Manual de Instrucciones para usar un Martillo



Lucas Carrasco


Ni un camión de reciclaje para las metáforas gastadas puede alcanzar la cumbre del aburrimiento cuando el periodismo patrullero se despierta de su antigua ilusión y erguido en el púlpito corporativo lanza diatribas morales. Con la urgencia del taxi distraído que llega tarde y acelera en el último tramo, la longeva penúltima resurrección del punitivismo político es tan obvia como un Manual de Instrucciones para usar un Martillo: te pasa por delante la carrindanga del afano financiero mientras buscás pungas en el tren de los cartoneros . Un buen mercenario de la palabra, como yo,  debería subirse jocoso a esta cruzada higienista de investigadores de viáticos y detectives por correspondencia devenidos mormones de la justeza administrativa. O mejor todavía: en vez de subirme jocoso, subirme con "el ceño fruncido", que aunque hasta el día de hoy no sé qué mierda quiere decir "el ceño fruncido" (¿qué es, poner cara de preceptora de la Mercedarias?) debe ser algo grave, amargo y soberbio como Hércules Poirot en el momento en que junta a todos los personajes en la biblioteca alrededor del hogar. Momento definitivo. Dramático. Uno pone en suspension el chip del cerebro que avisa que ahí termina la novela, de la misma manera que terminó la anterior y la anterior y la anterior y de la misma manera que pronto habrá otra novela igual de poco apasaionante con igual final con igual biblioteca con igual hogar a leños con igual expectativa de haber acertado quién cederá gustoso su cuello a la guillotina. Y con la misma moral victoriana rondando la habitación como un fantasma sombrío y ridículo de Edgar Allan Poe leído un siglo después de muerto. En la era de la boludez y el Google Heart.

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