El mito populista



Osvaldo Quinteros-. El gran mito populista es la relación directa del líder con su pueblo.
Casi todos los autores que tratan de definir el populismo acentúan el aspecto sociológico y discursivo de la construcción de un pueblo, para lo cual, es necesario delimitar qué no es el pueblo. O sea, un adversario que sea el antipueblo, la oligarquía, el kirchnerismo, el antimperialismo, el peronismo, o cualquiera de esas variantes. En el contexto internacional, cambian los enemigos internos o externos pero el discurso populista se sostiene en los mismos ejes discursivos.
Como los denunciantes más histéricos del populismo no son los rivales supuestamente republicanos sino los medios de comunicación, conviene tener en cuenta que lo que más molesta a las empresas de medios es que el supuesto populismo no les otorgue el estatus de verdad absoluta, como si fueran la Iglesia Católica durante el período medieval.

Así, Cristina Kirchner puede sacar el mayor porcentaje de votos desde el retorno democrático en su reelección, con todos los medios en contra y Donald Trump acceder a la presidencia de la mayor potencia mundial a pesar de las gravísimas denuncias de los principales medios estadounidenses, que gozan del prestigio y la fortaleza que no tienen acá Clarín ni sus satélites del periodismo de guerra.
Pero como estrategia de las mismas empresas de medios, en el debate sobre el populismo no se hace hincapié en el aspecto más relevante.
Se debate menos sobre el primer aspecto del axioma. La relación directa, supuestamente directa, del líder con el pueblo.
Esta relación directa en Macri, por ejemplo, es través de las redes sociales o los timbreos, en Cristina era a través de las cadenas nacionales. Mitos populistas, no hay ninguna relación directa.

Se da así un tinte novedoso a lo que en rigor es bastante viejo.
Ya en los 60 se defendía la falta de democracia en Cuba con el argumento de la relación directa del líder con el pueblo, dado que Fidel Castro daba interminables discursos frente a una Plaza de la Revolución colmada de cubanos. Solo por poner un ejemplo de este Museo de Grandes Novedades, porque el resto del axioma, la partición de la sociedad en Pueblo versus un Otro, existe desde los primeros tratados filosóficos de cientos de años antes de Cristo.

La supuesta relación directa del líder con el pueblo o la gente o el público, como se la quiera llamar, es la parte fundante del mito populista.
A la par de exacerbar las empresas -extranjeras- de redes sociales, este planteo les baja el precio a los medios tradicionales, lo cual los enfurece. Porque hoy día venden capital simbólico, en plena decadencia de lo analógico.
Pero que los medios tradicionales pujen de manera teórica porque en realidad buscan ganar influencia para otros negocios, no quita que buena parte de sus críticas sean acertadas. Por ejemplo, el mito de la relación directa con la gente.
No es posible en sociedades con millones de habitantes, distintas culturas, diferencias abismales entre pobres y ricos, etc, ninguna posibilidad de esta relación directa. No existe en Islandia, país ultrademocrático y avanzado, de los más progresistas del mundo, que tiene menos habitantes que la ciudad de Paraná donde por cierto, hay una ordenanza de Presupuesto Participativo que resultó un verdadero fiasco. Derivaciones -importadas, en este caso, del fracaso en Montevideo- del mito mas sofisticado de la Democracia Directa, en plena era de la sociedad de la información.
En Islandia no hay presupuesto participativo, aunque sí referéndum sobre temas estratégicos. Es otra cosa. Aún así, nadie fantasea con la Democracia Directa ni la relación directa del líder con las masas.

Ya Michael Foucault anticipaba que la especialización en diversas áreas de la ciencia y del quehacer público iban a erosionar los relatos totalizantes de la filosofía. Ésto tuvo un impacto en lo político, que hoy estamos viviendo.
Aunque tal profecía posmoderna -iniciada por Foucault, seguida por teóricos franceses más audaces y radicalizados, hoy caídos en desgracia en todas las universidades del mundo, menos las argentinas- resultó desproporcionada, está claro que un líder no puede preguntarle a 40 millones de habitantes qué opinan sobre el mejor momento para colocar qué tipos de bonos y a qué tasas en qué mercado mundial un crédito para la construcción de un oleoducto. Es imposible. Por eso existen mediaciones, tanto institucionales como de la sociedad civil. Desde juzgados hasta ONG ecologistas, por ejemplo, intervendrían con mayor o menor suerte en esta operación, además de centros de estudio de finanzas, estudios de abogados, organismos reguladores, etc.

La relación directa con la gente o el pueblo es un mito populista que busca debilitar, a través del marketing, tales mediaciones. Es eficaz porque la mayoría de la sociedad, que vota, no está directamente vinculada, excepto por temas puntuales en ocasiones puntuales, con estas instancias de mediación.
La mayoría de la gente no conoce el Código Penal, no sabe sobre construcción de puentes carreteros, inversión extranjera, relaciones diplomáticas, elaboración de leyes, manejo de radares fronterizos, fabricaciones de automóviles, etc. Temas que requieren de competencias y saberes específicos en los cuales interviene, en distintas etapas y estamentos,  distintos organismos públicos y privados.
Ese es el problema del mito populista de la relación directa con el pueblo. Es eficaz para sostener un relato, para ganar elecciones, incluso para hacer  lo contrario de lo que se predica, pero es completamente incapaz a la hora de dotar de eficiencia a un gobierno.
Demos un ejemplo. Si el Secretario de Culto, que depende de Cancillería, decidiera hablar con los fieles de cada iglesia de manera directa en vez de negociar con las autoridades religiosas, se tomaría cuatro u ocho años, lo que dure su mandato, para tener como resultado final una gran lista de amigos de parroquias, pero en el interín no habría tomado ninguna resolución que sirviera ni perjudicara a nadie, por lo que el estado pasaría en los hechos a ser completamente laico, objetivo contrario a cualquier Secretario de Culto, incluso del gobierno más liberal posible.

Pero como ya se ha dicho, el mito populista es eficaz. Por lo tanto, llegó para quedarse.