Donald



@LineaRotativa

Donald, en su ya habitual y a primera vista paradójica conducta totalmente contraintuitiva, supone que cuanto más difícil sea entrar a Emewica más se van a desvivir los giles del mundo por conseguir el sello en el pasaporte y la foto en Dissssney con el Pato Donald y el castillo de telgopor de fondo.
Lo curioso es que probablemente tiene razón Donald.
La parábola de Groucho Marx: nadie quiere pertenecer a un club donde le aceptarían como socio.
A ver, Donald nunca fue un capitán de la indussssstria.
Donald es un empresario medio pelo sin pedrigrée.
Un comerciante.
Operador de hoteles trash, desarrollador inmobiliario de rascacielos sagras para nuevos ricos y constructor de canchas de golf para parvenús.
¡Conductor de reality shows!
Nouveau riche totalllll.
Me parece que su modus operandi está bastante claro.
Juega con las reglas que conoció en su vida neoyorquina: un condominio, co-op, hotel, restaurant, bar o nightclub que se precie de tal en NY tiene que maltratar, humillar y hacer esperar a sus clientes.
El neoyorquino, en su afán de simular que está ocupadísimo facturando e irradiando éxito, siempre se hace rogar.
Supone que con el destrato telegrafía éxito, emoción, joie de vivre, adrenalina, glamour.
Acostumbrado al agravio y el manoseo, no es infrecuente notar que al neoyorquino cuanto más lo humillás más se desespera por entrar a tu bar/restaurant/lounge/boutique y darte su dinero.
Recordemos la saña del “soup nazi” de la serie Seinfeld.
¿La sopa era tan buena que le gente se dejaba masoquear o viceversa?
Obviamente, si tenés un restaurant de moda en Brooklyn donde la gilada cree que es imposible conseguir mesa y aparece, supongamos, Leo di Caprio con Emily Ratajkowsky no los vas a maltratar.
Ipso facto les vas a dar la mesa más visible del local y les vas a bonificar la comida.
Y el shampein.
Amo la palabra bonificar.
Se maltrata al turista, al distraído, al pajuerano forrado que está de visita en NY con la querida y la quiere impresionar.
A esos los vas a maltratar y los vas a desplumar que te la voglio dire.
Les gusta así.
Cuanto más los bullyees más van a volver.
Donald, me parece, practica este metier.
A lo torpe, con trazo grueso, todo sobreactuado, a su manera.
Obsérvese que se mete con los más débiles: México, Yemen.
Con los pesutis ladra pero no muerde (Arabia Saudí, cuna de casi todos los que perpetraron el atentado de las torres, no enfrenta ninguna restricción de viajes para sus ciudadanos).
Donald, que es un grasita parvenú de Queens, debe haber vivido el destrato y el bullying en carne propia toda su vida obsesionada por ser alguien en la picadora de carne neoyorquina.
A ver, Donald es el hijo del dueño de un corralón de materiales de Haedo que hizo buena guita con la compraventa de viviendas para laburantes.
Su sueño siempre fue mudarse a Quintana y Callao.
Lo logró a fuerza de una personalidad avasallante pero nunca lo aceptaron del todo en Recoleta.
Es más, le recordaron toda su vida que es de Haedo y que mastica con la boca abierta.
Tiene 70 pirulos y todavía la herida no cierra.
La boca tampoco.
Ojo, no quiero con esto practicar el vasomediollenismo baboseante de esos que dicen que hay que darle tiempo.
Es un mono con navaja Donald.
Un orangután con nukes.
Un peligro.
Ojalá lo destituyan lo antes posible.
Por nuestro bien y el de nuestros hijos.
Recuerdo cuando un tal Mariano manejaba la puerta de La City en los late 80s.
Supuestamente era uno de los dueños, nunca me quedó claro.
Polissstas y gente del ragby como putitas desesperadas por entrar, aguantando un viejo invertido que los ninguneaba y los cagaba a pedos.
Tremendos masocas.
Humillante.
Patético.
Penoso.
Nada.
Eso.
Chaucito.