es que trato de escaparle, siempre, al lugar común. Me espantan ese sentido común que parece que nos viene dado de manera natural y que en realidad no, es una construcción de poder. Y por eso odio los encasillamientos. ¿Por qué no puedo escribir yo algo intimista y reflexivo? ¿Porque se supone que tengo un kiosco armado donde vendo reviente e incorrección política? No, ni en pedo. Es más, odio el lugar común de la incorrección política, esa cosa de bananeo tuitero pasota donde lo que importa es la chicana y hay un torneo donde todo el mundo pelea por tener la razón. Me chupa un huevo tener razón. Hago lo que siento. Como cuando escribí, hace unos años, un libro de poesía llamado “El amor”. ¿Cómo iba yo a escribir poemas de amor? Y lo hice porque era la forma más sincera que tenía de expresarme. Lo siento si alguien esperaba otra cosa. Lo hago sin estrategia, por supuesto. Pero después me doy cuenta que en un mundo donde la incorrección política y el pasotismo son ley, hacer un libro intimista y reflexivo o escribir poemas de amor sincero resulta mucho más incorrecto y revulsivo que la propia incorrección de manual.

-¿Como compatibilizas tu rol como periodista con tu matrimonio con una diputada?

-Haciendo lo que se me canta. Con Viki  (Victoria Donda, diputada nacional de Libres del Sur)  coincidimos mucho en las causas políticas concretas que apoyamos. Nos conocimos en una charla sobre despenalización del consumo de drogas, después nos vimos en un recital por Luciano Arruga y en un acto por la legalización del aborto. ¡Somos el lugar común del progresismo! ¡Un asco! Y dicho así, “matrimonio con una diputada”, no suena muy bien la cosa. Pero amo a mi mujer. Y la amo por quien es. 

No fue la intención que suene feo...

Todo bien. Más allá de que veo la política desde un lugar muy distinto del que lo ve ella. Eso sí, estar casado con ella me fue alejando de la política en términos de agenda cotidiana y de coyuntura. Y cada vez me veo menos periodista y más artista. Somos dos personas apasionadas con lo que hacemos, que siempre tenemos que dejar claro que cada uno opina de manera personal. Pero bueno, nunca falta el boludo que no entiende nada y me bardea a mí por las alianzas políticas que hace ella o la bardea a ella por alguna barbaridad que digo yo. Que se curtan. Nuestra venganza es ser felices, como dice mi amiga Claudia Acuña.




-¿Como compatibilizas tu look con ser padre?

-Más allá de la apariencia, que puede ser un poco intimidante, soy un padre responsable. Por ejemplo, sé que a Trilce no le voy a dar de fumar marihuana hasta los cinco años.

-¿Que te dicen los otros padres en el jardín?

-Nada, ¿qué me van a decir? Si en el jardín son minoría los padres y madres que no tienen tatuajes o piercing. Con Viki hicimos un trato: ella se ocupa de comprarle a Trilce las cosas del jardín y yo me ocupo del grupo de Whatsapp de mamás. Porque son todas madres, el único padre soy yo. Y a fin de año venía jodiendo con que iba a mandar al grupo una foto del negro pijudo del Whatsapp. Un día la mandé, pensando que estaba poniendo una bomba en la Catedral, más o menos. Y las madres del jardín se cagaron de risa y algunas dijeron: “Por fin, este era el único grupo al que nadie mandaba la foto del negro”. ¡Es tan difícil espantar al burgués hoy día!





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