¿Por qué el Patito Sirirí está en bolas?

Osidrio Sibilante-. Si hubo una ordenanza municipal que prohibía que los maniquíes en Paraná estén desnudos, ¿por qué no hay una ordenanza que lo vista al Patito Sirirí?






Cosas que pasan, dijo la abuela y estaba mirando autos en la avenida. Y la verdad es que en aquella escena para cualquiera cómica,  encerraba para ella y para quienes lo piensan aún más profundo, una carrera con o contra el tiempo. Y es que aquella señora que todavía pedía un millón de pesos argentinos de cosas sueltas, y para quien el último cajón donde se guardan los corchos todavía sigue siendo el templo de las cosas por usarse, las cosas habían cambiado. Y no solo eso sino que se había adentrado sin quererlo, quizás sin saberlo, en una lucha contra el tiempo poniéndose del lado de la resistencia.

Las cosas cambian y por eso la vigencia de aquello que dicta que lo de "antes siempre fue mejor”, pero mi abuela aún ante lo indeclinable del paso del tiempo no logra acostumbrarse si quiera a las “pelfies” de los ad…

Triste, solitario y final



Lucas Carrasco

La renuncia de Carlos Chiara Díaz al Superior Tribunal de Justicia no era esperable, por una razón sencilla: no pierde su jubilación de privilegio al renunciar.
Al principio de la presidencia de Néstor Kirchner, la mayoría automática del menemismo en la Corte Suprema fue enjuiciada. La mayoría de esa mayoría, en realidad, ni siquiera llegó a juicio, renunciaron para cobrar la jubilación de privilegio, en vez de perder el juicio político y por ende, todos los privilegios que gozan los ex jueces supremos retirados por las buenas. Quedaban para el culo ante el pueblo que tanto jodieron, pero eso era parte de su forma de ser desde el momento en que se sentaron en sus magistraturas. Luego de gritar y patalear por su honor, ninguno se suicidó ni se dedicó a limpiar su nombre, sino que viven como multimillonarios californianos retirados. Ninguno está preso ni pagó ninguna condena por sus diversos y probados delitos, uno de los cuales fue dejar prescribir la causa por contrabando internacional donde fue encontrado culpable el actual Presidente de la Nación, Mauricio Macri.
En la provincia de Entre Ríos, ser destituido por un Juicio Político no implica perder la jubilación de privilegio. Esta diferencia es crucial. Por eso no era previsible la renuncia de Carlos Chiara Díaz, por cometer los mismos delitos que Claudia Mizawak. Pero el primero no obtuvo apoyo político y la segunda, sí. Son juicios políticos, no penales. Son juicios especiales, para delincuentes de guante blanco, que gozan de unos niveles de impunidad monárquicos pero que sirvieron para destapar el lumpenaje judicial que llena los campos de concentración de negritos mientras se patinan en vacaciones mensuales el dinero que le falta a los docentes de la provincia.
Todo el proceso de Juicio Político a Chiara Díaz y el intento a Mizawak mostró que son personalidades obsesionadas con el dinero y el poder, sin mayor trasfondo ni ambición, capaces de soportar cualquier humillación a cambio de dinero y privilegios.
La novela de Osvaldo Soriano Triste, solitario y final, termina con una cita a la novela de Raymond Chanlder, El largo adiós. Hay una tensión constante en los personajes de ambas novelas: un tono seco y cortante, debajo de un escepticismo melancólico sin futuro. De ahí El largo adiós. No es el caso de Chiara Díaz, que se fue por la puerta de atrás, sin honor ni decoro, dejando para el olvido el intento de chantaje a los diputados de la Comisión de Juicio Político y de manera inesperada. Con el final menos previsible pero el que peor le queda. Un final triste y solitario.
Los radicales pedían a gritos el Juicio Político ante la indiferencia del peronismo, que un día sorprendió y dio vuelta el asunto, aceptando el pedido de un grupo de abogados vinculado a Cambiemos y el Frente Renovador. Las cartas, desde ese día, estaban echadas.
Nadie, ni siquiera el acusado, dijo que los sobresueldos fueran mentira. Se embarcaron, los interesados y sus amigotes, en discusiones semánticas sobre cómo nominar y denominar los sobresueldos, pero el propio Chiara Díaz aceptó que cobraba sobresueldos, solo que se defendió chantajeando a los diputados oficialistas con sus causas penales y diciendo que Claudia Mizawak cobraba más sobresueldos que él y era aún más haragana. Todo lo cual se demostró que era cierto. Por el proceso medieval de la confesión a cambio de mantener los privilegios. Pero nada de eso lo hacía menos culpable a Chiara Díaz. Que tampoco daba la talla para ser un personaje heroico. Un bufón que un día se levanta y dice "¡voy a combatir la corrupción!". Jajaja.
No paró de enterrarse.
Hiperactivo como no lo fue durante décadas, Chiara Díaz no paraba de enterrarse y enterrarse y enterrarse. (Convengamos que para nosotros, como observadores, fue muy divertido)
¿Un tipo así, tan imbécil para lo que se supone es su erudicción, el derecho penal, pretendía zafar; un tipo así decidió durante décadas la cárcel o la absolución, de acuerdo al color de piel, de los delincuentes? Sí, un tipo así. Que también tiene razón: no es el peor.
Como en la novela de Osvaldo Soriano, lo único que queda para narrar -con personajes tan estrafalarios pero planos, de una vulgaridad insoportable- es lo desopilante de la situación. La pelea de todos contra todos que termina mostrando arriba del escenario la lógica berreta que los carcome, el teatro fatuo y estrictamente reglamentario que los sostiene en una farsa. Llena de procedimientos burocráticos y "prácticas comunes" para tapar el hueco, para que no se vea lo obvio: es gente así.
Es gente muy berreta.
Chiara Díaz recibió el golpe final cuando supo que a los testigos que proponía tenía que traerlos él. Eso implica que debía pagar de su bolsillo el traslado.
¡De su bolsillo!
Más vale, sintió que vulneraban su derecho a defenderse, se sintió Galileo Galilei, Nélson Mandela y Oscar Wilde. Cómo le iban a hacer poner dinero a un hombre acostumbrado a sacarlo, jamás ponerlo.
Después de sus ensoñaciones, la realidad. Nada garantizaba que los testigos propuestos vinieran. O peor aún: declararan en su contra. O infinitamente peor: que salieran a la luz nuevos delitos, y se iniciara un juicio penal. Un juicio de esos de verdad, donde todo funciona para la mierda y te condenan de acuerdo a la voluntad política del gobernante de turno. Uno de esos juicios que durante décadas elogió. Uno de esos juicios que pueden mandarte a los campos de concentración, llamados "unidades de reinserción y reeducación" (esto es textual) que durante décadas elogió. Uno de esos juicios que salen un dineral, porque nadie puede tomar en serio la defensoría pública (ni Canosa, fijate). La defensoría pública que tanto elogió.
Decime si no es gracioso.
En su cabecita, Galileo, Mandela y Wilde estaban muy cerca de Robledo Puch.
Para qué complicar las cosas.
Triste, solitario y final, presentó la renuncia.
 Y listo. Después de todo, la vida de multimillonario retirado en California no es tan mala.