La República como lugar común




Ramiro Pereira

El título tiene la intención de ser polisémico, es decir, de tener más de un significado. En este caso dos. El primero de ellos se refiere al “lugar común” como expresión o idea excesivamente utilizada en estos últimos tiempos, con la finalidad de hacer la crítica de la tendencia del actual gobierno a obrar al margen de las formas previstas en la Constitución Nacional escrita, concentrando poderes jurídicos y fácticos en el marco de un régimen constitucional que en los hechos resulta ser hiper presidencialista.
Este lugar común alude a la República como algo que está en peligro y que hay que salvar, lo cual propende a aglutinar discursivamente a las fuerzas sociales, políticas e individuos opositores al gobierno. Quien quizás más ha hecho para reforzar este lugar común ha sido la Dra. Elisa Carrio con sus tonos apocalípticos.
Como todo lugar común, trasunta a la vez verdades y simplificaciones.
Durante la década del ’90, en sus discursos conceptuosos y que denotaban una clara vocación docente, el ex presidente Raúl Alfonsín señalaba que nuestro sistema era (debía ser) una República Democrática (o democracia republicana), puesto que mientras la democracia implicaba el elemento mayoritario popular en el gobierno, la República tendía a la preservación de los derechos del hombre, tanto los fundamentales como la vida y la libertad, cuanto los derechos patrimoniales. Por eso para que haya República - entre otras cosas - el poder público no debe estar concentrado, ni jurídicamente ni en los hechos, en una sola persona o grupo.
Eran entonces los tiempos de la hegemonía neo-conservadora que denostaba al Estado y su regulación de la economía. Pero pese a ello, en el plano político institucional las diferencias no eran muy significativas en cuanto al destrato hacia las instituciones, tanto que a comienzos de los ’90 hubo el borrador de un proyecto para clausurar el Congreso de la Nación –cosa que sí efectivizó el presidente Fujimori en el Perú -  mayoría automática en la Corte Suprema de Justicia de la Nación, la búsqueda de eternización en la presidencia vía reforma de la Constitución e intento de reelección indefinida, realizada por Perón en 1949 y buscada luego por Menem y los Kirchner. La década del ’90 presentó un Estado que se retiraba de buena parte de sus roles, y que terminó por dejar desamparados a aquellos que a fines del siglo XX y comienzos del XXI no tenían lugar en la sociedad por el desempleo, la pobreza y la miseria.
Alfonsín venía de presidir la transición de la dictadura a la democracia, y en rigor de verdad, el Estado argentino había colapsado en buena medida con la crisis hiperinflacionaria de de 1989-90. Se trataba de un Estado colonizado por las facciones socio-económicas en pugna, deficitario, aunque no debe olvidarse que en tal déficit era determinante la deuda externa originada en la última dictadura militar, y su peso extenuante en el contexto de la agudización del deterioro de los términos de intercambio en los ’80.
La República era un discurso válido en los ’90 porque el gobierno de entonces avanzaba con violación de formas y fondos legales. Porque el desguace del “Estado providencia” Argentino fue hecho con la legitimidad democrática del voto popular, y también con la legitimidad de hecho de quien puede obrar como príncipe haciendo caso omiso de normas y procedimientos.
¿Es válido hoy? La República es un concepto, y como tal sintetiza, simplifica. Es cierto que existe un desequilibrio en el poder político, y una exacerbación de nuestro sistema presidencialista, con consecuencias prácticas muy significativas. De igual modo, es cierto que el entramado institucional se ha vuelto opaco, por lo que el discurso Republicano – institucionalista plantea una aspiración común de actores con diferentes intereses y concepciones políticas.
Quiero en cambio enfatizar en el segundo significado que veo en el título de este escrito. La República como lugar común, donde “lugar común” es espacio común, ámbito común. Casi una vuelta al significado originario de “cosa pública” (res publicae). El discurso de combate contra la concepción patrimonialista del Estado, la corrupción, el autoritarismo desde instituciones estatales, la defensa amplia de los Derechos Humanos.
La República no debiera ser un discurso para los satisfechos.

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